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    El maestro, la línea y la muerte

    A diez años del fallecimiento de Nelson Ramos, el Museo Nacional de Artes Visuales inauguró la primera exposición antológica de su obra; “Nada del arte le fue ajeno” recorre más de medio siglo de creación de un autor que revolucionó el arte nacional y el método de enseñanza

    La muerte se insinúa, después persigue y, finalmente, espera en el último tramo de la exposición. Es ahí, en un rincón de la sala 5 del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), que está montada la instalación “Ausencia”: tres paredes repletas de lápidas y tapas de nichos creadas en espuma plast, con la inscripción de 40 nombres de artistas uruguayos. Está escrito Luis Solari, María Freire, José Gurvich, Hilda López, Gonzalo Fonseca, Hugo Longa y Juan Storm, entre otros. Y está escrito, también, el nombre del autor de la obra, Nelson Ramos, sobre la única tumba que tiene fecha: 1990-1999. Delante de ese despliegue lúgubre hay una silla, negra, vacía, que puede ser ocupada por cualquiera que elija enfrentarse al escenario. La imagen es, como todo el recorrido, inquietante.

    “Ausencia” fue creada por Ramos en 1999 y reconstruida hace pocos días para “Nada del arte le fue ajeno”, la primera muestra antológica del artista que se presenta en Uruguay. El director del MNAV Enrique Aguerre y el curador Ángel Kalenberg definen a Ramos (Dolores, 1932-2006) como uno de los creadores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX, y a la exposición, como una deuda pendiente que ahora, a 10 años de su fallecimiento, es momento de saldar.

    Su obra, que se centra en la investigación de la línea como elemento autónomo y el tratamiento de la muerte a través de una cantidad aparentemente infinita de materiales y soportes, se condice con su carácter rupturista: fue el primero en realizar una muestra exclusivamente de dibujo en el país, utilizó el término “instalación” en los 60, cuando a nivel local apenas se hablaba de “ambientaciones”, e introdujo un método pedagógico alternativo basado en la experimentación y la autocrítica. Ramos, que también transitó por España, Brasil y Estados Unidos aunque siempre asentándose en Uruguay, se dedicó a la docencia por más de 35 años. Y de su taller salieron artistas tan diversos como Ignacio Iturria, Ricardo Pascale, Claudia Anselmi, Pilar González, Eloísa Ibarra e Inés Olmedo.

    “Nada del arte le fue ajeno”, que se extiende, además, por la sala 2 del MNAV, expone fragmentos de las principales series creadas por Ramos a lo largo de 50 años: desde los relatos en collage “La conquista” y “La voz de los vencidos”, con referencias al descubrimiento de América, y “El dedo”, su única escultura en metal de gran formato, hasta la serie de claraboyas y pandorgas en papel; un conjunto de dibujos donde abundan las calaveras; otras instalaciones en blanco y negro; las “Nuevas formas” con las que poéticamente, en madera, rediseñó herramientas cotidianas que perdieron su utilidad, y sus pinturas blancas en las que suelen aparecer verticales rasgadas que develan la trama interior del material y que sintetizan gran parte de su trayectoria artística.

    Rupturista y provocador. Dicen que era intuitivo y elegante. Alto, delgado, de espalda ancha y barba tupida. Que su expresión muy rara vez se salía de la mesura. Que comulgaba con el humor negro. Que hablaba poco, casi nada de sí mismo, y que su costado más sensible lo expresaba mediante gestos. A Nelson Ramos, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, le decían “el mudo”.

    Hay una foto que lo muestra en 1996, a los 63 años, en el laberinto de los jardines de la Alhambra, en Granada. En medio de un paisaje lleno de arbustos se ve su rostro rodeado de canas, que parece corresponder a un cuerpo que yace bajo tierra; la mueca de su boca evidencia una sonrisa irónica. En otra imagen está en pleno montaje junto a su hija Jimena y su esposa May Wolf, las únicas que tenían libre acceso a su taller personal para verlo pintar.

    Son Jimena y May las que conservan la mayor parte de las obras del artista; casi todas las que expone actualmente el museo —con excepción de algunas pertenecientes a colecciones públicas y a otras privadas— forman parte del acervo familiar. Recorrer la muestra es prueba suficiente para identificar la continuidad creativa de Ramos: una coherencia formal y temática que se extiende desde principio a fin pero que no le impidió transitar por distintos materiales, soportes y técnicas. En la exposición hay collage en cartón, madera pintada con acrílico, técnicas mixtas, óleo sobre tela, objetos intervenidos, instalaciones, dibujos en pastel, tinta china, crayola, lápiz y volúmenes en metal. Kalenberg define la obra como “proteiforme, original y eminentemente provocativa”. May se centra en el contenido: “La muerte personal, colectiva, física, cultural, era, para él, un temor, un signo de interrogación con el que se obsesionó en una época en que se hablaba en metáfora”.

    Ramos fue, junto con otros artistas como José Gamarra o Miguel Ángel Battegazzore, un revolucionario del arte nacional, explica el curador. Porque no solo rompió con las prácticas pictóricas del Taller Torres García y el Círculo de Bellas Artes, sino también propuso un particular objetivo de enseñanza: en su taller buscaba generar artistas y no discípulos.

    Dicen que con sus alumnos era muy duro. Que algunos, incluso, huyeron de su franqueza. Muchos de ellos comparan su presencia física con la del monumento de Garibaldi ubicado en la rambla de Ciudad Vieja. De hecho, ese era su segundo apellido.

    La determinación del silencio. Con el porte de un general al acecho y la mirada silenciosa de un artista que se sabía maestro pero que poco mostraba su obra, así lo recuerdan sus alumnos. Tranquilo, con gran poder de concentración, sensible y muy determinante. Determinante para guiar sin contaminar caminos y también para señalar trabajos insostenibles, para reclamar rigurosidad y autoexigencia.  

    Eloísa Ibarra —ganadora de la última edición del Premio Nacional de Artes Visuales— no lo soportó. Tenía 33 años cuando en 2001 se inició en el taller de Ramos y 35 cuando decidió dejarlo. Él le exigía una dedicación que ella, que en ese entonces trabajaba en una agencia de publicidad, no podía mantener. “Esto es una porquería, no sirve para nada. Es una cagada”, le dijo un día el maestro. Y la alumna abandonó; aunque el distanciamiento duró poco menos de un año. “Él no enseñaba técnicas, no era un maestro que inculcara. Enseñaba una sensibilidad. Con él aprendías a sentir y por eso necesité volver”, cuenta Ibarra.

    Inés Olmedo (Maldonado, 1961) se mudó a Montevideo a los 18 para estudiar con Ramos y dividir los días entre una pensión y el taller, al que el artista llamó Centro de Expresión Artística (CEA). Recuerda que al terminar la primera prueba, que consistía en dibujar una naturaleza muerta, la respuesta fue contundente: “Tenés el problema del virtuosismo, corrés el riesgo de terminar en publicidad”. “Muchos de sus trabajos conmigo consistieron en transmitirme la importancia del vacío, el no decir todo lo que tenés para decir, el no llenar la hoja de trazos”, dice Olmedo. Y la enseñanza hace eco aún 40 años después; porque cuando ella crea ahora, la figura del maestro aparece, siempre, en forma de silencio.

    En la memoria de la fernandina quedó grabada, además, una postal sonora del taller. Piensa en él y siente jazz, blues, tango, música clásica y brasileña contemporánea. También un olfato particular: el de la feijoada anual que Ramos organizaba todos los 17 de junio para celebrar el aniversario del CEA desde 1971, en ocasiones para hasta 50 invitados, casi todos artistas.

    Las instancias de intercambio en el taller fueron el disparador del discurso que Ignacio Iturria presentó en la apertura de su fundación en Carrasco el 26 setiembre de 2013, que inauguró con la muestra “Nelson Ramos: Desde las entrañas”. Ese día el pintor habló de los inicios de su vínculo con el maestro en las clases de pintura que daba en la UTU, sobre la meticulosidad que tenía para elegir materiales y muchos traerlos del exterior, sobre su colaboración en los montajes de exposiciones ajenas y la manera de trabajar los soportes. Ramos, dijo, “no utilizó los materiales clásicos, pincel, espátula o cincel, sino trinchetas, tijeras, cintas de pegar, alambres y palitos. Trabajaba hasta los más pequeños detalles, con meticulosidad cariñosa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cualquiera fuese el tema: igual una calavera que diez esqueletos, armando escultóricamente historias con frontalidad pictórica”.

    Hay frases que se repiten en las voces de los alumnos: “Ramos era reservado con su obra”, “nunca pintaba adelante de nosotros” y “solo unos pocos privilegiados pudieron verlo en acción”. Claudia Anselmi fue una de ellos. Era una niña prodigio cuando entró al CEA. Tenía 12. La primera vez que lo vio pintar fue una tarde que se animó a empujar la puerta del taller personal del maestro para espiarlo. Y lo vio sentado frente a una mesa de dibujo, haciendo una obra por encargo de una galería y utilizando un material que ella desconocía: el acrílico. Dos años después, Ramos le regaló un bastidor enorme y la invitó a trabajar con él. “Estábamos a dos metros de distancia. Nelson, sobre la ventana, hacía el gesto, una y otra vez, de una vertical blanca. Yo, mientras, llenaba de círculos pequeños la tela. No me animaba a hablar, porque no volaba ni una mosca. Él tenía una túnica de lienzo azul que le llegaba hasta la pantorrilla. La expresión, como siempre, era de mesura”, recuerda.

    Anselmi estudió casi ocho años con Ramos —conoció todos sus talleres: el del Club del Faro en la calle Sarmiento, el de Palermo en la calle San Salvador, y el de Estero Bellaco al fondo de su casa en La Blanqueada—, hasta que la echó. Fue en el 78, cuando Ramos y Kurt Speyer, de Galería Bruzzone, organizaron un ciclo de exposiciones de alumnos del CEA. Todo terminó en un diálogo mientras ella desmontaba su obra. “¿Y ahora qué voy a hacer con todo esto, Nelson? ¿Lo llevo a mi casa o al taller?”. “Al taller no, porque no vas a ir más”, le dijo. Y punto. Nunca más volvió.

    De eso pasaron 38 años. Ahora, Anselmi recorre la exposición del MNAV, hojea el catálogo, hace anotaciones al margen, se detiene en algunas obras que desconocía y sonríe. 

    “Nada del arte le fue ajeno”, Nelson Ramos. Museo Nacional de Artes Visuales (Tomás Giribaldi 2283, tel. 2711 6054), de martes a domingos de 14 a 19 horas; hasta febrero de 2017.

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