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Escribo desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que ya va por su trigésima edición y que este año tiene a América Latina como invitada de honor. Es mi tercera vez en este evento y continúo sorprendiéndome con el nivel de profesionalidad de su organización. A lo largo de una semana se dan cita setecientos autores, mil novecientas editoriales y veinte mil profesionales del libro, provenientes de cuarenta y cuatro países. Se espera que unas ochocientas mil personas honren el nutrido programa que incluye actividades académicas, conferencias, entregas de premios y, sobre todo, un encuentro apasionado con los libros que ratifica —contra los peores pronósticos— la buena salud de la lectura. A la fenomenal convocatoria se suma el Festival Latino de las Artes, donde se presentan obras de teatro, películas, conciertos, espectáculos circenses y compañías de danza.
Con la noción preclara de que la lectura es un hábito que necesita fomento, hay actividades especiales para niños y jóvenes que, invitados a participar de esta fiesta, acuden en tropel. Emociona verlos entre las pilas de libros, felices, sin el menor indicio de aburrimiento, revolviendo estantes o tirados en las alfombras hojeando absortos y ajenos al bullicio.
No es extraño desembarcar de improviso en una conferencia de prensa y descubrir que esa voz suave, escondida tras un telón de cámaras y flashes, pertenece a Rigoberta Menchú. Ni es raro asistir a un homenaje en reconocimiento a Mario Vargas Llosa por sus ocho décadas de vida y su aporte a la literatura. Ni compartir alguna cena con Rosa Montero, Laura Restrepo, Carlos Ruiz Zafón o Elena Poniatowska. Ni que se abra un ascensor y baje Arturo Pérez Reverte o Jorge Volpi o Gioconda Belli. Es la fiesta de la literatura y el libro. Casi todo puede suceder.
Como cada vez que he estado aquí, sufro el impacto. Las sensaciones me ametrallan. Es una ráfaga dulce y amarga, a la vez. Soy consciente del privilegio de estar en una meca hasta donde cualquier escritor querría peregrinar al menos en una ocasión. En este lugar uno acaba por convencerse de que el sueño de la profesionalización es posible y que ser escritor es un trabajo tan digno y legítimo como cualquier otro, no un pasatiempo o un gustito dominguero. La seriedad con la que se aborda el acto de la escritura conmueve. No es una solemnidad acartonada, sino una seriedad informal y luminosa. Durante unos días, la ciudad se llena de palabras. Nos entendemos sin necesidad de explicaciones cuando decimos —como si fuera lo más natural del mundo— que escribir duele y sana, que nadie sale igual de un buen libro, que la lectura salva. Esa complicidad generada entre los que transitamos la misma senda y conocemos al detalle sus cuestas y pendientes crea una hermandad sin nombre, una certeza de que aquí nadie nos dirá locos, esnobs, románticos o excéntricos. Esta es la parte alegre.
Pero hay otra zona de sombras que cada tanto se ciernen. Y está bien que así sea. Participar de una feria como esta es, además de un privilegio, un recordatorio de nuestra pequeñez. Si algún escritor llega aquí creyéndose importante, sale con el copete bien bajito. En primer lugar, porque medirse con los dioses que por aquí pululan y sentir la abismal distancia que hay entre nosotros y ellos es la primera señal de que el Olimpo aún nos queda lejos. En segundo lugar, porque es tan abrumadora la cantidad de títulos que solo un necio no se formularía la pregunta obvia: “¿Vale la pena seguir escribiendo?” Y, acto seguido —incluso si fue autocondescendiente y encontró satisfacción en alguna respuesta benévola—, sentirá el agobio de todos esos títulos entre los cuales, con mucha suerte, como un granito de arena en un desierto andará perdido alguno de los suyos. Lejos de producir engreimiento, venir a esta feria lo acomoda a uno en la real dimensión que tiene. Y lo hace sentir como un pececito de acuario que un buen día tiene la posibilidad de visitar el océano. Es decir, solo, perdido y pequeño. Bienvenidos estos baños de humildad imprescindibles para proteger a cualquier creador de las trampas que la vanidad tiende.
Según el Diccionario de la Lengua, las ínfulas son esas cintas que penden de la mitra de los obispos y que en Grecia y Roma antiguas ceñían la cabeza de los sacerdotes. Portar ínfulas era —y es—, por tanto, un símbolo de estatus. Se dice que tienen ínfulas aquellos que se creen más de lo que son y ostentan inmerecidos aires de grandeza. Aquí, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una mano invisible va por detrás de algunos escritores cortándoles las cintitas.