Y parece que, de allí, no hay escapatoria. Los emojis están ahí, a un dedo de distancia. Solucionando nuestras ideas, emociones, pensamientos, en una imagen diminuta, infantil, casi tonta. Son la respuesta a todo. En una era donde no hay tiempo para nada, ni siquiera para cha tear, el emoji llegó para solucionarnos la comunicación y hacer que nuestras palabras sean cada vez menos necesarias. No hay un te amo. Hay, en su lugar, un corazón, varios corazones, en rojo, azul, amarillo, verde, violeta, rosado; hay un corazón latiendo, otro envuelto con una moña de regalo, otro atravesado por la flecha de Cupido.
Según la Emojipedia (sí, existe una en www.emojipedia.org), hay 1.851 emojis. El responsable de su popularización fue Apple cuando los incorporó en su Iphone en 2011. Desde entonces, la multiplicación de los emojis no se detiene (aclaración: los emoticones son solo las caritas; emojis son todos los dibujos en general). Porque el ser humano es voraz y siempre quiere más. Necesita que haya un emoji de dedos cruzados, uno que le haga honor a David Bowie, otro que represente un hipster, un plato volador, una mujer con un hijab, entre varios más. Así que ya están planificados 56 nuevos diseños para 2017 que comprenden muchos de los pedidos de los millones de usuarios alrededor del globo.
Antes, a fines del siglo XX, el mundo vivía sin teléfonos celulares y sin caritas amarillas que demuestran estados de ánimo. Hasta que un japonés llamado Shigetaka Kurita creó una serie de íconos para ahorrar tiempo y espacio en el envío de correos electrónicos. Y para ello se inspiró en el manga. La primera camada de emojis surge en 1999 y su nombre responde a que en japonés la e significa imagen y moji carácter. Los emojis, por si alguien todavía no lo sabe, tienen todo que ver con Japón.
Varios años más tarde, en 2007, cuando Google se alió con una de las telefónicas japonesas decidió incorporar estas pequeñas gráficas a Gmail. La historia se potenció con la llegada de los teléfonos inteligentes, WhatsApp y las varias redes sociales. Y las cifras demuestran la relevancia que tienen en nuestra vida cotidiana. El 92% de la población online usa emojis y los adopta como un lenguaje universal al que le va cargando significado. Como dato extra se puede decir que 78% de las mujeres usan los emojis con frecuencia (varias veces por semana), mientras que 60% de los hombres los eligen como forma de comunicación.
La lengua que no tenía palabras. El ingeniero de Google y experto en globalización Katsuhiko Momoi dijo en un artículo de la web “Fast Company” que, según una serie de estudios que analizó, para las personas en Japón un emoji, por ejemplo, es la manera más sencilla de pedir perdón porque hay veces en que las palabras no alcanzan. “Hay algo que típicamente dicen las usuarias femeninas y es que si reciben un mail que solo tiene letras sin símbolos o emojis sienten que es una comunicación muy seca. Sin embargo, si se incluyen unos pocos emojis, de pronto, se vuelve personal. Te genera una sonrisa. Te suaviza el estado de ánimo. Te hace sentir que recibiste algo con un contenido emocional”, explica Momoi. Una vez más la misma sensación: en tiempos de hipercomunicación parece que las palabras no alcanzan.
Todos los años, la Oxford University Press —responsable de publicar el diccionario Oxford English, entre otros— elige la palabra del año. Pero la de 2015 no fue una palabra: por primera vez en la historia se eligió una pictografía. La opción fue un emoji: una carita amarilla, redonda, uniforme, con una sonrisa que exhibe los dientes superiores y los ojos cerrados con dos lágrimas celestes cayendo por los cachetes. La imagen es universal, sencilla de entender, no debería haber disenso. Todos alguna vez lloramos de la risa.
El emoji conocido como “face with tears of joy” fue elegido, según las autoridades de la Oxford University Press porque era la que “mejor reflejaba el ethos, el estado de ánimo y las preocupaciones de 2015”. Fue el más popular del mundo en 2015, según un estudio que realizó la universidad en conjunto con la empresa de negocios tecnológicos Swiftkey. La misma investigación estableció que el uso de emojis se triplicó de 2014 a 2015.Satoe Haile, uno de los diseñadores de emojis de Google, puso en palabras lo que les sucede a una inmensa mayoría de sus usuarios. En una entrevista con “The Guardian”, Haile dijo que estos dibujos “comunican más allá del lenguaje”. Y esa frase resume todo.
Se acabaron las fronteras; con los emojis hablamos todos el mismo idioma. Eso sucede gracias a una organización sin fines de lucro con base en Estados Unidos llamada Unicode Consortium, responsable de codificar toda esta información para que luzca igual (o muy similar) en un Iphone como en cualquier otro dispositivo móvil con tecnología Android; que se pueda ver en Twitter, Instagram, Facebook o las distintas opciones de Google. Desde Cerro Chato en Uruguay, pasando por Oban, Escocia, hasta llegar a Hachinohe en Japón, la carita sonriente con dos corazones en lugar de ojos se ve y se entiende igual. Y según lo han comunicado los números que aparecen de estudios que analizan el uso de los emojis, su utilización trasciende generaciones y estos dibujitos, por más infantiles que sean, llegan a los celulares de los adultos.
Al fin y al cabo, hay algo que sucede con frecuencia en un mundo con tanto chat y texto en pantallas: nada tiene tono. Y estos ideogramas le agregan sentido a lo que escribimos y además suman información que, muchas veces, no sabemos cómo comunicar o queremos hacerlo de una manera más liviana, menos definitiva, trascendente o, por qué no, mucho más enfática. Estoy feliz: carita con sonrisa inmensa. Me da vergüenza: carita con los pómulos rosados. Estoy de acuerdo o está todo bien: dedito para arriba. Feliz cumpleaños: tortita. No vi, no escuché, no dije nada: los tres monitos. Me voy de viaje: un avión. Estoy pensando: una nube. Y así.
Siempre estuvieron los dibujos. En una nota publicada por la revista “The New York Magazine” en 2013, Adam Sternbergh explica algo que a veces olvidamos. “Decodificar imágenes como parte de nuestra comunicación ha sido la raíz del lenguaje escrito desde que ha existido algo como el lenguaje escrito. (…) Los pictogramas fueron los primeros elementos de la comunicación escrita, encontrados en Mesopotamia, Egipto y China. Desde los pictogramas, que son representaciones literales, avanzamos a los logotipos, que son esos símbolos que representan una palabra ($, por ejemplo) e ideogramas, que simbolizan una idea o un concepto abstracto”, escribe Sternbergh. Y concluye que los emojis funcionan mágicamente como pictogramas e ideogramas al mismo tiempo (ver recuadro).
Así que, de alguna manera, hemos vuelto al inicio de todo. Tal vez con un ánimo un poco más exacerbado, donde quienes no usan estos pictogramas son los raros y si no hay emoji parece que no hay entusiasmo. Ya no alcanza con un signo de exclamación.
Y, por supuesto, que como buen signo de nuestro tiempo, el emoji ha llegado hasta las más altas esferas de poder. Cuando Barack Obama recibió al primer ministro japonés en la Casa Blanca en abril de 2015 le dijo que estaba agradecido por “el manga y el animé y, por supuesto, por los emojis”. El 12 de agosto de 2015, por ejemplo, los responsables de la cuenta de Twitter de Hillary Clinton eligieron escribir el siguiente tuit: “¿Cómo te hace sentir la deuda de tu préstamo estudiantil? Contanos en tres emojis o menos”.
Michelle Obama, en su cuenta oficial de Instagram, suele concluir los posts con un emoji. Feliz Halloween: una calabaza; algún acto patriótico: la bandera de Estados Unidos; actividades de su campaña Let’s Move para incentivar a los niños a comer sano: una manzana, un choclo y una avellana. Y, por supuesto, los comentarios se responden igual: manitos que aplauden, corazones y variadas opciones según la creatividad del seguidor que esté del otro lado.
Las celebridades son también grandes usuarias de estos pequeños íconos. Y ha habido casos célebres y extremos como el tatuaje que se hizo el rapero Drake (globalmente conocido por haberle declarado su amor en público a Rihanna) de las dos manos juntas simbolizando un rezo, o el reciente de Candelaria Tinelli de la cara pensativa.
También este año se han popularizado las aplicaciones con emojis de celebridades, que están llenos de guiñadas sobre la vida de estos personajes. La reina, claro, es Kim Kardashian, que lanzó su Kimoji en diciembre de 2015. Se puede bajar en Iphone y Android por tan solo 1,99 dólares. Entre sus opciones está el dibujo de su cola en primer plano que se convirtió en un suceso hace unos años. También hay de Justin Bieber, de la gimnasta del equipo estadounidense que fue a los Juegos Olímpicos Gabby Douglas, e incluso de la serie “Seinfeld”.
Entre el cúmulo de delirios que los emojis han generado en el universo virtual, el más hilarante probablemente sea una versión de la Biblia “escrita” con estos pequeños íconos.
Pero también hay quienes entienden que este furor es cosa seria. El Museum of Modern Arts de Nueva York, siempre a la búsqueda del signo de nuestro tiempo y desafiando el concepto de arte, incorporó en su colección permanente los primeros 176 emojis de la historia, aquellos que fueron creados en Japón. Así, algo que a priori parecería poco trascendente y meramente utilitario, pasa a la posterioridad. En el universo del MoMa los emojis, o al menos su primera versión, serán eternos. Según Paola Antonelli, la curadora senior del departamento de arquitectura y diseño del museo neoyorquino, dijo que lo que se adquirió es una nueva plataforma de comunicación. “Al mismo tiempo, los emojis son ideogramas, una de las formas más antiguas de comunicación. Amo cómo los siglos están conectados de esa manera”, concluyó Antonelli.
Como es esperable, evidentemente, hay varios detractores de que estos dibujitos ingresen a un museo y se los catalogue como arte, pero es innegable que su invasión es fascinante. Y hacer el ejercicio de analizar cuáles son los emojis favoritos de las personas se ha convertido en uno de los deportes más divertidos de los últimos años.
· La vida secreta de los emojis
La berenjena se convirtió en uno de los emojis utilizados a la hora de hablar de sexo. Con una similitud evidente al pene, la berenjena forma parte de los emojis desde 2010 y en 2015 fue prohibido por Instagram. Según supo la web Buzzfeed, la decisión de la red social responde a que el significado de este emoji “viola las reglas de su comunidad”. El dibujo se ha vuelto tan popular que en 2016 apareció el primer vibrador con forma de berenjena creado por dos jóvenes socios de Estados Unidos. La primera edición del juguete sexual —de 1.000 unidades— se empezó a comercializar a fines de agosto; se agotó en menos de un mes.
Es probablemente uno de los más inentendibles y ridículos emojis de la lista. Una de las explicaciones de la inclusión del smiling pile of Poo, o caca sonriente, es que en la cultura japonesa el excremento en sinónimo de buena suerte. Y como los emojis surgen en Japón, muchas veces hay que encontrar allí el verdadero significado.
En diciembre de 2015, el equipo de especialistas en temas de moda de “The Guardian” hizo un artículo donde se elegían las personas que habían dominado la agenda fashion del año. Entre Joan Didion, Justin Bieber y Caitlyn Jenner apareció un personaje inanimado: el emoji del unicornio. Con los colores elegidos por Pantone para 2016, el unicornio fue furor en la industria. Primark lo utilizó en buzos y remeras, Forever 21 en lentes, Chanel tomó los tonos y, también, se convirtió en el símbolo perfecto para la tendencia chaos magic.
La Emojipedia lo denomina “Face Screaming with Fear”. Ingresado en el Unicode de 2010, este emoji, el favorito de muchos, que funciona en todo tipo de circunstancias, es una representación del famosísimo cuadro expresionista de Edvard Munch “El grito”.
Es una carita difícil de descifrar, que funciona según el usuario. El demonio rojo es conocido como el ogro japonés y representa a Namahage. Cuenta la leyenda que el ogro sale a buscar niños que se hayan portado mal en sus casas y que, además, ahuyenta los espíritus malignos de los hogares. Esta máscara suele ser utilizada en Año Nuevo en el noroeste de Japón.