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    Entre pesadilla en Elm Streett y la casa de Mikey Mouse

    N° 1944 - 16 al 22 de Noviembre de 2017

    Internet magnifica hasta tal punto nuestras contradicciones que resulta tan inquietante como fascinante constatar lo que todos sabíamos —o deberíamos saber desde siempre—: que el ser humano es capaz de lo mejor y, al mismo tiempo y sin despeinarse, de todo lo peor. Vaya perogrullada, dirán ustedes, no hay que ser Schopenhauer para darse cuenta de eso, pero no crean, de vez en cuando no está de más recordarlo, porque vivimos un mundo extraño, mitad La casa de Mickey Mouse, mitad Pesadilla en Elm Street. La parte Casa de Mickey se manifiesta en las opiniones de esos bien pensantes (y son legión) que creen que todo el mundo es bueno. Son los hijos de Jean-Jacques Rousseau, que logró convencer a sucesivas generaciones, incluida la nuestra, de que el hombre —y obviamente también la mujer— son seres miríficos, llenos de buenas intenciones y que son las instituciones las que los pervierten. Tal vez les interese saber que, al tiempo que defendía esta premisa, Rousseau abandonó a cinco hijos —cinco— en un orfanato, supongo que para que no le molestaran mientras mejoraba el mundo con su mente privilegiada. A pesar de este pequeño defecto de carácter, fue y sigue siendo uno de los pensadores con más predicamento. Tanto, que hoy todos somos rousseaunianos convencidos de la bondad del ser humano. Y sería encantador que él tuviera razón, pero si el mal no está en nosotros sino que depende de agentes externos (la sociedad, el ambiente, el mundo que es muy malo, etcétera), aquí nadie es responsable de nada, de modo que quien no es bueno tiene siempre una espléndida razón para no serlo. Así, si alguien es un delincuente o simplemente un malvado, lo más probable es que aparezca un especialista lleno de excelentes intenciones que diagnostique que todo se debe a que su familia no lo quería, o que era el blanco de las burlas de sus compañeros, o que sufrió un trauma infantil. Sin reparar en el hecho más que evidente de que hay muchas personas, innumerables, diría yo, que han tenido una infancia tanto o más difícil y no por eso van por ahí haciendo daño. Sé que este tipo de reflexión no gusta. El mundo Mickey en el que vivimos hace que todos prefiramos olvidar nuestro lado oscuro; pero hete aquí que, de un tiempo a esta parte, el mundo Mickey se ve obligado a convivir con el mundo Pesadilla en Elm Street. Y no hablo ahora de esa parte de nuestra realidad en la que reina la yihad y el terror. Esa es una pesadilla que merece artículo solo para ella. Hablo de nuestra realidad cotidiana y en especial de la que se manifiesta en Internet. ¿Qué hace, por ejemplo, que un adolescente de 17 años ponga en marcha un siniestro plan para propiciar un suicidio colectivo por el que esperaba que se quitaran la vida otros veinte jóvenes en distintos puntos del planeta conectados con él a través de Instagram? ¿Qué propicia el ciberacoso, las extorsiones, los asesinatos en directo y todas las perversiones imaginables? ¿Son todas estas personas, jóvenes muchos de ellos, seres disfuncionales víctimas de una infancia cruel y de “las instituciones” tal como pregonaba Rousseau? ¿O más bien son malos, como se los ha llamado toda la vida? Personas que por diversas razones, y ninguna buena, actúan de manera aviesa. Seres como usted y como yo que, amparados en el anonimato e impunidad que les otorgan las redes sociales, dan rienda suelta a sus peores instintos. Instintos de venganza, y sobre todo de poder. Porque, ¿qué mayor placer puede haber para un mediocre, para un perfecto frustrado o fracasado, que creer que tiene en sus manos la vida o la reputación de otro? Mal que nos pese, estas pulsiones no son patrimonio de psicópatas y maníacos sino que las tenemos todos en mayor o menor medida y se manifiestan cuando uno cree que no serán descubiertas. No, no somos Mickey Mouse y querer echar la culpa de ellas al mundo cruel no solo no soluciona el problema sino que nos deja indefensos ante otros malos que están ahí, esperando su momento. Nunca fue muy buena la táctica del avestruz. Pero ahora que Freddy Krugger campea a sus anchas en Internet, practicarla es, directamente, de imbéciles.