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Inaugurado en estos días, Hyatt Centric Montevideo es el primer hotel de la cadena estadounidense en Uruguay, y está orientado al viajero más aventurero, que busca experimentar la cultura local
Hay varias maneras de viajar. Una de ellas es elegir una ciudad en el mundo e ir a conocerla. Con el plano en mano, el objetivo es recorrerla, probar su gastronomía, visitar sus museos, contemplar la arquitectura, usar el transporte público y entrar en contacto con la gente y su cultura.
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La nueva línea de hoteles Centric de la cadena Hyatt, cuyo primer hotel abrió en 2015 en Chicago, está pensada para acompañar e impulsar a estos viajeros con espíritu de aventura urbana. Estos hoteles abren sus puertas a la cultura local y la dejan entrar, para que se apodere de sus ambientes. De esta manera, al momento de pisar su hall de entrada los huéspedes se sumergen en las singularidades de esa cuidad.
Desde el jueves 1º, Hyatt Centric Montevideo (el primero de esta marca de Hyatt fuera de Estados Unidos) —construido en el terreno donde estaba la casa de Isidoro Vejo, una de las últimas residencias que quedaban sobre la rambla, frente a Kibon— recibe a los turistas que llegan a Montevideo con la intención de explorarla, conocerla, experimentarla. Y esa aventura comienza en el hotel.
El espíritu informal y aventurero, siempre en clave 5 estrellas, se respira desde el primer momento. La intención de Hyatt Centric Montevideo, cuya construcción estuvo a cargo del estudio de arquitectura Weiss Sztryk Weiss, es inspirar el descubrimiento de lo uruguayo. El lobby se propone como plataforma de inicio para un viaje de exploración urbana: artesanía local, decoración, cuadros con historietas, mapas, bicicletas para dejarse perder en la identidad local. El piso de damero típico de las casas coloniales, una gigantesca biblioteca cubierta de libros de autores uruguayos con curaduría de la librería Linardi y Risso, y un bar con reminiscencias del teatro nacional a fuerza de cortinados rojo “telón” y decoración estilo escenográfico van dando carácter montevideano a un gigantesco ambiente que inspira la idea de una casa antigua, con espacios integrados pero muy bien delimitados. La mayoría del mobiliario y los objetos de decoración son nuevos (traídos del exterior, comprados en el mercado local o encargados a medida), mientras que algunos detalles fueron adquiridos en casas de remates. Obra de Gabriel Raij y Liliana Di Lorenzo, el diseño de interiores une las líneas rectas y los materiales nobles, y combina el lenguaje moderno internacional con las tradiciones culturales montevideanas.
La recepción del hotel recién encuentra su espacio unos cuantos metros más adelante y a un costado, quitando importancia al papeleo de check in y chek out, para priorizar la experiencia de disfrutar de los otros ambientes. La informalidad llega hasta los uniformes de quienes atienden el mostrador, que llevan jeans, camisa y saco. Avanzando por el pasillo central una enorme mesa de madera maciza reposa bajo una luminaria moderna compuesta por decenas de lámparas individuales. A un lado, una puerta con el poema “El mar no es más que un pozo”, de Idea Vilariño, escrito en filigrana de hierro formando una reja calada, da paso al restaurante Plantado, donde se cocinan los platos típicos de la gastronomía uruguaya. En medio de su salón se levanta un olivo, y a un lado una huerta en pequeñas macetas forma parte de la decoración. La cocina local también se vive a través de Deli, una panadería artesanal con servicio de cafetería, abierta al público y con puerta directa a la calle, sobre la rambla.
A través de la claraboya —otro elemento tradicional de la vieja arquitectura montevideana— se cuela la luz en tonos amarillos, azules, verdes y bordó, en memoria de aquellos patios que nucleaban a la familia. Hacia adelante están Juana, María Eugenia, Sara y Marosa, los salones del centro de convenciones del hotel, un área en la que la gerencia apuesta fuerte, con sus 17.000 m2 de espacios equipados para esos fines.
La ambientación de los salones también buscó reeditar la personalidad de Montevideo antiguo, con un diseño de la alfombra que refleja el azulejo Pas de Calais. Este azulejo venía de rastra en los barcos que llegaban del viejo mundo, y se dejaba en el puerto de Montevideo, y era rescatado por los pobladores para los pisos de sus casas.
El arte nacional es parte fundamental de este viaje por el interior de la cultura uruguaya. Junto a la puerta principal una escultura de Raúl Sampayo da la bienvenida. Realizada en madera de sarandí (flora autóctona) simboliza el nido, el hogar, la tierra. En las paredes, las pinturas de Ignacio Iturria imprimen la idiosincrasia de las escenas cotidianas. Sus obras decoran el “Corner” (biblioteca), la amplia pared del fondo de la recepción y el Lounge 180, el bar panorámico del piso 13, de uso exclusivo para huéspedes de las suites. También se incorporaron réplicas certificadas de los juguetes de Joaquín Torres García, incluyendo su emblemático “Pez”. En los corredores, puertas y espejos hay imágenes de fachadas de Montevideo rescatadas por la artista uruguaya Mane Gurméndez.
Las 178 habitaciones distribuidas en 12 pisos se dividen en 18 categorías, algunas con vista al río, y otras a la ciudad, más precisamente al barrio residencial Pocitos Nuevo. Entre los servicios, el hotel ofrece habitaciones long stay, para estadías prolongadas. Un pequeño pero importante detalle: es un hotel pet friendly.
Puesto que Hyatt Centric apunta a motivar la ambición de explorar la ciudad, sus áreas de servicios extras son más reducidas: cuenta con un fitness studio y una pequeña piscina interior, sin mayores pretensiones. Si se requiere un servicio de masaje o spa, es necesario solicitarlo y coordinarlo con la recepción.
Luego de una jornada de exploración de caminos urbanos y de la riqueza que ofrece la ciudad, el hotel propone volver a una casa que proyecta esa identidad local, como un homenaje a la ciudad y su patrimonio.