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    Formas de creer

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Discutíamos hace unos días con unas amigas acerca de la necesidad de creer. Quizá por su inteligencia o porque algunas de ellas me doblan en años ?y porque las quiero, bah? las escucho con atención y reverencio sus opiniones. No siempre estamos de acuerdo, como es obvio, y cuando alguna divergencia surge, se arman unos debates lindísimos en los que hablamos todas a la vez. Nadie trata de imponerse, porque nos sostiene el respeto. Más distintas no podemos ser, lo que vuelve más valiosa la amistad. ¿Qué sentido tiene juntarse con los iguales?  

    No recuerdo por qué surgió lo de la confianza y las palabras fueron naciendo enlazadas a anécdotas. Entonces, mientras escuchábamos el relato desordenado de historias propias y ajenas, alguien se descolgó con que no era lo mismo ser confiado que crédulo. La distinción semántica generó dudas y las voces fueron templándose hasta casi rozar el silencio.

    Las palabras no siempre explican lo que dicen, pero ofrecen la posibilidad de iniciar una reflexión a partir de ellas. De todos modos, el diccionario de la Academia no hubiera servido de mucho esa tarde. Dice que crédulo es aquel “que cree ligera o fácilmente”. Hasta ahí no hay mayores problemas. Pero cuando uno va a la entrada correspondiente a confiado encuentra que el libro lo remite de vuelta a crédulo.

    La Academia no aporta demasiado con respecto a los matices entre un adjetivo y otro. Sin embargo, agrega una segunda posibilidad que resulta atractiva: el confiado es, también, un imprevisor. Esto es, el que no ve con anticipación, no se adelanta a los hechos. Por ese lado entra algo de luz para iluminar los conceptos. Entonces, si nos ajustamos a lo que dice el diccionario, el confiado es aquel que, incluso reconociendo las señales y los indicios, es incapaz de prever ciertos acontecimientos. Ve todo, sabe los riesgos y elige confiar a pesar de ello. Se fía del otro. Otorga un crédito abierto.

    El crédulo es el que no ve aquellos indicios y, por lo tanto, no los considera. Cree porque cree, porque está en su naturaleza. Cree sin cuestionarse, todo o casi todo, reacciona con piloto automático ante las circunstancias y, sin darles mucha vuelta, las acepta. El confiado es un optimista. El crédulo es un ingenuo.

    El crédulo es el que no ve aquellos indicios y, por lo tanto, no los considera. Cree porque cree, porque está en su naturaleza. Cree sin cuestionarse, todo o casi todo, reacciona con piloto automático ante las circunstancias y, sin darles mucha vuelta, las acepta. El confiado es un optimista. El crédulo es un ingenuo.

    El confiado labra a conciencia su terreno, y en esos surcos incontaminados, puros, deposita una semilla de esperanza. ¿Qué espera? Espera que la semilla germine. Necesita que así sea. La abona cada día, la riega. Sabe cuánto esfuerzo lleva velar por su crecimiento. Sabe, además ?o lo intuye con algo de miedo? que el árbol que tarda años en crecer, de un solo golpe puede venirse al suelo. Así de robusta y así de frágil es la confianza. El confiado lo sabe. Por eso, aunque luzca seguro, teme. La confianza se construye con el tiempo y se quiebra en un momento. Una vez rota, cuesta recomponerla.

    Aquella tarde de amigas hablamos de tantas cosas... Discutimos palabras, debatimos conceptos, pero en el fondo, cada una habló de su experiencia. Podríamos haber incorporado la fe a nuestra discusión. Después de todo, es otra forma de creer. Pero, por algún motivo, no lo hicimos. Quizá porque estábamos pisando terrenos más racionales y la fe no pide ese tipo de justificaciones. No se explica. Se tiene o no se tiene. Cuando está vinculada a una creencia religiosa, resulta una gracia, un don que se nos concede de forma gratuita y que no nos vuelve por fuerza buenos, pero que enmarca nuestra vida ?incluida la muerte? y nos hace responsables ante la propia conciencia.

    Al caer la nochecita, enredadas en una retórica que no iba para ningún lado, pasamos a otros asuntos. Nos despedimos con afecto y con la confianza en nuestra amistad renovada. En ese pequeño gesto final todas las preguntas del día encontraban su respuesta. ¿Acaso se puede vivir de otra manera?