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    Fascinación por los espejos

    NOBLEZA OBLIGA

    Anoche estuve un largo rato frente al mar, observando el reflejo de la luna que rilaba en el agua. El ir y venir de las olas producía una cadencia perfecta y la brisa era la justa para una noche de verano. Pensé que ese mismo espectáculo, con ligeras variantes de imagen y sonido, venía repitiéndose desde tiempos tan antiguos hasta los que la memoria no llega y que así continuaría cuando ya no quedara nadie para admirarlo. Ese punto ínfimo, esa persona que era yo en la orilla se parecía a otras que se fascinaron en la antigüedad y que también eran pequeñas en tamaño, pero grandes en su capacidad de hacerse preguntas.

    ¿Por qué el agua refleja la luna? ¿Por qué es tan hechizante verlo? ¿Cuál es el secreto de los espejos?

    El mito de Narciso es quizá la primera referencia mitológica que viene a nuestra mente, pero la reflexión es bastante más amplia y aparece en otros relatos como el de Perseo y Medusa, donde el espejo, a diferencia del primero, no pierde al héroe, sino que lo salva.

    La fascinación por los espejos es más que un alimento para la vanidad. Cuestiones vinculadas a la religión, la cosmología, la magia y la ciencia desde siempre han girado en torno a ellos. Hace sesenta siglos ya existían objetos de obsidiana pulida que cumplían sus funciones. Dos mil años más tarde, la conquista de los metales permitió sustituir la aridez de la piedra por la superficie más amable del cobre, y luego del bronce, el oro y la plata.

    La posibilidad de observarse o de observar realidades invertidas se asoció desde el inicio a creencias religiosas y no es extraño encontrar representaciones de espejos en el arte de culturas antiguas. La egipcia, por ejemplo, que consideraba la cuestión del doble como una manifestación del genio de la persona —ka— y de su alma —ba—, y cimentaba en esto parte esencial de su fe en la vida después de la muerte, colocaba abundancia de espejos en las tumbas. Pero, además, los egipcios ya tenían conciencia de otros usos más prácticos, como la capacidad para valerse de la luz del sol a modo de reflector que iluminara el interior de los edificios o para crear ilusiones ópticas.

    La aparición del vidrio es algo más reciente, aunque de difícil datación precisa. Es probable que su creación se haya producido por accidente —así lo refiere Plinio el Viejo en su relato del mito fenicio— como el producto inesperado de un horno o de la naturaleza que provee formas rudimentarias similares. Roma fue la gran difusora hacia Occidente de las cuentas de vidrio soplado y los espejos convexos que más tarde los musulmanes se encargaron de embellecer con grabados y esmaltes. La Edad Media encontró en el vidrio el material perfecto para llenar de luz y color el interior de sus majestuosas catedrales y la elaboración de los vitrales se convirtió en un arte refinadísimo con el que aún hoy nos maravillamos. En Venecia la técnica se perfeccionó y la elaboración se desarrolló como una industria con sede principal en Murano.

    La producción masiva de vidrios y espejos, que alcanzó su apogeo en el siglo XIX y se consolidó en el XX, fue una revolución cultural y un engranaje importante en la máquina del consumo. La posibilidad de multiplicar objetos, de crear realidades paralelas, simultáneas, con vocación de ubicuidad o pretensión de infinito, ya era un anticipo de la virtualidad en la que hoy vivimos y a la que todavía no acabamos de acostumbrarnos. La publicidad pronto comprendió la utilidad de los espejos y se sirvió de ellos en tanto objetos reales y simbólicos. Cuenta Mark Pendergrast en su Historia de los espejos que “en el reverso de un ingenioso espejo publicitario de la compañía Life Insurance se veía a una madre reconfortando a su hijo con las palabras: 'Si el hombre que está al otro lado muriese, ¿su familia quedaría protegida?'”No solo la publicidad se ha valido de los espejos. Embelesado por su potencial de fantasía y ensueño, el arte los ha tomado como motivo privilegiado. ¿Qué sería de Las meninas sin el espejo que al fondo y en penumbra refleja a los reyes y resignifica todas las miradas? ¿Cómo explicaríamos el haz de luz que cae sobre el par de zuecos en primer plano de El matrimonio Arnolfini, si no fuera por la ventana solo visible gracias al diminuto espejo que, a mi juicio, es una de las joyas de la pintura de todos los tiempos? ¿Qué nos dice el rostro de la mujer que toca la espineta en La lección de música de Vermeer?

    La literatura provee también numerosos casos. En su Commedia, Dante refiere a los espejos y lo mismo hace Shakespeare a lo largo de toda su obra. ¿Qué descubre Alicia al otro lado del espejo? ¿Por qué pide Emma Bovary un espejo instantes antes de morir y luego de haber recibido el último sacramento? “… por leer sobre tu frente/ el callado pensamiento/ que pasa sobre la nube del mar/ sobre ancho espejo”, escribe Bécquer. “… cuando llegas borracho/ y te paras a verte en el espejo la cara destruida”, increpa Gil de Biedma. Y Borges dice con su imbatible precisión poética: “Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman”.

    Reflejarse es un requerimiento de la identidad que no se completa hasta manifestarse en relación con una alteridad que la pone en perspectiva. La posibilidad de percibir el propio reflejo —ya en el rostro de nuestra madre, ya en el dolor de su ausencia; en las reacciones que los demás nos devuelven, en la estela de nuestro recuerdo, en cómo nos valoran, en esa dudosa pátina de brillo que llamamos éxito—, es una necesidad existencial para conocernos. Somos nosotros y nuestro reflejo. Por eso los espejos causan fascinación y espanto. No siempre es hermoso lo que vemos en ellos. A veces nos enamoran. A veces nos hieren. En ningún caso podemos prescindir de su verdad.