—¿Me he vuelto loco?
La música, el cine, la literatura y las artes visuales han dejado personajes o imágenes memorables de quienes perdieron la cordura, o tal vez no tanto; sobre los vínculos entre arte y locura trata esta entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales
—¿Me he vuelto loco?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Temo que sí, pero te diré un secreto: las mejores personas lo están. (Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas)
Volverse loco por amor, por ambición, por poder, por éxtasis divino; hacerse el loco para engañar o tener una linda locura para agradar. La concepción de qué es la locura, o qué no lo es, ha cambiado según las épocas y ha sido común calificar como “loco” al diferente, en general para marginarlo o condenarlo. Por eso han sido “locas" tanto personas desconectadas de la realidad como las que tienen una sabiduría excepcional o las que por su estilo de vida o de creación artística se distinguen de lo que la sociedad considera “normal”.
Los diagnósticos clínicos no usan la palabra “locura”, sino términos específicos para describir trastornos mentales, pero el lenguaje coloquial tiene sus propias palabras para mencionar la excentricidad, la rareza o lo que comúnmente se llama locura sin nombrar la palabra locura. Entonces, una persona puede estar chiflada, rayada o mal del mate; le puede faltar un tornillo o no tener los patitos en fila. O ser una lunática.
“Estás mal de la cabeza o qué te pasa”, canta en tono rockero la banda Peyote Asesino, que reúne en un estribillo otra forma popular para referirse a una conducta sin sentido. ¿Sin sentido para quién?
La música, el cine, la literatura y las artes visuales han dejado personajes o imágenes memorables de quienes perdieron la cordura, o tal vez no tanto. Porque a veces son las personas que tienen el poder de ver lo que otros no ven, y por eso hay que enderezarlas.
Un joven graduado en leyes ingiere sin saberlo una pócima de amor que le da una mujer despechada, pero, en lugar de enamorarse, empieza a sufrir una alteración por la que cree estar hecho de vidrio y teme romperse si alguien lo toca. Así nace el protagonista de El licenciado Vidriera (1613), una de las más famosas Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. Vidriera es tan frágil como sabio y se vuelve famoso por su agudo ingenio. La gente lo busca para escuchar sus respuestas sarcásticas y sus críticas hacia la sociedad. Pero cuando el fraile Jerónimo logra curarlo, a nadie le interesa lo que dice porque pasa a ser tan común como los demás.
Locura y sabiduría estaban en el mundo creativo de Cervantes desde 1605, cuando le dio vida a un personaje que trascendió los siglos y dejó para siempre el adjetivo “quijotesco” como sinónimo de las hazañas imposibles. Alonso Quijano pierde la razón por leer día y noche libros de caballerías y se vuelve un sabio-aventurero-idealista llamado Quijote, quien también muere como personaje cuando “se cura” de su locura.
No es casual que, en la misma época, William Shakespeare haya publicado Hamlet (1604-1605), sobre el príncipe de Dinamarca que finge estar loco para vengarse del asesino de su padre y cambiar el destino de la corte. Como contrapunto, en la obra está Ofelia, quien realmente pierde la razón por amar a Hamlet, a su vez el asesino por accidente de su padre, y recibir de él solo rechazo. Perdida por el dolor, Ofelia deambula por el bosque, recoge flores y muere ahogada al caer al río.
Para Cervantes y Shakespeare la locura fue más que un tema, fue un recurso literario para hablar de la realidad. Sus personajes rompen con las verdades únicas, muestran diferentes perspectivas, cuestionan su identidad y transforman a quienes los escuchan. Fueron autores renacentistas y rupturistas que plantearon las preguntas universales que la literatura, y el arte en general, se sigue formulando.
“Pero si no soy la misma, la cuestión es: ¿quién soy? ¡Ay, ese es el gran misterio!”, dice Alicia, el personaje creado por Lewis Carroll en Alicia en el País de las Maravillas (1865).
A veces son los artistas y no solo sus personajes quienes viven su propio volcán interior, sus tormentos y demonios o su imposibilidad de decirlo todo. “No quiero ir nada más que hasta el fondo”, fue el mensaje que dejó en un pizarrón la escritora Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972) antes de suicidarse.
Los vínculos entre locura y arte han sido estudiados desde varias disciplinas. El filósofo Michel Foucault (1926-1984) publicó sus estudios al respecto en los dos tomos de Historia de la locura en la época clásica (1961). Allí analizó, entre otros artistas, a El Bosco y sus visiones de la locura, a través de sus obras La nave de los locos (1500) y La extracción de la piedra de la locura (1475-80). “No olvidemos al famoso médico del Bosco, más loco aún que aquel a quien pretende curar: toda su falsa ciencia no ha hecho apenas otra cosa que acumular sobre él las peores manías de una locura que todos pueden ver, salvo él mismo”.
El Bosco retrató una creencia de la Edad Media según la cual los locos eran quienes tenían una piedra en la cabeza, por lo tanto, había que extirparla. Para burlarse de aquella ignorancia, el artista llenó de símbolos su pintura: colocó un embudo en la cabeza del falso médico, un libro cerrado en la cabeza de la monja y una jarra de vino en las manos del sacerdote, los supuestos ayudantes. Y, en lugar de piedra, el médico extrae un tulipán. La escena aparece dentro de un círculo, como si fuera un espejo en el que las personas vieran reflejada la estupidez; la propia estupidez humana. La mirada del pobre desgraciado a quien están martirizando es, tal vez, el único destello de lucidez del conjunto.
“Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”, escribió en su diario de 1892 Edvard Munch, al recordar un paisaje rojo sangre surcado por lenguas de fuego donde surgió la primera idea de El grito (1893). El cuadro tuvo cuatro versiones hasta llegar a la más conocida: la figura de un ser andrógino que grita para siempre su desesperación. Munch padeció una vida atormentada rodeado de enfermedades mentales y maltrato en su propia familia.
Francisco de Goya, Fernando Pessoa, Vincent van Gogh, Virginia Woolf, Antonin Artaud, Charles Baudelaire o Sylvia Plath integran la lista de los geniales artistas que canalizaron su dolor, depresión, delirios o adicciones a través de sus obras.
¿Será cierto que para ser un gran artista hay que tener cierto grado de padecimiento o angustia? ¿Se ha vuelto un lugar común hacerse la pregunta anterior? ¿Hay artistas que posan de raros y fomentan ese estereotipo?
El tema de esta entrega de Algo que quiero contarte me genera estas preguntas que no sé responder, y espero que puedas hacerme llegar tus aportes. Mi nombre es Silvana Tanzi y, si querés escribirme con tus sugerencias, podés hacerlo a [email protected].
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El año pasado estuvo de visita un compañero periodista que vive en Alemania y contó que en Ámsterdam cada vez hay más personas en las calles o en los subtes que le hablan al aire. Y esa expresión “le hablan al aire” me distrajo de la conversación porque me quedé pensando en la imagen. Es una linda imagen.
Entonces recordé un prólogo que escribió el gran cuentista estadounidense John Cheever (1912-1982) para el volumen de sus cuentos completos, en el que explicó que sus historias favoritas las compuso en menos de una semana y en voz alta. Un día, en plena elaboración, lo sorprendió el portero del edificio, asombrado: “Está usted hablando solo, señor Cheever”.
Este tema del arte y la locura, el arte y el dolor interior, me viene rondando desde hace tiempo, tal vez porque, como el amigo periodista que vive en Alemania, cada vez veo más gente que le habla al aire por la calle. Y puede ser que esas personas estén escribiendo en voz alta su propio cuento, su propio poema, su propia canción o pensando en su próxima pintura. En Montevideo, tuvimos algunos artistas que deambulaban con la creación a flor de piel, Eduardo Mateo y Cabrerita, entre ellos. Aún hoy lo hace Víctor Hugo Andrade por las calles de la Ciudad Vieja.
Mientras voy escribiendo este artículo me vienen otros recuerdos, como la vez que hice una nota por el Día del Patrimonio en el Hospital Vilardebó, hace ya muchos años. Habían abierto el hospital para visitar una muestra de arte y artesanía de los internos, y allí encontré preciosos poemas y las pinturas de un paciente, todas de un rojo furioso. Algunas las había logrado vender en Punta del Este.
Esa parte de la visita me levantó el ánimo, porque antes había visitado la exposición del mobiliario antiguo del Vilardebó y salí de la sala con un escalofrío. Más que los chalecos de fuerza, las túnicas largas que vestían los internos, los suecos para no poder correr o las máquinas de electroshock, lo que más me impactó fue ver un libro de registros con fotos del antes y del después: el paciente era fotografiado al entrar y al salir (o al morir). La transformación era tan triste e inhumana que los rostros del "después" no se me borraron fácilmente.
Pasaron los años, se puso en cuestión el concepto de manicomio y todos sus métodos y vi un documental que te recomiendo: Locura al aire (2018), de las realizadoras Leticia Cuba y Alicia Cano ( El Bella Vista, Bosco). Allí se cuenta la experiencia de radio Vilardevoz, que llevan adelante pacientes y psicólogos del Vilardebó. Comentan noticias, hacen entrevistas, pasan música y tienen una fonoplatea.
El documental sigue a cuatro pacientes ambulatorios que se preparan para viajar a México como invitados a un encuentro de “radios locas”. En el transcurso, aparecen los problemas sociales relacionados con la enfermedad mental y las reivindicaciones de los pacientes para no ser discriminados. Es un documental con momentos graciosos y también de los duros, pero sin golpes bajos; tampoco es complaciente. Me dejó pensando un poema de Carolina, una de las pacientes-protagonista: Siempre que haya pensamiento / habrá lugar para la locura.
“Camille la secuestrada, Camille la prisionera. Coja y seductora Camille, escultora de genio, artista maldita y olvidada. Esta es la aterradora historia de una mujer que no pudo ser” (Rosa Montero sobre Camille Claudel en el libro Historia de Mujeres)
Y hablando de encierros, me voy a Camille Claudel, quien estuvo encerrada los últimos 30 años de su vida en un sanatorio psiquiátrico. La encerró su madre, aunque no tenía ningún trastorno mental como para permanecer allí. Su culpa: haber sido una gran escultora en momentos en que las mujeres no se podían destacar. Y haber sido amante de Auguste Rodin, quien fue primero su maestro.
Claudel y Rodin sentían una gran admiración mutua, pero el desequilibrio de poder era notorio. Estuvieron juntos ocho años, hasta que Rodin se negó a abandonar a su pareja de toda la vida. Entonces llegó la ruptura, emocionalmente devastadora para Camille. Ella intentó abrirse un camino como artista independiente y tenía con qué hacerlo. Después de la separación con Rodin creó sus obras más potentes, por ejemplo, El vals. Pero su intento fue demasiado audaz para la época, para su madre e incluso para su hermano, el poeta Paul Claudel, quien también la abandonó. Estuvo internada desde 1913 hasta su muerte en 1943.
Recién en 2017 abrió un museo que lleva el nombre de Camille Claudel. Está ubicado en la localidad de Nogent-sur-Seine (Francia), donde la escultora comenzó a formarse en su juventud.
El fin de semana pasado vi una obra de teatro que se desarrolla en una casona de bulevar Artigas. Allí se escenifica un hospital psiquiátrico y los actores representan a cinco internados que fueron cinco grandes artistas. Una es Camille. Para mí, la historia más desgarradora. Lo cuenta en esta nota el periodista Javier Alfonso.
Tengo que nombrar a la periodista estadounidense Nellie Bly (1864-1922) porque me encontré con su historia y con su libro no hace mucho, y creo que ni su nombre ni su experiencia están difundidos como se merece. Bly fue una pionera del periodismo de investigación. A los 24 años, mientras trabajaba en The New York World, su editor le preguntó si se animaba a infiltrarse en el manicomio de Blackwell's Island (Nueva York) para contar lo que allí sucedía. Así cuenta Bly el diálogo inicial con su jefe:
—¿Cómo me van a sacar —le pregunté a mi editor— después de que ingrese?
—No sé —respondió—, pero te sacaremos diciéndoles quién eres, y que fingiste estar loca solo para entrar.
Entonces fingió demencia y entró. Durante 10 días registró situaciones terribles de abusos y condiciones infrahumanas a las que sometían a los internos, sobre todo a las mujeres, algunas allí abandonadas sin un diagnóstico certero, como le sucedió a Camille Claudel.
Cuando salió del encierro, Bly publicó una serie de notas que impactaron en la sociedad y en las autoridades. Después publicó toda la historia en el libro Diez días en un manicomio (1887). “Estoy feliz de poder señalar que como resultado de mi visita al manicomio y las denuncias que hice al respecto, la ciudad de Nueva York ha asignado $1,000,000 más al presupuesto anual para el cuidado de los locos. Así que al menos tengo la satisfacción de saber que los pobres desafortunados estarán mejor cuidados gracias a mi trabajo”, escribió la periodista.
Aquí te dejo un enlace al libro. Mientras lo leía, iba recordando escenas del cine, sobre todo de la película Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo's Nest, Milos Forman, 1975). Igual que Bly, el personaje que interpreta Jack Nicholson finge demencia para evitar la prisión y lo internan en un hospital psiquiátrico. Allí despierta el espíritu rebelde de los pacientes contra la terrible enfermera Ratched. Si la viste, a lo mejor te pasó lo mismo que a mí: en la escena final, hice una gran fuerza mental para que el indio gigante pudiera levantar la pileta de mármol, rompiera la ventana y saliera en libertad. Fue el grito más fuerte del silencioso Jefe Bromden.
A propósito de películas, ¿con cuál personaje relacionás más la locura? Yo no me puedo borrar los ojos de Jack Torrance (Nicholson) en El resplandor (Stanley Kubrick, 1980); una adaptación de la novela de Stephen King de 1977, a quien no le gustó nada esa adaptación.
Tampoco olvido el rostro aparentemente plácido de la genial Kathy Bates en su papel de la enfermera Annie Wilkes, una mujer que enloqueció de furia porque Paul Sheldon (James Caan), su escritor favorito, decidió matar a la protagonista de su última novela y quiere que le cambie el final. Entonces lo secuestra, lo ata a una cama y le rompe los tobillos. Esto ocurre en Misery (Rob Reiner en 1990), película basada en otra novela de King publicada en 1987.
Stephen King: un gran narrador de la locura. Kathy Bates: una gran actriz, de las que dejan huellas; por su papel como Annie obtuvo un Oscar en 1990.
El escritor Benjamín Labatut —nacido en Rotterdam en 1980 y radicado en Chile a los 14 años— escribió un libro impactante. Se llama Un verdor terrible, fue un éxito internacional que lleva hasta el momento 24 ediciones. Después escribió un libro más breve a partir del cuadro de El Bosco, La piedra de la locura, y otro más ambicioso, el último, llamado Maniac.
Como te habrás dado cuenta, todos giran en torno a la locura, pero, en su caso, está vinculada a científicos destacados de la historia que perdieron la razón en busca de un descubrimiento o fueron marginados justamente por lo que descubrieron. Pero lo mejor de sus libros no está solo en las historias que cuenta, algunas realmente delirantes, sino en la narración de Labatut. Te los recomiendo.
Pude entrevistar a Labatut y me dijo lo siguiente sobre la locura:
“Lo que más me interesa son los sueños locos de la razón, el delirio. Y si me obligan a elegir entre esas dos cosas, me quedo con el delirio. Lo que nos atrae y aterra de los locos y de los genios es que ven, o imaginan o alucinan, un mundo al cual los demás no tenemos acceso. Yo le temo a la locura, pero me atrae cualquier desviación de la norma psicológica, porque de alguna forma refleja la riqueza sin fin que tenemos dentro de la cabeza”.
Vuelvo entonces a mis preguntas iniciales y aún no sé si es necesario tener algún grado de locura para crear una obra que trascienda o que se destaque. Pero sí tengo claro que quienes lo han logrado no solo tienen una inteligencia superior, sino una sensibilidad que los traslada hacia otros ámbitos, otros estados, otras visiones. Otros sufrimientos.
“No estoy loco. Mi realidad es diferente a la tuya”, le dice el Gato de Cheshire a Alicia. Ahí tenés, esa puede ser la respuesta.
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Antes de despedirme, quiero recomendarte una nota de Pablo Staricco sobre el documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra, y la entrevista que Javier Alfonso le hizo al dramaturgo español Juan Mayorga, cuya obra, Reikiavik, se estrena este sábado 6 en Montevideo.