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    Habitantes del calor

    Para huir del frío, aprovechar el trabajo zafral de la temporada alta o cumplir el sueño de vivir constantemente en una temperatura estival, un grupo de uruguayos y extranjeros alternan sus vidas entre Maldonado, Rocha, y una serie de destinos del hemisferio norte

    Una crisis financiera impulsó a un joven de 26 años a dividir su vida entre Uruguay y las Islas Baleares. Una pareja ítalo-argentina, por falta de trabajo invernal en Pietrasanta, en La Toscana, eligió mudarse a la temporada estival en La Pedrera. Un artista plástico apasionado del surf esquivó el invierno alternando seis meses de estadía en La Barra y otros seis en la Polinesia Francesa. Una pasión, una debacle económica y la exclusión del mercado laboral son solo algunos de los motivos que llevaron a que habitantes del este del país decidieran vivir constantemente en verano y emigrar al hemisferio norte cada vez que en Uruguay se aproximan los primeros fríos del año.

    Al desafío de tener una vida duplicada —hogar, muebles, vecinos, amigos, trabajo, familia— en dos puntos distantes del mapa, se suma la adaptación del cuerpo al clima y la de la economía familiar al trabajo zafral de verano. La crianza de los hijos, el tenerlos o no, son asuntos que requieren una doble discusión. Y viajar con lo justo y necesario, un aprendizaje que se torna fundamental.

    Hace más de una década que Alejandro Pintos —dueño de una pizzería y una escuela de surf en Solanas—, Laura Ferrari y Miguel Rodríguez —propietarios de una posada en La Pedrera— y el pintor Nicolás Caubarrere, junto a su mujer Soledad Torres, no viven el invierno. Y eso, además de cambiar sus rutinas, sus hábitos y la esencia de sus vestimentas, también modificó aspectos en sus estados de ánimo y la percepción del tiempo: sin sentir el paso de las estaciones, para ellos el calendario parece fluir sin detenimientos.

    Huir de la crisis. “Lo imprescindible entra en una mochila”, dice Alejandro Pintos a poco de cumplir los 40. Y así viaja, todos los años desde 2003, rumbo a Ibiza: con una mochila en la que lleva su ropero completo —solo ropa liviana— y el objetivo de instalarse a trabajar durante seis meses en el Mediterráneo. Hace más de una década que su vida se divide entre la mecánica náutica en barcos que atraviesan el archipiélago de las Islas Baleares, en España, su escuela de surf en la playa Tío Tom y la pizzería Laferre en Solanas, Maldonado, que él mismo fundó en 2009.

    Alejandro solo vive en verano. Todos los marzos, cuando termina la temporada en el este uruguayo, se va a Ibiza escapándole al frío; y todos los octubres, cuando Europa entra en el otoño profundo, vuelve a Sudamérica. Es cíclico, y su cuerpo se adaptó a eso: cada vez soporta menos el frío y prácticamente olvidó lo que es el abrigo. Su último invierno fue en 2007; tuvo curiosidad —o nostalgia— y se quedó en España. “¿Cómo me sentí? Horrible, no me pude adaptar. Ahí fue que dije nunca más”, recuerda.

    El aprieto económico y la necesidad de salir adelante fueron los principales motores que lo llevaron a adoptar este estilo de vida. Alejandro fue uno de los más de 30.000 uruguayos que emigraron del país por la crisis de 2002. Ese año la ferretería familiar que atendía en Solanas se fue a pique; cada vez fiaba más y cobraba menos. Y por eso un día armó la mochila y, junto a un amigo de la infancia, fue a probar suerte a Ibiza, donde vivía parte de su familia. Primero trabajó como instructor de buceo, después en una pizzería de origen italiano y finalmente como mecánico de barcos. “La decisión de ir y venir en verano fue porque nunca quise deshacerme de la vida en Uruguay. Es mi país, acá vivo, y calculo que en algún momento, aunque sea en el futuro lejano, voy a volver del todo”, dice.

    Alejandro tiene “la vida duplicada: casa, auto y tabla de surf”. Hace pocos años se compró una Vespa del 80 restaurada en Uruguay e inmediatamente, como si fuera un acto reflejo, consiguió y restauró otra de 1983 en España. “Es una forma de sentirte siempre en tu casa a pesar de las distancias. Para descansar de la rutina, y como el trabajo de temporada suele ser muy intenso, antes de cada mudanza intento tomarme un mes libre para viajar. He ido a Marruecos, a Indonesia, Brasil y Perú”, cuenta mientras planifica la jornada nocturna en el local de Laferre, ubicado sobre la ruta Interbalnearia y en la misma casa donde funcionaba la antigua ferretería familiar.

    Entre islas y galerías. Su paleta de colores, las temáticas marinas que suele retratar y alguna simbología que aparece en sus lienzos —pinta sobre tablas de surf— son indicios del estilo de vida que lleva Nicolás Caubarrere junto a Soledad Torres. La pareja, él uruguayo, ella argentina, divide su calendario entre La Barra, San Isidro y Moorea, en la Polinesia Francesa. Si bien hace doce años que transitan por temporadas de verano en distintos hemisferios, no se sienten del todo nómades y eligen dónde habitar según la posibilidad de establecerse y duplicar sus vidas. En todos los destinos tienen, por ejemplo, el mismo trabajo: él pinta y ella gestiona las galerías.

    Fue en 2003 que tomaron la decisión. El contraste entre la movida veraniega y la soledad invernal de Punta del Este les resultaba demasiado abrupto; entonces estiraron el mapa sobre la mesa y evaluaron opciones. Un día, mientras estaban exponiendo en California, tuvieron la oportunidad de ir a Hawai y encontrar su segundo hogar en Haleiwa, un pueblo ubicado en la costa norte. Pero a los pocos años viajaron a Tahití para planificar una serie de exposiciones y presenciar la primera edición del torneo internacional de surf Billabong Pro organizado en ese país (actualmente tiene como premio una obra de Nicolás). Fue ahí que entendieron que la Polinesia era su lugar en el mundo. Se mudaron, entonces, a Moorea, una isla de no más de 15.000 habitantes conocida como “la hermana de Tahití” e instalaron allí otro centro de exposiciones. “La decisión de mudarnos de Hawai fue porque la Polinesia mantiene su cultura nativa muy vigente, la lengua, los bailes, las artesanías; en Hawai eso pasa solo en puntos turísticos, porque tienen mucha influencia occidental, estadounidense y japonesa”, explica Nicolás.

    La pareja abandona Uruguay a principios de abril y no vuelve hasta la segunda semana de octubre; aún así sus galerías nunca cierran, y trabajan a la distancia. “En los dos lados hacemos vida de local, nos aferramos mucho a la rutina. Y lo bueno de estar tantos meses es que no perdés la vida social. Allá conocemos a los vecinos, tenemos amigos, trabajo; todo es igual que acá”, dice Soledad.

    Desde que dejaron de frecuentar el invierno sienten que varios aspectos de su vida cambiaron: la tolerancia al frío, el estado de ánimo y la percepción del tiempo; al no tener estaciones marcadas, en sus mentes todo avanza más rápido. Ahora están en La Barra, instalados en el segundo piso de la galería Nicolás Caubarrere Art, y evaluando la posibilidad de incorporar la Isla de Pascua a su itinerario de vida.

    Una toscana rochense. Perdida en una calle poco transitada de La Pedrera, rodeada por un bosque de eucaliptus y muy cerca de la playa El Desplayado, hay una posada familiar con acento italiano. La Pedrasanta, construida en base a madera, con una paleta de colores marinos y una estructura que por momentos emula la de un barco, también funciona como restaurante, con platos de origen mediterráneo y toscano. Es gestionada por sus propios dueños: la pareja de Miguel Rodríguez y Laura Ferrari. Él es cocinero, argentino, paranaense; ella es restauradora y diseñadora de interiores, italiana, nacida en la comuna Lucca. Se conocieron hace 16 años en Pietrasanta, una pequeña localidad artística situada en la costa norte de La Toscana, y al poco tiempo decidieron instalar parte de su vida en Rocha. En su adolescencia y juventud, Miguel ya había vacacionado en La Pedrera; pero hasta el momento de la mudanza, Laura no sabía de la existencia de Uruguay.

    Desde su inauguración en 2010, La Pedrasanta abre las puertas en noviembre y las cierra en abril; porque desde marzo hasta octubre la pareja se instala en Italia. “Lo que nos motivó a llevar este estilo de vida fue que allá teníamos que trabajar las 24 horas para mantenernos, y finalmente eso no nos convenía ni conducía a nada. Además cuando nos vinimos en 2006 ya teníamos una cierta edad que en Pietrasanta, en invierno, fuera de temporada, es muy difícil entrar en el mercado laboral”, dice Miguel. Los primeros viajes los hicieron con varias valijas a cuestas, pero con el tiempo aprendieron a desprender peso y “viajar con lo puesto”.

    Antes de trasladarse a Europa, cuando en Uruguay termina la semana de Turismo, se toman vacaciones para conocer otros puntos de América del Sur. Fueron a Perú, Brasil, Bolivia, el norte de Argentina, y este año piensan conocer el sur de Camboriú. Nunca un destino invernal. Hace casi una década que viven en calor y no se enfrentan al frío. “A mí, el invierno, un poco me falta. Extraño ponerme botas, campera. Extraño la atmósfera navideña que se vive en Pietrasanta, con decoración invernal, con gente que canta villancicos en la calle y mucha, mucha música”, dice Laura. La gastronomía toscana reproducida con productos uruguayos es, para ambos, una estrategia para nunca sentirse distantes de sus orígenes.

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