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La historia está envuelta por la incertidumbre. Una mala decisión de los espectadores puede causar una muerte y reforzar la paranoia de Stefan Butler, un joven programador de videojuegos británico que marca su camino en la industria en la década de los 80. Inspirada en la serie de libros Elige tu propia aventura, y con guiños a la constante interacción entre los usuarios en tiempos de redes sociales, Netflix presenta su nueva y desconcertante producción, Black Mirror: Bandersnatch. En esta película se coloca al espectador en un lugar protagónico porque es (o al menos eso parece) el que elige el curso de la historia. Así, con un solo clic, se difuminan los límites entre la ficción y la realidad. Y se refuerza el misterio con el particular estilo de la década de 1980, que también fue elegido como escenario para populares series como Stranger Things. Esta nueva producción de Netflix es, al menos, intrigante.
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Ya en los primeros minutos el usuario tiene que hacerse cargo de las decisiones del protagonista y, con un botón que se proyecta en la pantalla junto a una pregunta y las opciones sí o no, empieza a transitar por un camino personalizado. Durante casi toda la película parece que el espectador tuviera el control sobre lo que ocurre en la vida del programador de videojuegos. Pero eso solo es una ilusión: por momentos Netflix se burla (y los personajes también) del libre albedrío. Eso no existe en Bandersnatch.
Muchas decisiones conducen al mismo camino y en otras, el espectador es notificado de que “tomó una decisión equivocada” y vuelve al inicio. Así, y por más libertad que se crea tener, en todas las versiones se mantienen las escenas clave para entender la historia.
Mientras Stefan Butler adapta una novela de ciencia ficción a un videojuego —una tarea por la que fue contratado por la compañía Tucker Soft— comienza a cuestionarse la existencia de la realidad y extraños acontecimientos pasan a su alrededor. Ahí es cuando el espectador se vuelve una parte forzosa —y fundamental— en la narración. La historia se contamina con las decisiones de los usuarios, pero termina de comprobar que la posibilidad de elegir es una invención. En palabras de Netflix: el destino está diagramado por otros. Pero siempre hay tiempo para cuestionar las decisiones y la ética de los usuarios. Con solo apretar un botón —un mecanismo similar al viejo experimento de psicología Milgram de la Universidad de Yale, que mostró la disposición de los voluntarios a provocar dolor en otros—, el protagonista puede incluso cometer un asesinato. La historia se vuelve oscura y peligrosa. Y Stefan deja claro que perdió el control: la responsabilidad y la culpa son del espectador.
Un poco antes de llegar al final, que varía según las decisiones de los usuarios, se puede retroceder para reproducir las escenas que se perdieron y mirar todo el contenido. Con este ingenioso mecanismo se muestra el poder de Netflix, que en definitiva está jugando con todos. En tiempos de inteligencia artificial y redes sociales, esta plataforma permitió que las elecciones del usuario puedan viajar en el espacio y en el tiempo. Así, uno siente que tiene el control aunque sea por un día.