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    El olvido tan temido

    N° 2022 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2019

    “Yo escribo, nada más”, dijo Juan Carlos Onetti. El gran escritor, considerado el creador de la novela latinoamericana moderna, el primer uruguayo en ganar el Premio Cervantes, murió hace hoy 25 años en Madrid.

    ¿Dónde está Onetti en Montevideo, su ciudad natal? No está casi en ningún lado. En estas páginas fotografiamos algunas de las casas en las que vivió y alguna esquina emblemática, como la de Eduardo Acevedo y la rambla, donde el protagonista de El Pozo hace vestir a su novia de blanco en mitad de la noche, porque había tenido la idiota idea de verla así.

    En la Biblioteca Nacional están sus manuscritos, que su viuda donó en 2007. Pero como opina Gabriel Sosa en la columna que publicamos en nuestras páginas, Onetti no está hoy en Uruguay. No hay calle, plaza, avenida, ni callejón que lleve su nombre. Solo hay una placa en un apartamento de la calle Gonzalo Ramírez en el que vivió. Sus cenizas están en la fosa común del cementerio de la Almudena por deseo de su viuda.

    Onetti vivió entre Montevideo y Buenos Aires, siempre escribiendo. Era amigo de Torres García y admiraba a Cézanne y a Gauguin. Leía críticas de pintura y de música y aprendía de ellas. Escribir era para él una necesidad vital. Si no escribía, se aburría y, si bien no tuvo éxito temprano, su leyenda sí se forjó temprano: su personalidad extraña, entre tímido y huraño, sus varios matrimonios fallidos, el romance con Idea Vilariño.

    Onetti creó un universo, Santa María, esa ciudad que está en algún lugar del Río de la Plata donde transcurren varios de sus relatos y novelas. Su forma de escribir tiene mucho de intrincado, es duro con el lector, duro con los personajes, duro con todo. “Yo soy un tipo sin relación con el mundo”, escribió a su amigo Julio Payró. Veía a sus amigos, como Paco Espínola, pero les escapaba a los intelectuales.

    Siempre había sido un bohemio y era famoso por su afición al whisky, pero los últimos años en España los pasó directamente acostado en su apartamento de Madrid, con Dolly siempre cerca. Y cerca de la cama, novelas policiales y el vaso de whisky. Leyó hasta el final. En el hospital, donde murió, tuvo un libro a mano.

    Vargas Llosa, como otros tantos escritores, fue admirador de su obra y le dedicó El viaje a la ficción, un precioso análisis literario al que conviene volver. Allí analiza lo moderno que fue Onetti y cómo se dejó influir por Faulkner, como hicieron los mejores escritores latinoamericanos (“Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina”, asegura).

    En Argentina, hasta hoy sus colegas escriben ensayos sobre él y también en España, pero en Uruguay hay algo raro. Siempre había sido indiferente al poder político pero tuvo amistad con Luis Batlle Berres (a él le dedicó El astillero). Eso fue cerca de 1955, cuando se instaló por segunda vez en Montevideo y trabajó en el diario Acción

    Fue víctima de la dictadura: estuvo preso en 1974 e internado en el Etchepare por ser jurado de un cuento que se publicó en Marcha y que los militares consideraron pornográfico. 

    Cuando se cumplieron 20 años de su muerte no hubo actos oficiales. No se hizo nada, a decir verdad. “No podemos conmemorar todos los aniversarios redondos, con cero. El Estado no puede hacerse cargo, porque si no, nos la pasaríamos de conmemoración en conmemoración”, dijo el entonces director nacional de Cultura Hugo Achugar.

    Pero ya sabemos que eso no es así. Por ejemplo, el año que viene se cumplen 100 años del nacimiento de Mario Benedetti y ya se están planificando cosas.

    Las autoridades de turno eligen a quién se le rinde homenaje y a quién no.

    A Onetti, quizá, no le perdonan su sentido del humor y su ironía. No le perdonan que no haya querido volver. Que votara la Lista 15. Que nunca elogiara a autores uruguayos ni argentinos, solo elogió a Faulkner, Joyce, Céline (y la excepción, Roberto Arlt). No le perdonan que nos retratara con desprecio a todos nosotros, la gente que vive de un sueldo y que tiene un jefe. Que nos haga ver que somos, como sus personajes, seres grises, frustrados. Que nos haga reflejarnos en un espejo como El astillero, pobre gente que vive en una sociedad tercermundista. Desde Marcha escribió: “Estamos en pleno reino de la mediocridad”. Quizá no le perdonan que fuera audaz. Que se mantuviera “apartado de esa consecuente masturbación que se llama vida literaria”. Que rechazara las invitaciones oficiales a volver al Uruguay. Que no quería que ni siquiera volvieran sus cenizas. Algo de eso, o todo junto, es lo que no le perdonan.