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    El Club Mariquita

    N° 2029 - 17 al 23 de Julio de 2019

    Chelsea y Janice son dos niñas de doce años que viven en Silicon Valley. A Chelsea el año pasado sus padres le compraron un teléfono inteligente; a Janice, con suerte y si trabaja muy duro, en dos o tres años le comprarán el suyo. El colegio de Chelsea está equipado con pizarras electrónicas y cada alumno tiene su propia tableta para hacer deberes que entregan por correo electrónico. En el colegio de Janice las pizarras son de tiza y los deberes los hacen en cuadernos que los propios niños confeccionan económicamente en clase de manualidades. La abuela de Chelsea, que es viuda y vive sola, tiene una nueva amiga, se llama Rosita y es una gata virtual, una nueva app muy bien lograda. “Es el sol de mi vida” —explica orgullosa. “Se preocupa por mí e incluso me avisa cuando olvido tomar mis pastillas”. La abuela de Janice también vive sola y se alimenta de lo que ella misma cultiva, patatas, judías, tomates. La madre de Chelsea se llama Cristobalina García y trabaja como empleada de hogar en casa de los Jones. Los Jones, además de ser ambos grandes gurús de Silicon Valley y ganar una fortuna, son los padres de Janice.

    He aquí una paradoja de las nuevas realidades que empezamos a vivir. La tecnología ya no es cosa de ricos sino de las clases menos favorecidas. Según recoge The New York Times, los ricos empiezan a tenerles miedo a las pantallas y quieren volver al mundo analógico. “El contacto humano se ha convertido en el más codiciado artículo de lujo” —explica un sociólogo—, “en especial en todo lo concerniente a la educación. Los padres con más capacidad económica no quieren que sus hijos se pasen el día pegados a una pantalla. Prefieren que tengan profesores que no solo les enseñen las asignaturas académicas sino también a hacer un castillo de arena o a plantar flores”.

    No es casualidad que los más entusiastas de este tipo de educación analógica sean los propios creadores de las nuevas tecnologías. Ellos mejor que nadie conocen los estudios que existen respecto a la sobreexposición a las pantallas. Saben, por ejemplo, que los menores que pasan más tiempo ante una pantalla obtienen peor puntuación en pruebas destinadas a calibrar habilidades lingüísticas y mentales. El mismo estudio, realizado con un muestreo de más de once mil niños, ha descubierto que en un creciente número de casos se detecta un cambio notable en el córtex cerebral de los pequeños mientras que en adolescentes y adultos jóvenes se aprecia una mayor agresividad y tendencia a la depresión. También saben que los niños que aprenden a construir con cubos virtuales en un Ipad no adquieren destreza alguna para hacer lo mismo en el mundo real, mientras que aquellos que estudian con tabletas no asimilan del mismo modo que los que leen en papel o escuchan la lección de labios de su maestro. Estamos, por tanto, ante una nueva e inquietante brecha entre ricos y pobres. No solo es más barato para unos padres plantar al niño delante de una pantalla, sino que la mayoría de los colegios, que han hecho una gran inversión en tecnología, ahora no van a renunciar a ella. Hay quien, al leer este tipo de noticia, se pone cenizo y menciona Un mundo feliz, esa aterradora distopía de Aldous Huxley, en la que un estado mundial manipula la reproducción para crear ciudadanos de primera, de segunda, de tercera... Yo, por mi parte, y como abuela de tres niños y dos niñas que tendrán que vivir esta nueva realidad, prefiero recurrir a las viejas recetas para contrarrestar la sobreexposición a las pantallas. Está, por supuesto, el deporte, que es un recurso muy eficaz. Pero existen además otros antídotos que no requieren de carísimos entrenadores ni profesores, como los que contratan los padres de Janice Jones para que su hija tenga una saludable vida analógica. Sin ir más lejos, mi nieta Carmen y sus amigos del cole acaban de inventarse uno. Ellos lo llaman El Club Mariquita, y consiste en dedicar el recreo a rescatar mariquitas y otros insectos y luego buscarles casa. Debajo de una hoja muy grande, entre los tréboles, junto a una fuente… Porque, al final, contra la tiranía de las pantallas, solo existe una receta, la más vieja, la más eficaz, la más barata: usar la imaginación. Ese contraveneno nunca falla. 

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