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    El problema de entender los cerebros que “no están preparados para la interacción social”

    Los chicos con autismo “tienen una misteriosa vida cerebral” y eso es lo que llevó al neuropsiquiatra italiano Filippo Muratori a especializarse y a investigar para intentar develar algunos de los misterios. Ahora se sabe más. Los investigadores han logrado entender cómo estas personas establecen las conexiones con el mundo exterior. “Ellos están más interesados en ver detalles y en las cosas concretas, no en la vida imaginaria, y tienen una manera diferente de establecer una relación con el otro”, dijo a Búsqueda Muratori, profesor de Neuropsiquiatría Infantil y Adolescente y director del Departamento de Psiquiatría del Desarrollo de la Universidad de Pisa, Italia. Esto se traduce en una baja interacción social que puede tener sus primeras señales tan pronto como a los seis meses de vida.

    Invitado por el Instituto de Psicología de la Salud de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, Muratori se reunió con colegas y dio su visión sobre esta enfermedad que pasó de ser poco frecuente en el siglo XX a cada vez más diagnosticada en los últimos años.

    A continuación, un resumen de la entrevista que mantuvo con Búsqueda durante su visita a Uruguay.

    —El autismo pasó por diferentes etapas, como de ser considerada por algunos una enfermedad de causa ambiental por problemas en los que el vínculo con los padres y la familia tenían mucho que ver a ser los genes los culpables. Hoy se habla de la influencia de ambos en los trastornos del espectro autista. ¿Cuánto incide lo ambiental y cuánto la genética? ¿Podría aventurar porcentajes?

    —El autismo es una enfermedad cerebral. El cerebro de un autista no está preparado para la interacción social, ese es el problema. No es una enfermedad cerebral focalizada, pero hay conexiones atípicas en él. Pasamos por dos grandes errores: el primero era la idea de que los niños con autismo deciden retraerse de sus padres porque estaban de alguna manera traumatizados, lo que es un error. En segundo lugar no es cierto que el chico con autismo está retraído del mundo: tiene un distinto tipo de conocimiento sobre el mundo, pero no está retraído. Como una reacción a esto los científicos empezaron a decir que el ambiente no era importante y que todo era cuestión de los genes y eso también es un error. Ahora hay una idea más compleja: una red de genes intrincada y cómo estos se vinculan. La genética está seguro, pero ¿cuánto?, ¿cuánto de ambiente? No está claro. Ahora pensamos que hay alrededor del 40% del rol del ambiente en la construcción de la enfermedad.

    —Sus investigaciones estudian niños pequeños a partir de los seis meses de vida porque allí ya se ven algunas señales del problema. Si las alertas suenan tan pronto, ¿por qué a veces lleva años llegar a un diagnóstico? ¿Los pediatras deben prestar más atención a estas señales?

    —El período entre seis meses y un año es muy importante para los niños porque empiezan a compartir su interés con el otro, a entender palabras, a responder a su nombre, a usar gestos, seguir objetos con la mirada. Debemos considerar que el recién nacido es muy capaz desde el punto de vista social, es capaz de imitar, de mirarte a los ojos. Los bebés prefieren mirar a los ojos, pero los autistas miran más la boca o ante un rostro y un objeto se interesan mucho por el objeto.

    —Menciona aspectos que no están tan desarrollados en los niños con autismo.

    —El problema de autismo no es una cuestión de presencia o ausencia. Ellos hacen a veces algunas cosas, luego no las hacen o las hacen cuando el ambiente tienen determinadas características. Eso hace difícil el diagnóstico, que se convierte en suficientemente seguro a los 24 meses, aunque antes hay muchas señales de riesgo como el retraso en el habla, no señalar cosas y no mirar a los ojos. Todas estas cosas pueden ser tomadas por los pediatras. Ellos se limitan a veces a la observación del aspecto médico, a la alimentación, a esas cosas. Lo más importante para el pediatra es escuchar a la madre. Las madres siempre están correctamente preocupadas por la hiposociabilidad de sus hijos. Si el pediatra abre la puerta, la madre puede describir la relación.

    —¿Cómo explica el aumento del autismo?

    —Cuando estudiaba, mi profesora decía que había de dos a cuatro autistas cada 10.000 personas. Hoy se dice que es algo menos de 1%. No es un sobrediagnóstico, a los niños los diagnosticábamos con diferentes enfermedades que ahora decimos son autismo. Sabemos más, hemos cambiado el criterio para el diagnóstico y la gente es más capaz de detectar señales de hiposociabilidad, pero probablemente no es suficiente.

    —Hay muchos tipos de terapias para el autismo. ¿Qué deberían incluir?

    —Si conoces un niño con autismo, conoces un solo niño con autismo. Cada uno es diferente. No hay una real cura ni droga, ninguna terapia ha podido. En terapia sí vemos el efecto de cómo un niño retraído luego empieza a sonreír, a interactuar. Tiene que participar el médico, la maestra, el psicólogo, los padres.

    El tratamiento debe ser multiprofesional. Con medicamentos se trata la ansiedad, la agresividad, la depresión, pero no el autismo. Al momento no tenemos una droga para el autismo, aunque la industria está buscando drogas específicas para reducirlo. La más conocida es el uso de la hormona oxitocina para mejorar las dificultades sociales de los niños.

    —Hay profesionales que están en contra de que el psicoanálisis sea parte del tratamiento para autismo. ¿Usted qué opina?

    —Depende de lo que significa psicoanálisis. En el pasado hubo un error, porque el psicoanálisis intentó tratar a los niños a través de un tratamiento psicoanalista regular en el consultorio y los padres afuera, que no tuvieran nada que ver, y no transportar lo que se hacía en terapia hacia afuera. Eventualmente contribuía con la idea de que la madre podría estar vinculada con la causa del autismo. Esto es el pasado. Si un psicoanalista trabaja y entra en el equipo multiprofesional con los doctores, maestros y padres, el psicoanálisis es otra pieza y nada más. No es suficiente hacer solo terapia comportamental, hacer psicoanálisis, o ir a la escuela. El problema con el psicoanálisis es que tienen que individualizar cuál es su rol en un tratamiento multiprofesional. No todos los psicoanalistas están interesados en evaluar sus tratamientos y eso también es un problema.

    —¿Hay que comenzar a tratar a los niños antes del año?

    —Si acuerdas con los padres que el chico está desarrollando autismo y puedes ayudar a los padres a superar las dificultades de la interacción, sí. Es una terapia para el niño y para los padres, para sugerirles qué pueden hacer. El autismo no es estable y los niños mejoran sus capacidades. Aprenden en una forma atípica, pero aprenden.

    —¿En qué temas profundizará sus investigaciones?

    —He estudiado la atención y cómo reaccionan con la mirada y hemos visto cambios luego de meses de tratamiento. Aún no hemos publicado esos resultados. Estoy involucrado en un ensayo para farmacoterapia. Parece haber un problema en los mecanismos inhibitorios y expiatorios de las conexiones neuronales y la droga podría actuar en este plano. También estamos desarrollando tratamientos como el DIR (desarrollo, individuo y relacionamiento) con un terapeuta. También trabajamos en otro campo del que no quiero hablar mucho, el acceso al cerebro desde el intestino, el alto vínculo con la enfermedad celíaca y el uso de probióticos. El 40% de los niños con autismo tienen problemas intestinales. Tenemos que investigar más.