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    El Prado y su bicentenario

    Columna: Nobleza obliga

    El Museo del Prado celebra su bicentenario y propone un año de festejos. Inaugurado con fondos de las colecciones reales y enriquecido por adquisiciones posteriores, es motivo de orgullo para los españoles y referente cultural de la humanidad. Toda visita a Madrid queda incompleta si no se destina un tiempo a recorrer sus majestuosas salas donde se exhibe lo mejor de la pintura española producida hasta finales del siglo XIX ?la marca temporal de cierre es 1881, año del nacimiento de Pablo Picasso?, así como magníficos exponentes de las escuelas flamenca, holandesa, italiana, francesa y alemana. Las exposiciones abarcan pintura, escultura, dibujos, estampas y arte decorativo en ámbitos temáticos que van desde escenas del Antiguo y Nuevo Testamento a mitología, retratos, bodegones y escenas de la vida cotidiana. Una auténtica maravilla. 

    Como explica su director, Miguel Falomir, no es un museo de obras de arte, sino un museo de pintores, por cuanto la base de su acervo se asienta en la predilección que algunos monarcas tenían por este o aquel artista. “Este tipo de coleccionismo, visceralmente pasional —dice Falomir— generaba también lagunas y explica que unos períodos estén peor representados que otros, a veces porque entonces no interesaban”. El gusto personal de los reales coleccionistas fue causa de que se reuniera una cantidad significativa de obras de algunos pintores. Así, es posible encontrar la colección más completa de Tiziano, El Bosco, El Greco, Rubens, Velázquez y Goya. 

    Los amantes del arte peregrinan hasta el edificio de estilo neoclásico, construido a finales del siglo XVIII por orden de Carlos III para ser Gabinete de Ciencias Naturales. Allí se dan cita expertos, aficionados o simples curiosos para honrar La anunciación, El descendimiento, El jardín de las delicias, Cristo camino del calvario, El caballero de la mano en el pecho, El buen pastor, Las tres gracias, Las meninas y La familia de Carlos IV, solo por citar algunas obras imprescindibles y no extenuarse en el intento de abarcar lo inabarcable. Porque, como sucede con otros grandes museos, uno podría hacer varias visitas y aun así no acabar de recorrerlo. 

    Para subsanar esta dificultad práctica, la página del museo propone recorridos diversos. Cada uno incluye una cantidad variable de obras seleccionadas. Quince obras para quienes deseen permanecer una hora en el museo; treinta para quienes permanezcan dos; y cincuenta y cuatro para aquellos que dediquen tres horas a la visita. Asimismo, hay un recorrido sugerido en el que se pueden apreciar estupendos bodegones, otro para los retratos y un tercero dedicado a “fiestas y banquetes que no te debes perder”. Es una guía útil para aquellos que aterrizan en el museo y, abrumados por su porte, se sienten impulsados a salir corriendo. 

    En cualquier caso, sea breve o extensa la visita, la oferta es extraordinaria. No hay dinero que pague la riqueza que uno se lleva del museo ni la emoción que implica estar ante obras de tanta valía. Ya sea haciendo un paseo panorámico que permita una impresión general, ya en un tour más sofisticado para apreciar las principales obras de algunos pintores o explorar la aproximación diacrónica a un determinado tema, el Prado jamás decepciona. No exagero si digo que está entre los cinco museos más importantes del mundo.  

    Hasta el próximo 10 de marzo, será posible visitar la muestra titulada Un lugar de la memoria. En el marco de las celebraciones se propone un recorrido cronológico dividido en ocho etapas que permiten una interpretación de estos dos siglos de historia. Además de las ciento sesenta y ocho obras expuestas ?treinta y cuatro recibidas en préstamo?, se ofrecerán  conferencias y espectáculos musicales. Así se inician los festejos que se prolongarán durante los próximos meses con el nivel de excelencia al que nos tiene acostumbrados el museo. 

    Entre las actividades propuestas, una me parece de particular interés. En octubre habrá un congreso bajo el lema Museo, guerra y posguerra. Protección del patrimonio en los conflictos bélicos. Conmemorará los ochenta años transcurridos desde que algunas obras del museo fueron transportadas en camiones hacia Francia y Suiza, con la finalidad de salvarlas de los bombardeos franquistas. Pocos meses después, miles de obras del Museo del Louvre saldrían camufladas rumbo a los castillos del Loira. A pesar de estos nobles esfuerzos, no todo fue salvado. El arte, como cualquier manifestación humana, sufre en tiempos de guerra. De cualquier modo, el heroico gesto vale. En el afán puesto a los efectos de proteger su arte se mide, también, la valoración que una comunidad hace de su patrimonio cultural. 

    A escala humana, doscientos años implican un lapso importante de permanencia. En ese sentido, el Museo del Prado ha sido testigo no solo de coloridísimos avatares de la historia, sino de varias generaciones de españoles y extranjeros a quienes ha abierto sus puertas y agasajado con su exquisita oferta. Dicha continuidad se cimienta en un esfuerzo sostenido por preservar y exponer algunas gloriosas manifestaciones artísticas, un compromiso con lo más noble del ser humano, la mirada puesta en su mejor versión que es la posibilidad de crear. Una vez más, la salvación por el arte, antídoto contra la barbarie.