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    Entrevista - Vera Heller

    Nombre: Vera Heller • Edad: No confiesa • Ocupación: Presidenta honoraria del Centro Cultural de Música • Señas particulares: su único ejercicio son las caminatas, fue al mismo colegio argentino que la reina Máxima, en su juventud participó en operetas •

    Su padre era austríaco, su madre de Estonia y usted vivió en Inglaterra hasta los cuatro años. ¿Qué le dejó esa experiencia europea?

    Mi padre era de Viena, su familia tenía la fábrica de caramelos y chocolates Heller desde el siglo XIX, una de las más famosas del país. Me tocó nacer en Viena, me tocó la guerra, irnos a Londres y todo lo que implica eso. No fueron los momentos normales de una familia asentada.En 1941 nos mudamos a la Argentina. De chico, mi padre ya había trabajado en el norte argentino, en Posadas (Misiones), en la industria maderera. Él era muy rebelde y en esa época a los jóvenes rebeldes los mandaban a trabajar. Mi hermana nació en Argentina cuatro años después que yo.

    Estudió en uno de los colegios más paquetes de Argentina, el Northlands School, el mismo al que fue la Reina Máxima de Holanda. ¿Qué recuerda de sus épocas estudiantiles?

    Era un colegio todo de chicas —ahora es mixto— con una directora severísima, bien inglesa, casi que te podés imaginar a una Hellen Mirren encarnando ese tipo de personaje. ¡Yo le tenía miedo y mi mamá también! Tenía unos fields (campos) maravillosos, se hacía hockey y tenis. ¡También hacíamos obras de teatro de Shakespeare!

    ¿Cómo fue su mudanza a Uruguay?

    Mis padres se divorciaron en 1953 y con mi hermana recalamos como pupilas en el Crandon, el único colegio de Uruguay que tenía internado. No lo recuerdo como algo muy agradable —mi hermana mucho menos porque era más chica y más sensible que yo—, pero me acostumbré rápidamente. Además era mixto, cosa que a mi, que tenía 13 o 14 años, me pareció bastante interesante (risas). Era un colegio menos severo (que el anterior) y te permitía cierta libertad de pensamiento. Teníamos cerca al famoso colegio Sacré-Cœur y me parecía que nosotras eramos más libres y adelantadas.

    Al terminar el secundario estudió secretariado, también en el Crandon. ¿Trabajó?

    Me recibí de secretaria bilingüe y llegué a trabajar pero poco tiempo, porque me casé muy joven y tuve cinco hijos. Cuando pienso en eso me arrepiento un poco, porque tenía capacidad, pero no era lo que se estilaba y tampoco tenía una vocación por algo en particular. Habiendo hecho un secretariado bilingüe, tampoco era una cosa apasionante. Pero seguí siempre con idiomas y arte. Todo eso siempre me interesó.

    El padre de sus hijos, Wolfgang Bergengruen, murió hace 15 años. ¿Se puede encontrar un nuevo amor luego de los 60?

    Quedé viuda y se ve que no estaba hecha para estar sola, porque estoy en pareja desde hace 10 años. Al principio (el hecho de rearmar mi vida) puede haber creado una cierta sorpresa, pero creo que mi familia está contenta y la de él también.

    ¿Con qué lo sorprende cuando quiere tener una atención?

    Últimamente se me ha dado por cocinar.

    Dicen que tiene más energía que sus hijos y 11 nietos juntos. ¿Cuál es su secreto?

    Creo que soy muy entusiasta y curiosa, me engancho mucho con la gente que hace cosas y tiene pasiones o ideales. Por eso me divierte charlar con la gente joven, porque es la época de la creatividad. Claro, a veces pienso que también toda esa manera de ser forma parte de tus defectos, porque cuando sos tan entusiasta también te podés acelerar y equivocar más. Pero es una manera de ser, no puedo ni quiero cambiarla ahora.

    ¿Su interés por la música siempre fue como espectadora, o usted canta y/o toca algún instrumento?

    Antes de casarme participé en operetas. Llegué a cantar en el Teatro Solís, lo que era una gran audacia porque no tenía una voz entrenada. Siempre estuve cerca de la música. Mi abuela vienesa era amiga de Johann Strauss, tengo un primo que es un gran artista multimedia, y mi suegra (Erna Rosita Quincke de Bergengruen), a quien quise muchísimo, era pianista: había estudiado en Berlín.Mi marido también había tocado muchísimo el piano, quería ser pianista, pero no pudo porque su padre murió y tuvo que trabajar. Yo empecé a involucrarme casi jugando, en Punta del Este, en el Centro de Artes y letras con los niños más chicos.

    El Centro Cultural de Música es una institución sin fines de lucro que existe desde 1942 con el objetivo de brindar mayores oportunidades de actuación a los artistas nacionales y ampliar la cultura musical de la sociedad. ¿Cómo llegó usted a formar parte de este centro?

    Por Zulma Abete, mi presidenta precedente, que también estaba en el Centro de Artes y Letras. Una divina mujer; fue como mi segunda madre. Ella insistió, tenía mucha influencia sobre mí y trabajamos juntas muchísimo tiempo. Entré en 1980 y luego de que ella se retiró fui presidenta durante 20 años, hasta 2012.

    Por su trabajo conoció a decenas de artistas internacionales. ¿A quién recuerda especialmente?

    Al famoso bailarín Rudolf Nureyev, que ya tenía 39 años cuando vino a Uruguay y se estaba retirando. Actuó para nosotros en el Teatro Solís y después hicimos una recepción en mi casa. La verdad, que tener en mi casa a un monstruo admirado en todo el mundo fue como una fantasía.