Hay un mundo paralelo que habita en la telefonía fija. La línea da libre y desde ese mundo emerge la voz enérgica de Milton Spinelli. Cuenta que fue el primer empleado de Canal 4; que en enero del 1961 tuvo que limpiar los ataúdes podridos del segundo piso del edificio de Eduardo Acevedo y 18 de Julio, donde antes funcionaba la funeraria Caussi Hermanos; que en abril de ese año se agarró una borrachera de la masita festejando la inauguración, y que nueve años más tarde fue quien le abrió la puerta por primera vez a Luis Alberto Muhlethaler.
“¿Y ese colorado qué hace ahí?”, le preguntó a Spinelli una compañera. Eran las 10 de la mañana de un domingo invernal de 1970. Spinelli salió y le hizo directamente la pregunta al adolescente de 17 años que esperaba parado en la calle y que, con total naturalidad, le explicó que estaba esperando para entrar a la tribuna de Completísimo. Faltaban todavía cinco horas para que empezara el programa que conducía Julio Alonso.
—Pero, nene, venite a la una. ¿Qué hacés acá a las 10 de la mañana?
No habían pasado más de 15 minutos cuando la figura inconfundible del Colorado volvió a aparecer en la puerta del canal. Esta vez, Spinelli reparó en su cara de bueno, recordó que tenían una botella de vino y decidió mandarlo a comprar fiambre y queso a la feria de Tristán Narvaja, hacer una picada y dejarlo esperar junto a ellos el comienzo del programa.
“A partir de ahí, empezó a ir siempre. En todos los programas estaba mosqueando el Colorado. No faltaba a uno”, dice Spinelli.
No es una forma de decir: es literal. El asunto llegó a ser problemático, porque además siempre se las ingeniaba para colarse de alguna forma en la transmisión. Aún hoy Julio Alonso recuerda el talento que tenía para lograr que lo tomaran las cámaras que enfocaban la tribuna. El hombre que años después marcaría una época con su programa de viajes por el mundo tenía claro que eso no podía pasar, que en televisión era importante cuidar la estética de “los fondos”. Por si no hubiera notado esa presencia pelirroja permanente, un gerente se lo hizo saber: “Julio, tenemos que tener cuidado. ¡No puede ser que aparezcan siempre las mismas caras!”.
Primero decidió conversar con el Colorado para pedirle que se ubicara en otra parte de la tribuna, donde las cámaras no lo tomaran. Él lo escuchó con respeto y le dijo que sí a todo, pero siguió haciendo exactamente lo mismo de siempre. Frustrado el primer intento, Alonso pensó en otra solución: empezarían a repartir las entradas lejos del canal, lejos de Montevideo, lejos del Colorado. Tampoco así consiguió sacarlo de la tribuna. De alguna manera, Luis Alberto Muhlethaler siempre tenía su entrada. Hasta era capaz de pagarla. Alonso se terminó rindiendo. Además, el Colorado ya se había hecho querer por todos en el canal. Se había convertido en una especie de asistente de los empleados que trabajaban en el piso, tiraba cables, hacía mandados.
Varias décadas después, Alonso comprobó que el Colorado era capaz de ingeniárselas para entrar a cualquier lado. Al terminar uno de los conciertos de Paul McCartney en el Estadio Centenario, se levantó de su ubicación privilegiada en las primeras filas del campo de juego —justo detrás del ministro de Economía, Danilo Astori— y sintió que lo saludaba una voz conocida. “No podía creer que estuviera ahí el Colorado. Era lo más adelante de todo, un lugar carísimo”, recuerda.
Omar Gutiérrez, el conductor que sin buscarlo quedó tan asociado al Colorado que se convirtió en su apellido, se rasca la cabeza: “No soy especialista en nada, pero creo que es un fenómeno para que lo estudie un sociólogo”. A él, como a Julio Alonso, también se le instaló en la tribuna, cuando hacía sus programas de fines de semana en el Canal 4 y llevaba a todas las bandas que anduvieran rotando en la escena musical vernácula: desde La Vela Puerca a Karibe con K.
Omar ensaya una extraña pero argumentada comparación: “Es el Ricardo Fort uruguayo, sin plata”. Ambos estaban por fuera del mundo mediático y se hicieron un lugar casi a la fuerza. Fort lo hizo con dinero. El Colorado solo con insistencia y su habilidad para llegar a lugares que para otros son imposibles. Un camino de obstáculos que sistemáticamente va eludiendo.
Un gerente del canal que no le tenía simpatía estaba harto de verlo en las tribunas. “Una vez nos dijo: ‘Vamos a correr al Colorado’”, cuenta Omar. No solo que eso no ocurrió, sino que a los pocos programas se lo podía ver en las gradas con una bandera de la empresa de transporte y turismo EGA. El Colorado empezaba a monetizarse.
A mediados de los 90 estaba de moda una superproducción argentina protagonizada por Osvaldo Laport: Más allá del horizonte. Omar se le animó con una parodia: Más allá del Santa Lucía, con Álvaro Navia, Fernando Pichu Straneo, Rubén Rada y el Colorado. Fue probablemente la primera vez que bajó de la tribuna. Dejó de ser un extra, parte del decorado. Omar lo había legitimado.
Muchas veces no había margen para integrarlo. Durante una ida a Salto tuvieron que decirle que no había lugar en el ómnibus. El programa era el domingo al mediodía y llegaron el sábado por la noche. La producción había coordinado para que les abrieran las Termas del Daymán para ellos, aunque estuviera por fuera del horario habitual. Cuando entraron, alguien ya estaba disfrutando en soledad de las piscinas. “Había logrado que le abrieran las termas para él solo”, cuenta Omar.
En el último tiempo, el Colorado ganó protagonismo en algunos espacios. Tuvo participaciones extendidas en programas humorísticos y hasta el canal pornográfico Divas TV lo utilizó en una campaña publicitaria. “A mí me parece que últimamente están, no digo abusando, pero exagerando su figura”, reflexiona hoy su padre artístico.
Embed - BENDITA TV 267 EL COLORADO DE OMAR DE INGLATERRA
El reidor de Sofovich, el fiel, el indolente
Luis Alberto Muhlethaler, primo de aquel jugador de Wanderers que alguna vez declaró con humildad en la radio que pese a todo lo que había corrido en un partido de fútbol tenía un pulmón como todo el mundo, hijo de una madre que adoraba la farándula y un padre policía que murió asesinado por delincuentes en 1968, dice que vive mitad en Playa Pascual y mitad en Montevideo, en el Cordón, con una amiga que tiene un quiosco de diarios y revistas. En realidad es más bien una novia a la que conoció comprando en Garotas, un comercio mayorista del barrio de los judíos. Cuenta que vive de hacer trabajos de gestoría para comercios de Playa Pascual y del quiosco. A eso se suman los ingresos por publicidades (asegura que filmó unas 22) y por las múltiples invitaciones que recibe caminando por la calle o por teléfono, que lo han llevado, por ejemplo, a cobrar un cachet por recibir a los invitados que llegan a una fiesta de casamiento.
Dice que vivió en Argentina, en Brasil y en Paraguay. Que en 1980 vio a Frank Sinatra en el Maracaná y que llegó incluso a saludarlo. Que en 1982 fue a dedo hasta Chile para ver la final de la Copa Libertadores, que estuvo a punto de ir preso, que lo ayudó Washington Cataldi y que terminó entrando al estadio y viendo a Peñarol campeón. Dice que fue reidor de un programa de Gerardo Sofovich en Argentina; que una instructora se esmeraba por enseñarle a soltar la carcajada a tiempo y que a él le costaba mucho lograrlo; que el propio Sofovich le terminó diciendo: “Vos te quedás con nosotros porque tenés muy buena risa”.
Dice que tiene dos hijos de madres distintas, una de ellas fallecida. Que su hija tiene 29 años y vive en Buenos Aires con su abuela materna, que su hijo tiene 17. Que él tiene 58 años.
“¿Cuántos años dijo que tiene? ¿58? Imposible. El Colorado tiene que tener 65 años”, advierte alguien. “Lo conozco hace años y nunca lo vi con un hijo”, agrega otro. “Es buen muchacho, pero es muy fantasioso”, remata un tercero.
Su indolencia resulta más llamativa que sus historias. Como cuenta sin ningún pesar que a sus hijos no les gusta su vicio por las cámaras. Que se avergüenzan. Que un día, viajando en Buquebus, los pasajeros comenzaron a aplaudirlo y su hija —entonces adolescente— no sabía dónde meterse. Con esa misma impasibilidad cuenta que lo dejaron tres parejas por su ritmo de vida. Una de ellas lo dejó en la esquina de Rivera y Ponce. “Esto no va más”, le dijo y ahí mismo separaron sus caminos. Él siguió caminando por Rivera y unas cuadras más adelante se topó con una productora que estaba trabajando en una publicidad para Crufi. Terminó actuando en la plaza Independencia para una extraña megaproducción que incluía extraterrestres y el fin del mundo. Al contar la anécdota se le dibuja una sonrisa que transmite que, al pasar raya, aquel día en Rivera y Ponce salió ganando.
Pero no siempre las cosas salen bien. A veces el Colorado termina en lugares en los que preferiría no estar. Hace unas semanas lo detuvo un hombre que iba en moto y lo invitó al cumpleaños de 15 años de su hija. Fue una invitación entre amable y prepotente. “Nosotros andamos en la calle, andamos en la joda y nunca te tocamos a vos. Y vos andás de noche con el bolso”, cuenta que le dijeron.
Tenía miedo, pero se tomó el 505 y fue hasta Manga. Eso sí, no llevó el bolso ni el reloj. Bailó el vals, se sacó fotos, comió lechón y cuando vio que el ambiente se ponía denso, se despidió con simpatía.
—Che, yo me voy a ir yendo…
—Sí. Andá, Colorado, que se va a armar lío acá.
Se fue corriendo hasta José Belloni para tomar el ómnibus de regreso.
Milton Spinelli, Julio Alonso y Omar Gutiérrez dicen que el Colorado se hace querer porque es simpático, respetuoso, pintoresco, servicial, ingenuo y honesto. También es fiel. Sobre todo es fiel. No fue a los actos de Un Solo Uruguay, aunque lo invitaron más de una vez: no se puede saludar un día al presidente Tabaré Vázquez en La Teja y al otro entreverarse entre los “autoconvocados” que protestan contra el gobierno. Por eso, sintió que tenía que estar cerca de Sendic en sus peores horas. Según dice, el ex vicepresidente lo recibió en el Parlamento y lo ayudó con “un trámite”. Él no podía fallar. También por eso fue todos los días al sanatorio de San José durante el mes que Omar Gutiérrez pasó internado en el CTI en 2006. No estaban permitidas las visitas, pero el Colorado igual pasaba por ahí, preguntaba por su estado de salud y seguía su camino. Todos los días. Omar no lo supo hasta que se lo contaron las enfermeras cuando comenzaba a reponerse.
A la espera del sociólogo que estudie el caso, Omar Gutiérrez arriesga su propia teoría sobre el motor que mueve al Colorado. “Creo que todos tenemos nuestro ego. Hay gente que siente satisfacción por hacer determinadas cosas. Para él, es una alegría bárbara que la gente lo salude, que lo reconozca”, intenta explicar.
De alguna forma, su voz pesada y alejada de la academia recuerda ahora las palabras suaves de una psiquiatra. En un pasaje de Zelig (1983), de Woody Allen, la doctora Eudora Fletcher, interpretada por Mia Farrow, somete a una hipnosis a ese personaje tan extraño que lograba mimetizarse con cualquiera que estuviera a su alrededor, desde un judío ortodoxo hasta un nazi. Leonard Zelig, como Luis Alberto Muhlethaler, aparecía como un camaleón en eventos históricos. Fletcher hurga en su inconsciencia para desentrañar las claves de su comportamiento.
—Dime por qué asumes las características de la persona con la que estás.
—Es seguro.
—¿Qué quieres decir con seguro?
—Es seguro... el ser... como los demás.
—¿Quieres sentirte seguro?
—Quiero gustar.