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    Entrevista - Denise Mota

    Nombre: Denise Mota • Edad: 40 • Ocupación: Periodista • Señas particulares: Tuvo una época muy “sartreana”, quedó paralizada cuando conoció a Gilberto Gil y solo puede hablar de sentimientos en portugués

    Conoció a su actual marido, Mauricio Erramuspe, uruguayo, en un crucero por el sur chileno al que fueron casi por casualidad. ¿Cree en el destino?

    Sí, creo. Vengo de una cultura en la que todos creen en algo. En Brasil, aunque no creas, creés. Y creo mucho en esas cosas, porque fue todo raro. Me llamó mi editor de “Folha” (de São Paulo) a las once de la noche diciéndome “cayó un viaje de aventura a Chile en un barco”, y yo le digo “pero yo no sé nadar”. No tenía nada que ver conmigo, ¡que soy más paulistana! Cero aventura. Mi preocupación era si iba a haber chalecos. Mauricio después me contó que le pasó lo mismo. Estaba la redacción vacía y le dijeron “vos”. Cuando conocí a Mauricio ya era grande, tenía 24 años, no era una mujer ingenua. A esa edad una ya sabe que los cuentos de hadas no existen, pero llegué a casa y le dije a mi hermana “capaz que no lo veo nunca más, pero me parece que conocí al hombre de mi vida”.

    Por parte de padre es bisnieta de una esclava. ¿Cómo les habla a sus hijos de racismo y discriminación?

    Mucha gente tiene miedo de que me ofenda si me preguntan, pero yo amo hablar de estas cosas, y todo lo que  hago, en el fondo, es para hablar un poco de esto. Primero para generar naturalidad. Cuando llega un amigo de mis hijos y me pregunta “por qué sos negra”, yo les digo “y vos por qué sos blanco”. Entonces se ríen. Tenemos una historia fea, dura, pesada, y mi opinión, que es polémica, es que tenemos que luchar para que esa historia pese en donde tiene que pesar, no en las relaciones personales. Hay que pensar en políticas educacionales, sociales, en discursos que lleguen a la gente. Hay que pensar en derribar estereotipos. A mis hijos les digo “estudien y van a ser lo que quieran”, porque fue eso lo que me dijeron mis padres. Y les cuento la historia de mi familia, y les digo “no se olviden que la madre del bisabuelo de ustedes fue esclava”. Mi papá llegó a ejecutivo de Ericsson porque estudió, pero empezó a trabajar a los seis años vendiendo limones en la feria. Eso hay que saberlo. Y lo cuento sin drama, pero con conciencia. Sé de dónde vine.

    ¿Qué noticia le costó más dar en todos sus años de periodista?

    La muerte de (Juan Pablo) Rebella fue complicada. Yo había llegado recién y en el dario “Folha” tenemos una regla de oro que es que no se dan noticias de suicidios. Creo que en todos mis años de periodismo, que tengo 22, nunca había escrito la palabra suicidio. En ese momento, en Brasil ellos (Rebella y Pablo Stoll) eran como la nouvelle vague latinoamericana, eran adorados por “25 Watts” y “Whisky”. Entonces la pregunta era ¿qué hacemos con eso? Y salió. Para allá fue un shock.

    ¿Qué libro recomienda de los que leyó en el último año?

    Yo vuelvo a los clásicos, siempre. Hay uno que me encanta, se llama “La edad de la razón”, de (Jean Paul) Sartre. Lo leí cuando tenía 17 años y me cambió la vida, porque tiene una cosa de autoconciencia, de “vos sos dueño y responsables de tus actos”, pero desde un lado cerebral. Vos generás dinámicas de las que capaz después no podés escapar, pero las generás tú. Es una híper autoconciencia. Cada tanto leo tramos. Tuve una época muy “sartreana”.

    Comparte las tareas domésticas con su marido. ¿Podría ser únicamente ama de casa?

    No. Cuando nació mi primera hija, Lua, traté de dedicarme a eso, y no pude, pero critico mucho eso. Me parece que fuimos educadas con el prejuicio del trabajo doméstico, y no está bueno, porque después necesitás hacerlo y te sentís horrible. Fui recontra educada para trabajar afuera. Mi madre fue ama de casa toda la vida y fue un ama de casa feliz. Pinta, borda, es una genia; tiene un sentido de decoración impresionante, las plantas de mi madre son exuberantes, porque le gusta criar, le gusta ver cosas creciendo. Y cuidar la casa tiene mucho eso, de belleza. Lo que pasa es que tiene muy mala prensa ser ama de casa, y estoy totalmente contaminada con ese prejuicio. No pude ser feliz. Enseguida retomé las notas; amamantaba y trabajaba, ahí sí estaba feliz. No es una solución, es un problema, porque nos limitamos.

    ¿Es cierto que cuando conoció a Gilberto Gil y Caetano Veloso en 2015 se comportó como la peor cholula?

    Quedé paralizada. Con Caetano no, fue raro. Pero creo que Gil me tocó un poco los ancestros, me hizo acordar a mi abuelo. Lo vi y quedé idiota, no pude hablar nada. Me quería ir además, era como demasiado. Rarísimo. Lo que pasa con Gil es que tiene una manera de mirar… ¿Viste esa gente que te mira y parece que te está mirando adentro? Él tiene eso. Es un hombre silencioso.

    ¿Trata de que sus hijos tengan una relación de proximidad con la cultura brasileña?

    Sí, tenemos un montón de DVDs en portugués. Una parte importante de mi vida es que tengo un hijo con dificultades motoras, entonces él va a fonoaudióloga, psicoterapeuta, psicomotricista, y a musicoterapia. Entonces hemos cambiado un poco nuestra rutina para ayudarlo, y un cambio fue la salida del portugués del día a día, porque la fonoaudióloga dijo que lo aturdía. Con Lua sí hablamos en portugués y si estoy con Mauricio en la cocina también.

    Habló en I Dove me sobre la importancia de la liberación del cuerpo femenino a los 50, del cuerpo como territorio propio. ¿Con qué look se ve a esa edad? Me veo bastante parecida a lo que soy ahora. Con las tetas caídas, eso seguro; no me voy a operar. Tengo muchas ganas de cortarme el pelo muy corto, lo único que no hice todavía, porque ya me hice trencitas, tuve laciado, planchado, permanente. Me gustaría raparme, capaz que a los 50 lo hago. 

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