En el entorno de los treinta años es cuando se produce el pasaje de la juventud hacia la madurez, según destacó el catedrático en Psicología Evolutiva David Amorín, pero no todas las personas quieren dar ese paso. En Estados Unidos incluso se ha creado un término para agrupar a las personas que tienden a adherirse con uñas y dientes a esta suerte de adolescencia eterna: el síndrome de Peter Pan.
Creado a comienzos del siglo XX por el escritor escocés James Matthew Barrie, Peter Pan fue un personaje que no solo protagonizó cuentos y películas sino que en 1983 inspiró al psicólogo estadounidense Dan Kiley a escribir el libro “The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up” (“El síndrome de Peter Pan: Hombres que nunca han crecido”).
Según Kiley, Peter Pan son aquellas personas —en su mayoría hombres, de entre 25 y 35 años, aproximadamente— que se niegan a crecer. Sus características incluyen rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, dependencia y la creencia de que están más allá de las leyes impuestas por la sociedad. Pero según la percepción de los terapeutas consultados por galería, son menos los que realmente podrían ser considerados puber eternus, y más los que intentan camuflarse en este grupo para no proyectar la imagen de fracasados.
“En muchos casos se disfrazan de eso para ocultar que en realidad la pasan un poco mal y están un poco solos. Queda mucho mejor decir 'salí ayer y la noche estuvo buenísima' que 'en realidad salí porque no tenía nada para hacer, pero hacía frío y hubiera preferido quedarme viendo una película con alguien pero no tenía con quién'. No es lo que se espera del hombre. De él se espera el poco contacto con sus emociones. Ahora, cuando se sientan en ese sillón cambia la cosa y se puede ver cómo sufren por no estar en una relación”, opinó el psicólogo jungiano Gastón di Mauro, profesor de Análisis e Interpretación de los Sueños en la Universidad Católica.
“Las mujeres sin pareja se quejan de la ausencia de varones y eso no suele ocurrir entre los hombres”, reflexionó Amorín, autor del libro “Adultez y masculinidad. La crisis después de los cuarenta”, entre otras publicaciones. El censo más reciente refleja lo inverso a esta percepción —recordemos que hay casi seis mil hombres más que mujeres en esa franja etaria— y “si uno se basa en el hecho de que consultan menos por ese tema, se puede presumir entonces que los varones que están solteros a esa misma edad tienen menor malestar por la situación, que no están tan incómodos como las mujeres”, dijo.
Di Mauro coincidió en que las consultas por problemas para lograr formar una pareja estable son más frecuentes en el sexo femenino, pero realizó la siguiente lectura: “Según mi experiencia, ningún hombre viene (a terapia) porque le cueste tener una relación de pareja y sospeche que está teniendo una dificultad emocional. Consultan porque tienen estrés laboral o porque están un poco bajoneados, entre otras causas, pero cuando vienen ves que también les está preocupando una cuestión emocional, afectiva, con una chiquilina”, dijo. “No es que un hombre venga y diga de entrada: 'hola, quiero estar casado, tener hijos, y hacer cucharita con mi señora todas las noches'”, agregó el experto. Eso no sucede, supone, porque se sentirían tontos. Por eso el hombre esconde sus emociones, y cuanto más las esconde, más escondidas quedan. En cambio, las mujeres están más próximas a reconocer cuando tienen dificultades, porque también está más permitido que ellas lo sientan”, reflexionó.
Algunos seudo ‘Peter Panes’ a veces parecen mujeriegos, incapaces de decidirse por una sola mujer y comprometerse con ella, pero en parte eso responde a que otro fantasma masculino es la presión social para demostrar que no son homosexuales. Muchos jóvenes que superan los treinta años se enfrentan a ese cuestionamiento porque nunca presentaron un novia formal en su casa. “En los hombres, el tema de la homosexualidad tiene un peso inmensamente mayor que en las mujeres”, marcó Amorín. Entonces, “debido a que esa sospecha o suspicacia podría caer sobre ellos (por estar solteros), tienen que reforzar la conducta viril así (saliendo con varias mujeres)”, agregó.
Ser papás. Los temores de muchas mujeres solteras luego de cierta edad tienen mucho que ver con su reloj biológico —es decir, con la edad para poder tener hijos—, que es menos generoso que el masculino. “La mujer está un poco más acuciada por el modelo de madre de la sociedad y el varón no tanto porque su identidad masculina no depende tanto de eso”, reflexionó Amorín.
Sin embargo, según indicó la investigadora de mercado y opinión pública Verónica Masso-nnier, varios estudios permiten percibir que el interés por ser papás y la apertura de los hombres a conectarse con sus emociones y expresarlas es algo que está creciendo. “Hoy, la mayoría de los hombres jóvenes mencionan ‘formar una familia’ entre sus metas de vida. Esto se repite una y otra vez. La pareja continúa siendo un lugar valorado, una búsqueda que se plantea más tarde o más temprano. Y en los estudios de opinión pública surge con naturalidad la paternidad como una de las metas del mundo masculino y como uno de sus ámbitos de realización.Según Massonnier, “la gran diferencia (en los hombres) que se ha observado en la última década es la libertad para expresar la realidad tal como es y se siente”. “Los hombres jóvenes han ganado un enorme terreno en la capacidad para expresar sus emociones, y también mostrar vulnerabilidad, sobre todo en sentimientos más fácilmente aceptables y comunicables, como el anhelo de ser padre”, destacó.
“En el marco de la ironía y competitividad grupal, casi como un juego, algunos traen las imágenes tradicionales del ‘soltero ganador’, pero cuando se profundiza aparece rápidamente el temor a la soledad. Aunque cada vez más hombres y mujeres jóvenes eligen vivir un tiempo de exploración, autoconocimiento y también diversión fuera del hogar paterno y de la pareja, la mayoría tienen claro que se trata de una etapa: la idea de una soltería prolongada puede asociarse con la tristeza de los que, a la vuelta de la fiesta, encuentran un hogar vacío”, dijo Massonnier.
“Uno de los mayores fantasmas de los hombres, uno de sus temores, es el envejecer y vivir la vejez en soledad”, agregó Amorín. “Los hombres buscamos un poco la esposa-madre que nos atienda. Es algo muy egoísta, pero en parte estamos pensando en una mujer para que nos cuide. El varón tolera mucho menos la soledad”, dijo.
Vivir de a uno. Los modelos tradicionales de familia comenzaron a cambiar en el mundo occidental del siglo XX y el aumento de hogares unipersonales es una realidad que se empezó a observar en muchos países. Es un fenómeno global que muchos expertos relacionan directamente con el progreso de los países: a mayor nivel de desarrollo, mayor número de viviendas unipersonales. Probablemente, Nueva York sea una de las ciudades más famosas por esta situación, según lo que llega del cine y la televisión.
En 2012, Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de Nueva York, publicó “Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone”, cuya traducción sería algo así como “Volando solo: el extraordinario auge y sorprendente atractivo de vivir solo”. Allí destaca cómo, por primera vez en la historia de la humanidad, “un número importante de personas se asientan en solitario”. Según informa Klinenberg en esta obra, en países como Alemania, Francia, Reino Unido o Japón alrededor de 40% de las viviendas están ocupadas por una sola persona, cifra que aumenta en ciudades como Estocolmo (60%) o París (50%).
Y Uruguay tampoco es ajeno a la tendencia. Entre 1986 y 2007, los hogares unipersonales aumentaron de 11,5% a 20,8%, algo que, según la economista Soledad Salvador —autora del estudio “Análisis de las trayectorias familiares y laborales desde una perspectiva de género y generaciones” junto con su colega Gabriela Pradere—, responde al envejecimiento de la población (muchos adultos mayores viven solos después de enviudar), al aumento de los divorcios, a la cantidad de disoluciones de diferentes tipos de uniones, y a la mayor independencia de los jóvenes.
Pero al menos en Uruguay la soltería eterna no parece ser el proyecto de vida masculino. “Me proyecto casado o en concubinato y con hijos”, confesó un contador de 39 años que adjudicó su soltería a la “casualidad” y al hecho de “no haber encontrado la persona correcta”, más que al gusto por la soltería. “La proyección es estar en pareja, casarse, tener hijos y vivir felices por siempre”, agregó un empresario de 34. “Él único temor de la soltería es que dure para siempre, porque es lindo mientras la elegís, pero cuando querés no estar soltero y no podés... ¡Se complica!”, agregó.
A la larga “son pocos los varones que transitan toda su existencia sin conformar pareja, pero hay muchos que lo hacen después de los 40 porque no tienen el apuro de tener hijos”, subrayó Amorín. Lo que sucede, agregó Massonnier, es que “muchos se toman el tiempo para elegir, para buscar hasta encontrar la persona adecuada y no quedarse en espacios que no gratifican. Esto es válido tanto para el trabajo como para la vida afectiva: elegir implica rechazar, cambiar y buscar, hasta encontrar los lugares de cada uno”.
Entretanto, muchos de estos hombres, al no pasar directamente del hogar materno al de una pareja, no solo aprenden a conocerse mejor a sí mismos sino también a organizar una casa y a ocuparse de las tareas domésticas. En los estudios “aparecen hombres que disfrutan de cocinar, por ejemplo, y algunas empresas los señalan como grandes compradores de utensilios gourmet, interesados en probarse a sí mismos en distintos roles”, indicó Massonnier.
Y quizás, como reflexionó un abogado de 34 años, tomarse unos años para ellos los vuelve mejores parejas en un futuro. “Antes de poder estar con alguien es importante aprender a estar solo, a bancarse a uno mismo, a conocerse. Ese es el aporte de la soltería y para mí es un requisito previo para poder estar con alguien. Después de que aprendiste a vivir contigo mismo pasás a estar preparado para compartir tu vida con otra persona. Lo peor es que la soltería se convierta en un fin en sí mismo: tiene que ser un medio que te permita conocerte y luego puedas compartir la vida con otra persona”.