A fines de la década de los 70 Laguna del Sauce se perfilaba como un lugar atractivo para artistas, principalmente argentinos. Nicolás García Uriburu (1937-2016) —considerado un precursor del land art y que tiñó en 1968 las aguas de los canales de Venecia con una sustancia verde fluorescente mientras se realizaba la reconocida bienal de arte de esa ciudad (ver recuadro)— decidió comprar el terreno pegado a la casa de su amigo Carlos Perciavalle.
Desde 1978, la casa que pensó, diseñó y construyó a orillas de la laguna fue su refugio, su lugar en el mundo, donde pasaba seis meses del año pintando, descansando, disfrutando con su hija Azul y reuniéndose con amigos. A más de dos años de su muerte, su hija, que es arquitecta, abre las puertas de esta propiedad a la comunidad, esperando que llegue un proyecto que haga honor a los intereses y convicciones de su padre. “Seguramente, el universo, la casa o alguien sabe qué tiene que suceder aquí. Me gustaría que fuera una casa abierta para la cultura, para el medioambiente, para la ecología, todos los puntos de intereses que tenía papá”, aseguró a galería.
García Uriburu fue uno de los mayores exponentes del arte argentino de los últimos 50 años, integró el mítico Instituto Di Tella, que conformó la vanguardia de los años 60, y fue miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina. También era arquitecto y ambientalista. Al graduarse en la Universidad de Buenos Aires se fue a vivir a París con su señora, la entonces modelo Blanca Isabel Álvarez de Toledo, madre de Azul. “Papá era una caja de Pandora, todo le interesaba, sobre todo Sudamérica, las culturas de acá, el cuidado y la protección del medioambiente, los árboles, el agua”, dice su hija.
La preocupación del artista por la ecología lo llevó a ser miembro fundador del Grupo Bosque, con el que realizó campañas de reforestación en Maldonado, y colaboró en varias oportunidades con Greenpeace. Por ejemplo, en marzo de 2010, por el Día Internacional del Agua, volvió a teñir de verde esta vez las aguas del Riachuelo en la Boca, para reclamar el saneamiento definitivo de la cuenca.
Desde el comienzo, García Uriburu quiso hacer una granja en su terreno de siete hectáreas de Laguna del Sauce, y junto a su casero Alberto García (quien trabajó a su lado durante 40 años) plantaron árboles frutales —naranjos principalmente— que cosechaban y vendían en la zona, y algunos guayabos. También robles, liquidámbar, palmeras, cipreses. El ombú, árbol que aparece a menudo en su obra, nunca encontró su lugar en esa tierra; lo intentaron muchas veces, pero nunca creció. Animales, tuvo solo caballos y gallinas. Ahora también hay gansos y ovejas.
Separado de su señora, pasaba largas temporadas en la casa de la laguna. Pintaba, los domingos iba a la feria a comprar antigüedades y recibía amigos en grandes comilonas y fiestas. Pero la vida en ese paraíso es para quienes buscan cierto retiro, alejarse del ruido y encontrarse con uno mismo. Así lo asegura Teresa Favaro, vecina de García Uriburu, que desde niña disfruta de la propiedad que su abuelo adquirió en 1957. Es una de las familias originales de la zona, junto con los Behrens, los Previtali, los Antía. La periodista y escritora María Esther Gilio también construyó su casa allí, que se convirtió en un refugio para la intelectualidad del momento. La vida en la laguna en aquellos años era muy apacible, de lectura, de contemplación de la naturaleza y caminatas. De hecho, los vecinos caminaban por el borde de la laguna y —cuando no había muros que separaban— se visitaban, jugaban al voley, a las cartas y se daban largos baños en la laguna. Favaro recuerda que ellos iban en un velero láser por la laguna hasta la casa de García Uriburu, y pasaban la tarde con él, lo veían pintar, les regalaba naranjas y disfrutaban del entorno. “Era muy encantador. Tengo el mejor de los recuerdos”, cuenta. Favaro asegura que el paisaje, la flora y la fauna se han mantenido. Hoy sigue habiendo cisnes de cuello negro, pavos reales, pavos de monte, gallinetas, liebres, ciervos, chajás. Algunas propiedades fueron cambiando de dueño, llegaron algunos europeos, otros se fueron, pero sigue siendo un paraíso con los mejores atardeceres.
Un museo y un mural. Todos los diciembre, Azul pasaba el mes entero con su padre en esta casa (ambos cumplían el 24), que se mantiene casi igual. “Está toda como papá la soñó, la pensó, la diseñó. Le encantaba estar acá, le encantaba Uruguay, se sentía prácticamente uruguayo. No creía en las fronteras; creía que la naturaleza no tiene fronteras, es el ser humano que las inventa. Él disfrutaba mucho de estar acá”, cuenta su hija. El vínculo que el pintor tenía con Uruguay lo llevó a formar una amplia colección de pintura y escultura de artistas uruguayos, que en la década de los 90 donó al Estado y que se instaló en el Cuartel de Dragones (Bomberos) de la ciudad de Maldonado con el nombre Museo Nicolás García Uriburu. Los yesos originales son los proyectos de monumentos que hoy están en las plazas y parques de Montevideo. Hay esculturas de José Luis Zorrilla de San Martín, José Belloni, Edmundo Prati, Federico Soneira, y pinturas de Pedro Blanes Viale, Severino Pose, Carlos María de Santiago, entre otros.
Uno de los trabajos más importantes que hizo el artista en la casa del Sauce fue un mural en las paredes del living que recrea, de piso a techo, el entorno de la laguna. Le dedicó todo el año 1982 a este proyecto que tiene los colores, las pinceladas y algunas imágenes que no integran el paisaje real (como los ombúes, los delfines y los cisnes) que caracterizan su obra. Y hoy se mantiene intacto.
“Quiero que esto pueda ser su embajada, un portal, un lugar de apertura al arte, a los artistas jóvenes, a pensadores y pensamientos. Me encantaría que fuera un lugar que estuviese abierto todo el año, que no sea solo para los turistas o los veraneantes, sino que pudiesen venir las escuelas a conocer a un artista y que los incentive a querer conocer otros artistas, y que su acercamiento al arte sea también al pensamiento, a la cultura”, piensa su hija y única heredera: “Ojalá de allí surjan muchos artistas”.
Venecia y el verde Uriburu
Con 31 años, el 19 de junio de 1968, Nicolás García Uriburu vertió un colorante orgánico inofensivo en el Gran Canal de Venecia que tiñó el agua de verde fluorescente. Con esto quería demostrar su actitud contraria hacia los modos cómo se organizaba la Bienal de Venecia, que se estaba llevando a cabo en ese momento.
Con la complicidad de su señora Blanca Isabel Álvarez de Toledo, quien fotografió la intervención, fue responsable de un acto de creatividad desbordante. Fue arrestado primero como sospechoso de terrorismo y luego puesto en libertad y consagrado como un audaz que le devolvió al arte su espíritu rupturista y provocador. Había logrado con ello “un golpe maestro, una espléndida demostración de higiene moral del arte”, según escribió el crítico de arte francés Pierre Restany.
A 50 años de aquella hazaña, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires inauguró en junio del año pasado Venecia en clave verde. Nicolás García Uriburu y la coloración del Gran Canal, una exposición que se mantuvo abierta hasta setiembre.