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Hasta hace pocos años, los reporteros que cubrían zonas en conflicto o manifestaciones eran enviados con poco más que una lapicera, un grabador y una máquina de fotos. Esa situación cambió drásticamente: cada vez más los periodistas son vistos como objetivos a ser atacados y no como profesionales que desarrollan un trabajo independiente.
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“Reportear en guerras y desastres naturales es inherentemente peligroso, pero el despliegue de grupos insurgentes y criminales presenta un riesgo sin precedentes para los periodistas. Desde los asesinatos grabados de James Foley y Steven Sotloff en 2014, la conciencia pública sobre estos riesgos ha crecido exponencialmente, pero los peligros persisten”, dice un informe del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por su sigla en inglés) sobre los peligros y amenazas que enfrentan los periodistas.
“Durante la desintegración de Yugoslavia (1991-1999), yo llegaba al frente de combate de un lado, y les pedía que dejaran de disparar así podía manejar hasta el otro lado, donde estaba el bando contrario”, explicó al CPJ el fotoperiodista Ron Haviv.
Eso hoy es impensable: “Los riesgos van desde el secuestro para obtener recompensas o poder hasta el asesinato por insurgentes que ven a los periodistas como parte de un enemigo demasiado poderoso para atacar directamente. Los periodistas ahora son abatidos en fuegos cruzados o asesinados por carteles de droga como amenaza para otros periodistas que quieran llega a esa zona”, señala el informe.
“Los cambios tecnológicos permiten más movilidad y habilitan a más personas a ejercer la profesión, pero esos mismos cambios traen nuevos riesgos como la vigilancia o el rastreo”, añade.
En ese sentido, veteranos periodistas de zonas en conflicto dijeron al CPJ que antes, los equipos de transmisión como los teléfonos satelitales o las computadoras eran demasiado pesados para transportar, por lo que uno “no pasaba mucho tiempo” en las zonas más peligrosas, ya que tenía que volver a las bases a reportar y pasar la información.
“En respuesta a estos cambios los medios y algunos corresponsales internacionales han tomado medidas para incrementar la seguridad, pero los freelancers y los periodistas locales muchas veces no tienen los recursos para pagar equipos de seguridad o entrenamiento en seguridad física y digital”, señala el CPJ.
Otro aspecto que identifica el informe es que ha surgido una polémica entre los medios sobre aceptar o no el trabajo de varios periodistas por considerar que sus actitudes “temerarias” los ponen “a ellos mismos y a otros en riesgo”.
En ese sentido, la agencia AFP, tras los decapitamientos en Siria, anunció que no aceptaría mas trabajos freelance y evitó enviar a periodistas a la zonas controladas por rebeldes para “disuadir a otros periodistas de tomar esos riesgos”.
Miram Elder, editora de Seguridad Nacional y de Internacionales del portal BuzzFeed, no acepta material que no fuera encomendado de las zonas en conflicto: “No quiero alentar comportamientos temerarios y tomar material así, es precisamente eso”, dijo.
Además de la falta de fondos de los medios pequeños y de los periodistas freelance para este tipo de entrenamientos, otro aspecto que alerta el informe es que afecciones como el trauma posconflicto no es reconocido y mucho menos tratado médicamente.
Estos riesgos se suman a los otros que ya existían, como las represiones gubernamentales o la impunidad que hay en algunos territorios en conflicto.
“Ante este aumento de la brutalidad y la intimidación, los métodos tradicionales de salvaguarda no son suficientes. Los periodistas deben esforzarse por educarse sobre las amenazas de estos eventos y trabajar en forma solidaria para combatir la violencia y la impunidad. Los grupos que tienen por función colaborar con los periodistas en riesgo deben adoptar una visión más holística e incorporar ayudas psicológicas y digitales”, exhorta el CPJ.
Entrenamiento especial.
Una de las nuevas herramientas que los periodistas deberían tener al abordar una cobertura conflictiva es el entrenamiento para desempeñarse en un ambiente hostil y primeros auxilios (Hefat por su sigla en inglés).
“Todo periodista debería saber cómo atar un torniquete o cómo escapar si está siendo seguido”, explicó el periodista salvadoreño Óscar Martínez, veterano reportero de zonas en conflicto y actual editor de la unidad de investigación Sala Negra del portal El Faro de El Salvador.
“Los cursos Hefat surgieron luego de la guerra de los Balcanes cuando los periodistas se transformaron en objetivos. Pero no fue hasta las guerras de Afganistán e Irak de principios de los 2000 que los medios comenzaron a enviar números significativos de su staff a estos entrenamientos”, informa el CPJ.
Sin embargo, “no todos pueden acceder a estos cursos” debido a sus costos: un curso presencial de cinco días puede salir más de U$S 5.000.
Además, solo tomar el curso y obtener el equipamiento adecuado “no es suficiente para mantenerse a salvo”, señaló Martínez al CPJ.
“Nada de este entrenamiento y medidas importa si el reportero está tomando riesgos innecesarios al no saber cómo trabajar con una fuente sensible, o cómo manejar información delicada. Muchos quieren correr antes incluso de aprender a caminar”, agregó.
“Junto con la necesidad de mejores recursos también se despertó la conciencia de que existen situaciones a ser atendidas, como el stress postrauma y otras heridas psicológicas entre los periodistas que cubren estos conflictos”, sostiene el informe.
“En los últimos 10 años los periodistas están mas abiertos para hablar del impacto que este tipo de trabajo tiene en su salud mental. Esta conciencia aumentó luego de los asesinatos de periodistas a manos de grupos terroristas”, añade.