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    El libro que Sichero debió tener

    A cien años del nacimiento y dos de la muerte de Raúl Sichero, el arquitecto Pablo Frontini publicó un libro que indaga en la obra de uno de los principales exponentes de la arquitectura moderna uruguaya

    “Sencillez y proporción”. Dicen que Raúl Sichero hablaba poco. Que medía sus diálogos y siempre usaba las palabras justas. Algo similar a lo que hacía con su arquitectura: nada de más, nada de menos y mucha coherencia. Así respondía a sus colegas jóvenes o aspirantes cuando le preguntaban qué tenían que saber para ser arquitectos: “Sencillez y proporción”, les decía. Esas tres palabras se impregnaron en la memoria de Pablo Frontini, también arquitecto, cuando conoció al maestro —fallecido en 2014, a los 98 años— mientras preparaba su tesis de doctorado en Barcelona a fines de los años 90. De ese encuentro surgió, varios años después, el trabajo titulado “Raúl Sichero – Arquitectura y calidad urbana”, escrito por Frontini y editado en formato de libro fotográfico por la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República en el marco de los festejos por el centenario de la institución. La casualidad quiso que también sea el  año en que el maestro cumpliría 100 años.

    “Con las posibilidades que abre la representación gráfica digital, la tesis doctoral de Pablo Frontini propone un juego que, hasta cierto punto, burla la fijeza de la materia y la irreversibilidad del tiempo. Esto ha concedido al arquitecto Raúl Sichero una inusual segunda oportunidad. Y nos da la ocasión de visitar y conocer, de singular manera, la obra y el pensamiento creador de uno de los principales autores de nuestra arquitectura”, escribe Gustavo Scheps, decano de la facultad, en el prólogo del libro.  

    Frontini define el texto como “una reconstrucción activa junto a Sichero”, porque durante más de 15 años mantuvo encuentros con el arquitecto, que incluyeron visitas a sus obras más emblemáticas y el objetivo común de recuperar gran parte del archivo perdido. Eso implicó no solo volver a proyectar edificios del siglo XX sino restaurarlos mediante técnicas digitales e introducirles cambios que proponía el propio creador, aunque de la construcción hubieran pasado más de cinco décadas. “Este es el libro que Sichero nunca tuvo y que debió tener en su época de máximo esplendor”, explica el autor, que lo define como “un documento con sus planos correctamente dibujados, con fotografías de sus edificios recién construidos y con perspectivas que expliquen visualmente sus procedimientos e intensifiquen sus resultados, siempre con atención al marco urbano en el que se insertan: la ciudad del Uruguay moderno que comenzó a gestarse a partir de los años 50”.

    Frontini, que enseña en la Facultad de Arquitectura desde que egresó a los 25 años, conoció en profundidad la obra de Sichero de rebote. Recuerda que en su época de estudiante se observaba con lupa las vanguardias internacionales y con cierta lejanía la creación local. Pero su experiencia cambió cuando en 1997 participó en una clase del catedrático español Helio Piñón basada en arquitectura moderna montevideana. Algo —él lo llama “consistencia”— lo hipnotizó. Y se fue de salón con la idea clara de que debía seguir ese camino, el de mirar hacia atrás y reconocer los viejos valores de nuestro medio. “Ahí me di cuenta de que Uruguay es un museo de arquitectura moderna, obviamente deteriorado porque no tiene demasiado mantenimiento y comparte los problemas de las ciudades tercermundistas; pero la calidad de los edificios y el conjunto es muy potente”, dice.

    Pocos años después de esa especie de revelación vocacional, Frontini se instaló en Barcelona, trabajó de la mano de Piñón —estudioso de la obra de Sichero—, y comenzó a proyectar la tesis que lo llevó a realizar innumerables viajes entre España y Uruguay. Fue Piñón que le presentó al arquitecto moderno nacido en Rivera en 1916, creador de edificios entre los que se destaca el Panamericano, el Ciudadela, el Champs Élysées (en Bulevar Artigas, cerca de la Plaza Varela), muchos de los que hay en la rambla de Pocitos y Punta del Este, y tantos otros no demasiado conocidos.

    La historia fue más o menos así: un día Frontini golpeó la puerta del apartamento de Sichero, en el tercer piso del edificio Champs Élysées, con una carta de presentación firmada por Piñón en mano. Era fines de los 90, él recién egresaba de la facultad y Sichero, ya retirado, rondaba los 80 años. Ahí, sin saber qué respuesta podía llegar a conseguir, le pidió su colaboración para trabajar en conjunto en la tesis que tendría su obra como protagonista.

    ¿Cuál fue la reacción de Sichero ante su propuesta?

    Él ya estaba retirado y un poco aburrido. Después de haber sido casi que ignorado por la sociedad y por la academia, cuando vio que un profesor extranjero como Piñón le prestó especial atención y que a raíz de eso un grupo de gente joven se empezó a interesar en su obra, su reacción fue de fascinación. A partir de ahí nos invitaba a su casa, nos mostraba lo poco que tenía de material de archivo y nos llevaba a conocer sus edificios. Íbamos en auto; él mismo manejaba.

    ¿Por qué desapareció su archivo? 

    Él tiró muchas cosas. Se mudaba, cambiaba de estudio y en medio se deshacía de papeles. Imaginate esos rollos y rollos de su medio millón de metros cuadrados proyectados. Fijate que a sus 80 años nunca nadie le había preguntado ni se había preocupado por su archivo. Por mucho tiempo fue un olvidado. Él tenía la conciencia de que era muy buen arquitecto, pero lamentablemente tuvo que convivir con el hecho de que nadie lo reconociera demasiado. Sí lo conocían en el ambiente de los arquitectos, que en su mayoría eran ignorados.

    ¿Cree que ese olvido está ligado a que siempre trabajó en el ámbito privado e inmobiliario?

    Creo que el hecho de que no estuvo demasiado vinculado a la Facultad de Arquitectura influye. Tenía aspectos ideológicos alejados de la academia de aquella época. Él fue alumno de (Julio) Vilamajó casi toda la carrera, pero nunca dio clases. Decía que no tenía condiciones de docente. Era muy parco en sus declaraciones, se sentía cómodo en un mano a mano, en un trato más cercano, pero le costaba expresar sus ideas ante mucha gente. Recuerdo que en uno de nuestros encuentros saqué un grabador a la mesa y se quedó aterrorizado.

    ¿En qué sentido las obras de Vilamajó y Le Corbusier, uno de sus principales referentes, influyeron en su arquitectura?

    En su época de juventud, las revistas de arquitectura que llegaban a Uruguay solían estar escritas en idiomas que muchos estudiantes no conocían. Por eso se fijaban más que nada en las fotografías, en las plantas, en los gráficos. Entonces era gente formada en el clasicismo, con una impronta muy visual, que de repente empezó a estudiar la modernidad. La influencia de Le Corbusier (que visitó Uruguay en 1929), Vilamajó o Mies (van der Rohe) para Sichero implicó una manera de entender mirando y no razonando conceptos filosóficos, políticos o ideológicos.

    ¿Cómo fue su sistema de trabajo junto a Sichero?

    Trabajamos con algunos softwares portátiles acá, y en Barcelona teníamos una computadora bastante potente. A Sichero todo el tiempo le llamaba la atención la tecnología aplicada a la arquitectura. Entraba en shock cuando veía que podíamos copiar una planta en pocos segundos sin redibujarla, algo que te puede llevar semanas. El sistema era así: yo hablaba con él e intentaba extraer el máximo conocimiento posible, y además me mostraba antiguos folletos de venta que conservaba, fotografías viejas y varios apuntes sobre qué era lo que él valoraba en cada obra. Con eso yo me iba a Barcelona y trabajaba en proyecciones, planos, fotos y renders. Después volvía y se lo mostraba. Él me decía que sí, que no, y me proponía probar cosas nuevas.

    En la presentación del libro dijo que Sichero constantemente le proponía soluciones alternativas a los edificios que él mismo había proyectado décadas atrás. ¿Se acuerda alguna en particular?

    Sí, y muchas veces lo hacía volviendo a la idea original. Por ejemplo, en el Panamericano él tenia pensado una solución más lisa para la fachada, además de que el edificio era el doble de lo que se terminó construyendo por las limitaciones al momento de conseguir créditos. Con Raúl lo volvimos a proyectar como estaba pensado en el inicio: en forma de “V”. Como esta, trabajamos en varias posibilidades de desarrollo de proyectos. Algunos de los edificios que aparecen en el libro son variantes que nunca se concretaron y que a él le gustaban igual o más que lo que finalmente se hizo. Sichero se colgaba mucho en este proceso, digamos que volvió a ser un arquitecto activo.

    Destaca la coherencia formal en toda su trayectoria. ¿Puede sintetizar los lineamientos de su estilo?

    Él no tenía una receta, iba avanzando de a poco con soluciones constructivas y acumulación de experiencias. La coherencia de su obra radica en lo formal, que tiene que ver con lo visual y lo estructural. La horizontalidad se percibe a simple vista, ya sea mediante la estructura misma o los cerramientos. La verticalidad está también muy presente, pero en general en las plantas bajas. Sichero no buscaba mimetizarse con la naturaleza, tenía una postura claramente artificial y geométrica. Por otra parte sus edificios son inteligentes, son sustentables por la posición, por la orientación y por los parasoles o protecciones solares que usaba. Quizás el edificio Ciudadela fracasó en este sentido.

    ¿Por qué? 

    Por ejemplo, los vidrios que traían para el Ciudadela o el Panamericano eran alemanes, hechos para trabajar a diez o doce grados menos de los que había en Uruguay. Finalmente el gas que había en la cámara de aire (que tienen las ventanas y funciona como aislante) se manchó porque acá el sol lo deterioró y generó esas manchas celestes que no quedan bien. Después se sumó el hecho de que la gente puso esos aires acondicionados tan identificables. Por eso en las fotografías del libro traté de borrarles esos detalles a los edificios. Busqué llevarlos a su estado original, a como se veían recién construidos.

    ¿Cuál es la obra que más lo atrae?

    El edifico Champs Elysées, donde él vivía. Es muy sutil, muy perfecto, no tiene ni un solo error, todo es coherente, todo cierra. A nivel de su presencia en la ciudad te diría el Panamericano por su escala, su importancia y su posición dentro de Montevideo dividiendo las dos bahías. Tiene una dimensión geográfica importante. De todos modos entiendo que la gente lo vea como un armatoste porque no siempre se comprenden las cuestiones más estructurales, más geométricas. Es una cuestión de disciplina y quizás no tanto de gusto. Además el edificio ha sido atacado por los propios habitantes; tiene sentido.

    ¿Por qué es importante estudiar a Sichero?

    Por su calidad y porque hay que reconocer nuestras raíces. Hay algo que tenemos muy claro, por ejemplo, en el fútbol, y es que jugamos de determinada manera, a lo Uruguay, y no podemos pretender jugar como el Barça o como Inglaterra. Creo que en arquitectura pasa un poco lo mismo: tenemos que usar las herramientas propias, porque realmente somos una escuela. Uruguay vive una situación muy concreta, es un lugar que mira hacia afuera y reformula aunque con un estilo propio, porque hay carencia de materiales y de recursos financieros en comparación a otros países cercanos. Lo nuestro es todo más artesanal, siempre lo fue. Y arquitectos como Sichero han logrado dar esa versión sobria y coherente con las pocas herramientas que tenemos. Lo importante es entender qué tipos como él han generado porciones de ciudad que tenemos que defender, y muchas veces lo hacían poniendo en juego su propia economía.

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