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¿Por qué se dedicó a la diplomacia? Mi padre era diplomático. Somos cuatro hermanos, los otros tres aborrecieron seguir viajando por el mundo. En mi caso fue vocacional, siempre me encantó. Empecé a hacer la carrera hasta que un día apareció un concurso de oposición y méritos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Me presenté, ingresé y comencé.
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Estuvo en la asunción del rey Felipe en representación de Uruguay. ¿Tiene contacto frecuente con integrantes de la Casa Real? Tengo buena relación pero nos vemos esporádicamente. Es una persona encantadora. Me tocó conocer y tratar bastante más al rey Juan Carlos. Hace poco estuve con él en el estadio del Atlético Madrid, al cual concurro asiduamente porque soy amigo de su presidente, Enrique Cerezo.
¿De qué hablaron? De restaurantes. Eso viene a colación de algo que pasó antes: en un almuerzo me tocó sentarme a su lado y me preguntó cómo me estaba tratando España. Mi respuesta fue: “Me está tratando excelentemente bien, tienen un país espectacular. Él único problema, su majestad, es como dice mi mujer: desde que llegamos no dejé de hacer la dieta de la selva, porque estoy comiendo como un animal”. Ahí me recomendó un restaurante espectacular al que había ido con la reina de Holanda.
Tiene unas cuantas camisetas de fútbol de jugadores. ¿Cuál es la joya?
La que me regaló (Diego) Godín después de la clasificación del último Mundial, cuando Uruguay le ganó 5 a 0 a Jordania. Tengo camisetas de amigos entrañables, como delCebolla Rodríguez, con el que me reunía a comer asados. Un día acompañé a mi sobrino a la concentración del Real Madrid y el plantel le empezó a firmar la camiseta que llevó. Yo estaba de traje pero pasó Cristiano Ronaldo y me tenté. Le dije “firmame” y me agarró la camisa y me la firmó. Después vinieron (Sergio) Ramos y (Iker) Casillas.
Es fanático de Nacional y de Trouville. ¿Sigue los partidos a la distancia? Sí, estoy pendiente de los resultados. Y de Cuervos en rugby.
Jugaba al rugby de chico y dicen que era muy peleador. Sí, bastante. No me gustaba perder y hacía lo imposible por ganar. Era bastante camorrero.
Hace más de 20 años que está casado con su señora, Cecilia Bauer. ¿Cómo la conoció? Somos dos hermanos casados con dos hermanas. Primero se puso de novio mi hermano con su hermana. Un día nos invitaron al casamiento de otra de las hermanas y ahí la conocí.
Los casó el cardenal Daniel Sturla cuando no era tan conocido. ¿Es verdad que le hizo un comentario sobre su aspecto físico? Nos iba a casar un sacerdote veterano que no sé por qué no pudo. El hermano de mi señora es sacerdote salesiano y nos sugirió a un sacerdote joven que se llamaba Daniel Sturla. Yo conocía mucho a su hermano Martín (el fallecido diputado nacionalista) porque soy blanco. Cuando fuimos me impresionó que tenía una facha bárbara. Le dije: “Sos un desperdicio, no podés ser sacerdote”. Se reía como loco.
Tiene dos hijas de 23 y 20 años. ¿Cómo armoniza la vida familiar con tantas mudanzas? Es difícil. Yo de chico viví en Buenos Aires, Chile, Bolivia, Estados Unidos y cuesta. Ahora noto que mis hijas lo padecen. Les cuesta el desarraigo, han dejado amigos en cada lado.
¿Cuándo fue que leyó por primera vez Don Quijote de la Mancha, una de sus obras de cabecera?
Desde que tengo uso de razón me encantó. Una de las grandes satisfacciones que me ha dado España es ir a leerlo todos los años.
¿De dónde surge su gusto por Leonardo Favio? Viví en Chile de los siete a los doce años y en ese momento los grandes cantantes eran Leonardo Favio, Sandro, Raphael y Los Iracundos, y me encantan. Cuando llegué como embajador a Argentina estaba armando el cóctel tradicional después de presentar las cartas credenciales y le dije a un amigo: “Me encantaría invitar a Leonardo Favio”. Me dijo que no lo conocía pero sí a Marianito, el hijo de Rucucu (Alberto Olmedo), que era amigo de él. A los pocos días me llamó la secretaria de Leonardo Favio. Hablé con él y me dijo que si el tiempo acompañaba iba a ir, pero como tenía un problema de salud —tenía cáncer en la garganta, murió de eso— le subían y le bajaban las defensas. Le dije que era muy importante para mí. “Usted no entiende, Favio, no hablo con usted como embajador, hablo como fan, me sé todas sus canciones”, le dije. Ese día lo esperaba, pero llovía mucho y no llegó. Dos años después se apareció en mi oficina. Llamé a toda la Embajada. En determinado momento le dije: “Vamos a cantar juntos, yo arranco”. Y empecé: “A veces presiento que mi alma está en sombras, entonces me inclino, te beso y hay luz. Y me salen lindas palabras muy tiernas. Sonrío y me digo...”. Ahí él siguió “esto es el amor...”.
También cantó con Raphael en España
Sí. Un día un funcionario de la Embajada me contó que vio a Natalia Figueroa, la señora de Raphael, una mujer de gran abolengo, en una mesita de la Gran Vía recaudando fondos para la lucha contra el cáncer. Llamamos a la organización y llegamos a ella. Le enviamos una carta a Raphael invitándolo a una cena a la Embajada en la que también estaban la presidenta del Congreso español Ana Pastor, Enrique Cerezo y Juan Luis Cebrián, presidente del Grupo Prisa. Preparé dos sorpresas. Primero llevé un manojo de hojas con la letra de las mejores canciones de Raphael para los 16 comensales. Le dije que eligiera una. Eligió Mi gran noche y arrancamos todos a cantar. Después aparecí con camisetas que tenían su cara adelante y atrás la leyenda Noche de Escándalo en la Embajada de Uruguay en Madrid con el Niño de Linares. Gracias, Raphael. Fue una noche divina. Es una forma de hacer diplomacia.