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    El hambre y la sed del corazón

    Algunos investigadores sostienen que el amor no es una emoción, sino una motivación fisiológica capaz de generar cambios en el cerebro que requieren, en caso de una eventual ruptura, de una readaptación

    Limerencia. La Real Academia española no reconoce esta palabra, probablemente porque es un anglicismo derivado de limerence, un término que acuñó la psicóloga estadounidense Dorothy Tennov en 1977 para referirse a un “estado mental involuntario que resulta de una atracción romántica por parte de una persona hacia otra, combinada con una necesidad imperante y obsesiva de ser correspondido de la misma forma”. Tennov, que estrenó el término en 1979 cuando publicó “Love and Limerence: The Experience of being in Love” después de entrevistar a 400 personas, fue una de las grandes estudiosas del amor romántico y sus conceptos han servido de base para investigaciones posteriores.

     El profesor de Psicobiología de la Universidad de La Laguna de Tenerife Enrique Burunat, es el autor de una de las más recientes, en la que sostiene que el amor no es una emoción, sino una motivación fisiológica generada por varias estructuras cerebrales capaces de generar sensaciones comparables con el hambre, la sed o el sueño. Un artículo que publicó en diciembre en la revista “Psychology” resume su investigación sobre cuán regulada puede estar la vida sentimental por determinantes fisiológicos, teniendo en cuenta que está comprobado que 80% de las personas inclina la cabeza hacia la derecha al besar a su pareja por “la asimetría y lateralización de los sistemas motores encefálicos, al igual que la destreza manual”.

    Desde algo tan intrascendente como esa tendencia natural a posicionar así la cabeza hasta la conducta que las personas asumen al estar enamoradas (o al ser abandonadas), estarían determinadas por condicionantes orgánicos, ha asegurado el experto, convencido de que “considerar al amor como una emoción es un error”.

    Burunat no ha sido el único en concluir esto, ni en ir un paso más allá al comprobar que con las distintas etapas del amor se activan circuitos del cerebro vinculados a la adicción a las drogas, generando reacciones similares a las que generan el consumo o la abstinencia. Allí está todo: las ansias, la compulsión (por estar con el otro); está el rush de euforia (cuando se está con el otro); la obsesión y la creciente necesidad de hacer más frecuentes los encuentros; está el cambio en las prioridades y ese pensamiento contínuo, que no da tregua, en ese único objeto de interés.

    De hecho, el experto propone eliminar el amor del catálogo de emociones en psicología y agregar el Síndrome de abstinencia del amor: “El final del amor constituye un desastre sensorial, emocional y cognitivo que el cerebro que sufre el desamor tiene que remontar, sin sospechar que en el futuro su enfermedad tendrá nombre y tratamientos perfectamente protocolizados según las posibles variantes”. Burunat aspira a socorrer a los abandonados ante la ausencia del subidón de dopamina, ese neurotransmisor que el amor romántico dispara a los cielos y el abandono entierra en el infierno.

    Definamos el amor. Este amor, el adictivo, que es el objeto de estudio de psicólogos por sus terribles consecuencias cuando no es correspondido, difiere del mero “interés sexual”, según explica Burunat. El amor al que se refieren es el que pone la vida del enamorado patas arriba, el que ellos, los expertos, definen como “amor romántico”, el que implica “búsqueda de proximidad”, “cariño”, “apego” y “estima”.

    La reconocida antropóloga y experta en la ciencia de la atracción humana, Helen Fisher, explicó que el amor puede dividirse en tres etapas que la evolución se ha encargado de acentuar en algunas especies de aves y mamíferos a través de los sistemas cerebrales con el fin último de la reproducción. La primera sería el impulso sexual, la segunda la atracción y la tercera, el apego. En cualquiera de esas etapas aplica el paralelismo con la adicción.

    En su más reciente artículo “Love Is Like Cocaine. From ecstasy to withdrawal, the lover resembles an addict”, publicado en “Nautilus”, que es un extracto de su último libro (“Anatomy of Love: A Natural History of Mating, Marriage, and Why We Stray”), Fisher cita el trabajo de Tennov, la creadora del término limerencia, para refererirse al “primer aspecto dramático del amor”: cuando determinada persona empieza a cobrar un “significado especial”. No importa si es alguien que uno acaba de conocer o alguien con quien hablamos cientos de veces; el clic es imprevisible, sucede sin dar aviso, y con una sola vuelta de llave enciende a la vez los motores necesarios para hacer volar un boeing 747. La imagen de esa persona, los pensamientos sobre ella, empiezan a colarse en cada minuto, de cada hora, de cada día y de cada noche. “La ves sonreír, recuerdas un comentario, un momento especial, una insinuación y lo atesoras. Te preguntas qué pensará del libro que estás leyendo, de la película que acabas de ver, o del problema que estás teniendo en la oficina. Y cada pequeño segmento de tiempo que los dos han compartido adquiere peso y se vuelve material de revisión”.

    En una conferencia TED que ofreció Fisher sobre el tema, explicó que tratando de entender el amor romántico dio con un poema del chino Wang Changlin, del siglo VIII, que a su entender es un ejemplo perfecto de lo que le sucede al enamorado en sus primeras fases: “No puedo soportar quitar la colchoneta de bambú. La noche que te traje a casa te vi desenrrollarla”.

    Y así, sin buscarlo ni desearlo, empieza la escalada de obsesión. Cualquier actividad se vuelve superflua o intrascendente, concentrarse parece algo de otra era, imposible de lograr, y, en cambio, lo que imaginamos que ocupa al otro, se vuelve de pronto demasiado importante, imprescindible para la supervivencia de la humanidad, aunque su trabajo sea estampar sellos de nueve a cinco. A esto, los expertos le llaman “cristalización”. Tiene algunos puntos en común con la idealización, con la diferencia de que permite ver los defectos en el ser amado; verlos y hacerlos a un lado para volver a enfocarse en sus maravillas. Se alimenta de la anticipación, el miedo al rechazo y las ansias de saberse correspondido. No discrimina edades.El aspecto fisiológico hace una nueva aparición. “La energía intensa es otro rasgo característico del amor romántico. Estos amantes tiemblan, palidecen, se ruborizan, tartamudean, sienten una debilidad general y una sobrecogedora sensación de extrañeza, al tiempo que experimentan una o más reacciones del sistema nervioso simpático, incluyendo sudores, mariposas en el estómago, taquicardia y dificultades para comer o dormir. Algunos sienten incluso una pérdida de facultades básicas”, escribe Fisher. ¿Y el sexo? Según Fisher, en el amor romántico, “la lujuria se ve opacada por unas ansias mucho mayores”. “Quieren que su amado llame, escriba, los invite a salir y, sobre todo, sentir que la pasión es mutua. (...) De hecho, 95 por ciento de las mujeres entrevistadas por Tennov y 91 por ciento de los hombres dieron por incorrecto el enunciado “Lo mejor del amor es el sexo”, apuntó Fisher. Saber de qué se trata no tiene por qué arruinarlo. Burunat cita a un profesor de la Universidad de Iowa, Antonio Damasio, que asegura que “conocer la fisiología de la digestión no nos impide saborear un buen bistec”, con eso quiere explicar por qué saber más sobre los mecanismos del amor no tendría por qué quitarle la magia, como sostienen algunos.

    De hecho, los psicólogos se alegran de que en los últimos tiempos se hayan hecho grandes hallazgos científicos sobre el amor, probablemente lo más dramático, misterioso y sobrecogedor que puede sucederle a un ser humano una o más veces en la vida. Fisher tiene grabado en su memoria el momento en que vio los resultados de una resonancia magnética a la que se sometió a 10 mujeres y siete hombres locamente enamorados. “Delante de mis ojos estaban los escáneres mostrando una masa de actividad en el área tegmental ventral, o ATV, una pequeña fábrica cercana a la base del cerebro que genera dopamina y envía este estimulante natural a varias regiones del cerebro. Encontramos actividad en varias áreas del sistema de recompensa del cerebro, pero la ATV era particularmente importante. Esta fábrica es parte del sistema de recompensa del cerebro, la red que genera el deseo, la búsqueda, el anhelo, la energía, el foco y la motivación. Eso explica por qué los enamorados pueden mantenerse despiertos toda la noche hablando y acariciándose. Eso explica que se vuelvan tan ausentes, tan atolondrados, tan optimistas, tan gregarios, tan llenos de vida”, descubrió Fisher. Los estudios indican que esto les sucede con la misma intensidad a los hombres que a las mujeres.

    La antropóloga le extendió los resultados de sus escáneres a dos neurocientíficos, Bartels y Semir Zeki, que compararon los cerebros de los enamorados con los de “adictos eufóricos que acababan de inyectarse cocaína u opioides”, y concluyeron que se habían activado las mismas regiones del cerebro que activan estas sustancias al consumirse. Burunat lo explica en pocas palabras: “El amor es una adicción inextinguible a otra persona suministradora de felicidad, independientemente de la actividad sexual que pudiera compartirse. El amor puede aparecer, o no, en cualquier momento de la vida adulta, para instalarse de manera permanente, como el resto de motivaciones”. Y entonces, explica por qué no sería una emoción: las motivaciones, una vez que aparecen, son permanentes; las emociones, en cambio, son efímeras.

    Como sucede con otras experiencias intensas o dramáticas, el amor va cambiando el cerebro de quien lo siente. Por perturbador que suene, por mucho que queramos negarlo. Solo faltaba evidencia científica para comprobar que después de enamorarse hasta las tripas, ya no se puede volver atrás. Cuando se impone la abstinencia. Si cuando están separados por períodos breves, los enamorados pueden sufrir de “ansiedad por separación”, no hay que ser demasiado intuitivo para vislumbrar el alud que puede venir posruptura cuando el amor todavía late muy vivo en el que nunca la quiso ni la vio venir. Los síntomas se parecen bastante a los del período de abstinencia de un drogadicto, y así los detalla Fisher: gritos, llantos, apatía, ansiedad, disturbios en el sueño (dormir demasiado o muy poco), pérdida de apetito o atracones, irritabilidad y soledad crónica.

    Las resonancias magnéticas de Helen Fisher sobre 15 personas enamoradas que habían sido abandonadas no solo mostraban una actividad cerebral en muchas de las regiones asociadas a la abstinencia de las drogas más duras, sino que dejaba en claro que los pacientes estaban pasando por un “dolor físico y mental. Como un ratón corriendo en su ruedita, rumiando obsesivamente en lo que habían perdido”.

    Para hacerles el olvido un poquito más difícil están las canciones que escucharon, los restaurantes que visitaron, el atardecer que miraron, las estrellas que contaron; el universo entero para recordarles la falta del otro. Y quién puede culparlos, entonces, de las recaídas, que pueden venir en formato stalker (husmear en el Facebook del otro sin dejar huella, llamar a su casa y cortar para ver quién atiende, y hasta hacer puerta en su edificio para ver si entra o sale con alguien) o en formato declarado (catarata de mensajes, llamadas, visitas inesperadas, regalos, flores, la lista de recursos es tan interminable como infructuosa).

    Esta etapa, por fortuna, eventualmente termina, pues en todo esto de la recuperación de un abandono hay un patrón que tarde o temprano se cumple. Después de esta primera etapa en que se tiende a intentar recuperar al otro hasta límites insanos, viene la resignación, que a menudo está asociada a la desesperación, pues implica que el enamorado ha perdido todo tipo de esperanza en la reconquista. En esta etapa, la depresión es también una posibilidad y, de hecho, se da con bastante frecuencia.

    La ruptura amorosa tiene bastante de duelo, y así lo advirtió Burunat, que se ha arriesgado incluso a ponerle un nombre a ese estado en el que caen las víctimas de un amor romántico fallido: Síndrome de Abstinencia de Amor (SAA, por equiparación al Síndrome de Abstinencia a los Opiáceos, SAO). El SAA “podría afrontarse mejor con terapia conductual e incluso farmacológica si se contemplara como un síndrome derivado de una alteración funcional de ciertas estructuras cerebrales que deben recuperar su actividad habitual de base, trastornada con el desarrollo del amor, lo que podría requerir un intervalo temporal concreto, de como mínimo un par de semanas”, sugiere.

    Burunat explica que lo más difícil de cortar voluntariamente son “los pensamientos obsesivos” (el primer pensamiento al despertar, el último antes de dormir) que además contribuyen a aumentar la pena y a veces se acercan demasiado a una alucinación o un delirio. Según el experto, “recuperar totalmente el control del pensamiento” podría llevar desde dos semanas hasta dos años. En cambio, si la ruptura empezara a contemplarse como un SAA, podrían tenerse con el paciente algunas consideraciones que se tienen con otro tipo de adictos, como incitarlo a mantener distancia de su droga, en este caso, su ex.

    Recalculando. Si los expertos hablan de un cambio que se genera en el cerebro al vivir una relación amorosa, es una cuestión lógica pensar que, después de una ruptura, se deban hacer algunos ajustes. “Al estar implicados diferentes sistemas cerebrales, al ser el amor mucho más que una emoción, como el miedo o la ira, las diferentes estructuras que se han adaptado al amor probablemente tienen cursos temporales de readaptación diferentes, pero además los mecanismos de plasticidad que se desencadenan pueden ser contradictorios entre unos sistemas y otros”, explica Burunat. Bienvenido el caos.

    “El cerebro pierde, al perder las manifestaciones de afecto provenientes de la pareja, sus caricias y su presencia, y al perder la posibilidad de acariciarla, multitud de aferencias somatosensoriales que dejan huérfana de activación a gran parte de la corteza parietal, en donde terminan las señales originadas en la piel. (...) La piel está dotada de receptores de vibración que se activan especialmente al acariciar (también cuando nos acarician), más que con la pura y simple presión de un objeto al contacto con la piel”, dice Burunat. Dejar de escuchar la voz de la persona que se amaba también significa una pérdida inmensa. El olfato; el olor del otro, también desaparecerá.

    Lo más increíble de todo esto es que la mayoría suele sobrevivir a las rupturas. Una pequeña minoría, sin embargo, no lo logra, porque extirpar a ese otro de esos lugares tan intrincados del cuerpo, no es fácil, no puede serlo. Claro que la forma de encarar ese proceso es diferente para todos. Están los casos de personas que, al morir su compañero de vida, mueren ellos también al poco tiempo. No conciben vivir sin esa otra persona y reprogramar el cerebro, a cierta edad, ya no es algo que se quiera hacer. Según Burunat, el amor es nada menos que “la experiencia sensorial, emocional y cognitiva más completa de la vida de la persona, solamente comparable con el alumbramiento y la crianza en la mujer”.

    Dentro de los que no están dispuestos a readaptar su cerebro después de que este tractor emocional les pasó por encima y siguió su viaje, hay otro grupo, los que sufren “la furia del abandono”, como explica Fisher, vinculada a la frustración y la agresión. De nada sirve que el otro se haya retirado con la mayor decencia posible y se muestre dispuesto a hacerse cargo de las responsabilidades correspondientes en el caso de que haya hijos. No importa. El enamorado “oscilará entre el desamor y la ira”. “El sistema primario de la ira está conectado a los centros en la corteza prefrontal que anticipa las recompensas, entonces cuando una persona se da cuenta de que una recompensa esperada está en riesgo, o es inalcanzable, estas regiones estimulan la amígdala y disparan la ira, una característica que estresa el corazón, eleva la presión arterial y suprime el sistema inmunológico”. La violencia acaba de reservarse un lugarcito. Burunat también cita en su trabajo el análisis preliminar de una investigación reciente realizada a 15 hombres y mujeres con su relación amorosa recién terminada que mostró que, al pensar en la persona amada, se activan también áreas asociadas a conductas obsesivocompulsivas.

    Burunat se muestra optimista ante los nuevos hallazgos, y a dónde pueden llegar ellos para ayudar a entender también a las víctimas del desamor: “contemplar el amor como un proceso fisiológico comprensible permitirá acciones hoy impensables, como, por poner un ejemplo sangrante, diseñar estrategias realistas, desde el conocimiento de lo que ocurre en el cerebro de los implicados, para terminar con las muertes de mujeres a manos de sus ex parejas”.

    Puede darse el milagro, puede existir un amor eterno, el amor en su versión más pura, incontaminada y recíproca, en la que brille su lado más esplendoroso, energizante, inspirador. Puede, también, que el amor se termine, para los dos miembros de la relación, o para uno. Y entonces es bastante incierto quiénes seremos entonces, cómo seremos capaces de reaccionar, de adaptarnos, de curarnos. Algo de ayuda en el proceso no puede estar de más.