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    Con el sello del Camp Nou

    El uruguayo Camilo Speranza formó parte de los entrenadores del Barça Academy, la red de escuelas que el club catalán tiene por el mundo; ahora encabeza un proyecto en uno de los equipos más importantes de Nueva Zelanda

    Camilo Speranza pasó las últimas semanas entre valijas y cajas. Después de 14 años dejó Barcelona para instalarse en Auckland, una ciudad ubicada al norte de Nueva Zelanda, para llevar adelante un ambicioso desafío: hacerse cargo de la dirección metodológica del Auckland City, el equipo más ganador de la liga de su país y uno de los que compitió en más oportunidades en el mundial de clubes.

    La llegada de Speranza a Nueva Zelanda viene precedida de una trayectoria importante en la Barça Academy, la red de escuelas que el Barcelona tiene dispersas por el mundo, donde durante años se desempeñó como entrenador, viajando como técnico por distintas partes del mundo. A esos centros concurren chicos de distintas edades para entrenar, porque en tiempos de globalización todos (o al menos una enorme mayoría) sueña con vestir la camiseta azul y roja con la que hoy hacen goles Lionel Messi y Luis Suárez.

    El nombre Camilo Speranza (36 años) no dice mucho para la enorme mayoría de los uruguayos. Siendo niño jugó baby fútbol, hizo inferiores en Defensor, pasó por Salus, y debutó en Primera como jugador de Rentistas en 2001, sin demasiado éxito, como él mismo dice. Jugó de cinco y después de lateral izquierdo. Estuvo un tiempo en México, en Mérida, y volvió a Uruguay para sumarse durante un tiempo a Deportivo Colonia, hasta que se dio cuenta de que su futuro no pasaba por las canchas —al menos como jugador— y decidió seguir los pasos de su novia y viajar a Barcelona.

    Era 2004, Uruguay venía de enfrentar una crisis económica sin precedentes y él no tenía trabajo. Así que viajó junto a la familia de quien hoy es su señora para buscar nuevos rumbos. Era una época, dice, en la que ahí sobraba trabajo. Lavó autos en un parking, cargó cajas en un depósito y valijas en un aeropuerto, hasta que consiguió empleo en una compañía japonesa. Estaba cómodo en lo económico y su hijo recién había nacido. Pero no tenía claro qué quería de su vida. Un día recibió la visita de su amigo Carlos Loaiza, un abogado boliviano que lleva años residiendo en Uruguay, con quien se puso a conversar de cómo imaginaba su futuro.

    Fue en esa charla que decidió que quería volver a hacer algo relacionado con el fútbol —una disciplina con la que hasta ese entonces, y después de su frustrado pasaje por las canchas, estaba un poco enojado— y comenzó un curso de técnico. Primero lo hizo en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, donde obtuvo el título de técnico superior en deportes especialidad fútbol; y luego en la Escuela del Barcelona en el Camp Nou. A partir de ese momento, inició una carrera como entrenador que comenzó en el CD Masnou, un equipo de la B catalana, y siguió en distintas instituciones, hasta desembarcar hace dos años en la Barça Academy.

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    ENTRE 400

    Speranza conversó con galería el mismo día en que partía para Nueva Zelanda. Estaba en una pausa para almorzar, mientras terminaba de acomodar sus cosas. Unos días antes, en su cuenta de Twitter, había publicado dos fotos de cajas llenas de libros que viajarían con él. Todos ellos eran de fútbol: biografías, estrategias de juego, historias de clubes o futbolistas.

    Comenzó el curso de entrenador cuando tenía 25 años. Seguía trabajando y en sus ratos libres estudiaba y se preparaba. Los fines de semana iba a prácticas de diferentes equipos y poco a poco fue abriéndose camino en clubes chicos, hasta que un día a través de un conocido se postuló para un llamado a entrenadores que se hacía en las Barça Academy.

    Unos 400 entrenadores se presentaron para ese proceso de selección. De esos quedaron 100 y de ahí se eligió una decena, entre los que estuvo Speranza, quien viajó a hacer una temporada en un campo del Barça Academy en Estados Unidos.

    “Barça Academy surge como un proyecto de marketing, sin interés deportivo, prácticamente, pero con el paso del tiempo, el que hoy es su director técnico, Isaac Guerrero, se encargó de que fuese un proyecto deportivo”, indicó Speranza. Hoy es un “semillero” de entrenadores del que se nutre La Masía, el famoso centro de formativas del club de donde han salido la enorme mayoría de sus cracks.

    Las Barça Academy no dependen estrictamente del club, sino que son asociaciones con particulares. El club aporta el know how y a los entrenadores o directores técnicos de los proyectos. En algunos casos, esas escuelas se instalan de forma permanente, en otras ocasiones lo hacen de manera puntual por un par de semanas, como ocurrió alguna vez en Montevideo. Speranza, por ejemplo, trabajó como entrenador en Estados Unidos, Japón, Australia, y como director técnico en Río de Janeiro, San Pablo y Arizona.
    Hoy, hay más de 45 escuelas de la Barça Academy dispersas por el mundo y asisten a ellas chicos de seis a 12 años. En cada campus, por semana, se entrena a unos 300 o 400 chicos. Aún ninguno de ellos desembarcó en el primer equipo del Barcelona.

    “El proyecto es formar personas, que sean buenos deportistas y ciudadanos. Además, hay una serie de normativas FIFA que no permite traer jugadores del exterior al Barcelona antes de determinada edad. El espíritu es formar buenas personas, enseñarles a jugar al fútbol y buenos valores”, explicó.

    De los centenares de chicos que han asistido a alguna de las Barça Academy, dijo Speranza, hay dos que están probando suerte en el fútbol profesional. Uno en la filial B del Barcelona y otro en el Arsenal. Speranza asegura que cuando comenzaron a funcionar esas escuelas hace diez años, nadie imaginó que tendrían un crecimiento tan impactante en todo el mundo.

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    HIJOS DE ESTRELLAS.

    Las Barça Academy tienen distintas categorías. En la que reúne a los niños de menor edad, y que está instalada en Barcelona, practicaron los hijos de Suárez, Messi, Gerard Piqué y Neymar, entre otros, contó Speranza. Él tenía a su cargo a chicos más grandes, entonces no interactuaba con los jugadores, pero sí los veía asistir a los entrenamientos de sus hijos. “Ellos nunca decían nada durante los entrenamientos, siempre están distendidos, relajados, como deberían comportarse todos los padres que mandan a sus hijos a practicar fútbol”, dijo Speranza.

    Si bien pasó años en la institución, nunca mantuvo contacto con los jugadores del primer equipo catalán porque, según comentó, “viven como en una burbuja”, alejados del contacto con el mundo exterior.
    Speranza estaba muy cómodo en las Barça Academy, pero el desafío de Nueva Zelanda era muy atractivo, más allá de lo económico. Para empezar, quería vivir en un país de esas características porque, según dijo, guarda similitudes con Uruguay. Además, su hijo de diez años tendrá el inglés como una segunda lengua.
    En lo deportivo, explicó, Nueva Zelanda apunta a promover el fútbol como un deporte de élite. Sin llegar al destaque que tienen los All Blacks en el rugby, el objetivo es hacer crecer a los clubes y su selección. En el caso del Auckland, Speranza deberá definir criterios futbolísticos y metodológicos para el futuro.

    Hace ya varios años que Speranza está alejado del fútbol uruguayo, por eso prefiere no ser “atrevido” y no opinar sobre la realidad local de este deporte. De todas maneras, cuando se le pregunta por qué cree que los equipos uruguayos están tan rezagados a nivel internacional, entiende que hoy no alcanza con aferrarse al concepto de la “garra charrúa”.

    “Creo que el concepto de la garra charrúa en mucho tiempo lo hemos malentendido, como que hay que ser el más guapo o hay que ser el que pega más. Creo que el concepto de garra charrúa tiene que ver con no rendirse bajo ninguna circunstancia”, dijo.

    A su modo de ver, los clubes locales deberían “tomar de referencia” cómo trabajan los equipos de élite, aunque reconoce que hay diferencias presupuestales abismales. “Dicho con todo respeto, a mí me da la sensación de que en Uruguay jugamos de determinada manera con el pretexto de que el jugador uruguayo no puede jugar de otra manera. Me parece que si a nivel de clubes no se ganan partidos internacionales, ese discurso no se sostiene y termina siendo una excusa para no jugar bien, jugar a la garra y al pelotazo”, comentó.

    Para Speranza, apostar a un buen estilo de juego también incide en las finanzas, porque acerca gente a las canchas. “Jugar bien no solo tiene beneficios deportivos, también ayuda en lo económico”, aseguró.