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    La comunidad terapéutica Izcali cumple 20 años trabajando con adictos, en su inmensa mayoría hombres con problemas de alcohol

    Lo lleva la madre, llega traído por un compañero de trabajo, o por un profesor de UTU. Las personas con consumo problemático de sustancias que acceden al tratamiento en la comunidad terapéutica Izcali lo hacen cuando ya están al límite, cuando se ha desbarrancado el consumo y la adicción tomó la mayor parte de la vida, sin opción de echarse atrás. En su gran mayoría son hombres (casi un 90%) y pertenecen a familias disfuncionales que suelen tener problemas para llevar adelante el tratamiento. En las mujeres se encuentra más el “consumo sordo”, en el hogar, que en general no llega a las instituciones. En Izcali son en promedio 40 usuarios, entre residentes y ambulatorios, y se ha registrado un aumento del número de personas del interior.

    El Centro Izcali (Jackson 919) se fundó en noviembre de 1996, hace dos décadas, a pedido del Servicio de Crónicos y Especializados del Ministerio de Salud Pública (MSP) de aquella época. “Nosotros integrábamos el Servicio de Farmacodependencia del Hospital Maciel, nos llamaron con el doctor Fredy da Silva para plantearnos la conformación de un equipo multidisciplinario para fundar un servicio de internación inexistente en ese momento”, relató Graciela Curbelo a Búsqueda. Curbelo es parte integrante del staff técnico responsable de Izcali, es licenciada en Enfermería y psicomotricista, especializada en fármacodependencia con una maestría del Instituto Interamericano del Niño y el Claeh, orientada al tratamiento y la rehabilitación. La necesidad de crear Izcali surgió con mayor claridad porque hubo una serie de eventos, como la muerte de una chica en Punta del Este y situaciones graves de sobredosis. “Entonces estaban muy interesados en brindar un servicio que fuera más allá de la internación de urgencia”, indicó.

    Al abrir, la institución ya lo hizo con el enfoque metodológico de comunidad terapéutica. “Es un espacio grupal de tratamiento y no está enfocado en lo individual. Apunta a un cambio profundo en el estilo de vida del individuo. El grupo funciona como una nueva matriz de identidad, en el que la persona puede desarrollar habilidades sociales, comunicacionales, de intercambio y apoyo mutuo, que es una de las cosas fundamentales. Participar en el tratamiento de los demás hace que el mío cobre un sentido diferente”, explicó Curbelo.

    Si bien uno de los objetivos es la abstinencia, no es el único sino que es la consecuencia de todo un proceso de cambio. “Si bien es importante lograr la abstinencia para poder trabajarse a sí mismo, si hay una recaída con drogas, esta forma parte del proceso de tratamiento”. Es un programa residencial, lo que quiere decir que los pacientes pueden vivir en el edificio, al que llegan usuarios adictos severos, que requieren rehabilitación, no consumidores sociales. “Se hace esto sobre todo en esta época, porque cuando recién entré a Izcali venían personas por el consumo de marihuana, por ejemplo. Hoy se ven adicciones mucho más pesadas, con gente con historias de vida más deterioradas, más avanzados en edad o con muchos tratamientos anteriores. Para muchos es el 'CTI'”, dijo Miguel Hernández, psicólogo integrante del equipo de la institución, con posgrado en drogodependencia y especialista en terapia sistémica y familiar.

    Curbelo y Hernández explicaron que los usuarios que llegan al centro presentan cuadros psicológicos complejos y también comorbilidad orgánica, con enfermedades como diabetes, hipertensión, problemas renales, pulmonares y del sistema nervioso, relacionadas con el consumo de drogas extremadamente tóxicas.

    Las familias de los internos presentan también mayores problemas que antes. Tienen dificultades para acompañar el programa terapéutico e integrarlo a su vida cotidiana, porque se pretende que los cambios que se logran en la comunidad se extiendan a la vida común y al hogar. “Vemos que las propias dinámicas familiares no colaboran con esto, les cuesta sostener este proceso afuera”.

    El modelo de sociedad también incide. “Están en un modelo social consumista. Muchas veces acá tenemos gente que ha pasado toda su vida yendo y viniendo de guardería en guardería, de escuela en escuela, con situaciones de cuasi abandono. Acá hay muchas mujeres jefas de hogar, solas y con sus hijos. Es un espacio donde uno ve muchas problemáticas piscosociales importantes”, dijo Curbelo.

    Hernández señaló, además, que en las familias puede verse un “sobreinvolucramiento o poco sostén”. En los padres y las madres se ven dificultades en definir distancias apropiadas en los vínculos. “Es un reflejo de que a nivel social hay una falta de sostén para estas familias y de los usuarios, que a su vez tienen familias desintegradas, lo que repercute en la presencia en los tratamientos. A veces es complicado lograr que participen las familias”, dijo Hernández. Una de las dificultades mayores es que algunas personas deben dejar de trabajar: algunas empresas apoyan a usuarios con problemas de consumo incluso pagando el tratamiento o facilitando que concurran.

    El tratamiento se centra en la vida de relación. “La persona que consume tiene un problema con el vínculo con las personas y con las cosas. Depositan en la sustancia la felicidad, el dolor o lo que sea, porque de alguna forma saben lo que van a encontrar. Con otra persona, en cambio, no saben si estarán de buena o de mala cara y resulta más frustrante”. La modalidad de residencia consigue trabajar sobre estos aspectos. Curbelo señaló que la comunidad terapéutica se define como un “laboratorio afectivo”. “Permite poner en práctica lo que es la vida en comunidad afuera. Acá adentro se genera una microsociedad”, agregó Hernández.

    Otra característica de Izcali es la diversidad socioeconómica de su población. Las edades van desde los 15 a los 60 años, con un pico grande en torno a los 34. La población femenina es sensiblemente menor respecto a los hombres. Se atiende población de ASSE, entre quienes hay de escasos recursos o gente que trabaja e igual elige ASSE, o gente de altos recursos económicos, y otros llegan por mutualista o de forma privada porque solventan su propio tratamiento.

    En la comunidad se ejercen diferentes roles sociales, en un proceso progresivo y secuencial con diversas fases. Cuando se ingresa no hay ninguna encargatura como la limpieza o la cocina. A medida que el paciente va avanzando, se adjudican roles de mayor responsabilidad y se van haciendo cargo de los que recién ingresan, como “hermanos menores”, para orientarlos en el tratamiento y en las herramientas que se utilizan en la comunidad. Curbelo explicó que se ejercitan con diferentes roles relacionados con lo socioemocional para ver los vínculos de otra forma, se trabaja en espejo con el otro, que muestra las partes ciegas de su compañero. “De esta manera se va construyendo una nueva identidad en un ejercicio permanente de los nuevos roles en los que vas descubriendo cosas tuyas nuevas y aquello que tenías y lograste podés ir afianzándolo bien”, explicó Curbelo. Se apunta a la autonomía, a la autogestión y a que el residente no quede “pegado” a la institución. El tratamiento completo abarca un año con diferentes etapas por las cuales la persona está cada vez más tiempo afuera, con actividades de trabajo o estudio. En un principio la persona queda aislada de sus relaciones, con visitas puntuales semanales.

    Existe policonsumo de sustancias, entre las que se cuenta el tabaco. Se agrega el alcohol, la cocaína, la pasta base y la marihuana. En la escala de Izcali, prácticamente todos consumen alcohol y tabaco. La droga de mayor consumo (99%) es el alcohol. La consulta es por pasta base o cocaína, pues afectan más la vida de la persona. Tienen permitidos siete cigarrillos por día, porque a veces coexisten otras problemáticas y sacarlo puede ocasionar mucha ansiedad. En cuanto al alcohol, Hernández señaló: “Ellos le quitan relevancia a la 'cervecita', pero muchas veces es el elemento disparador porque es desinhibidor”.

    La comunidad no tiene un espíritu religioso, sino que privilegia la capacidad de reflexión de los usuarios. Se plantea el conocerse más, verse a sí mismos saliendo de la omnipotencia y de los miedos, valorizar el espacio donde eligieron hacer el tratamiento. Hernández señaló que más que una rehabilitación en Izcali se hace una “habilitación” en muchos casos, pues los consumos empiezan a edades muy tempranas, lo cual es “muy trabajoso”.

    Se trabaja con grupos de familiares, con lo afectivo y también con lo normativo de la institución. “Porque para una familia que no tiene normas, es difícil entender que en otro lugar las haya”, explicó Hernández. Además, hay reuniones multifamiliares generales en las que llega a haber 80 personas.

    Los internos van logrando recuperar conductas cotidianas que les permiten funcionar mejor en su entorno (aseo, organización, etc.), realizan trabajos de reflexón por escrito, con el objetivo de manejar mejor lo impulsivo. Curbelo puntualizó que no se trabaja en la represión sino en el autocontrol. “La represión no sirve, porque tapás la olla y después salta para cualquier lado”, agregó la especialista.

    En cuanto a la prevención, Hernández dijo que hay cifras nacionales que indican que el riesgo de consumo aumenta de un 5% a un 25% en aquellas familias en las que los padres no están involucrados en las actividades de sus hijos. La modalidad del consumo se ha vuelto más compulsiva ahora que antes, por ejemplo con el alcohol. Esto requiere trabajar desde el jardín de infantes, en actividades inespecíficas, no solo sobre drogas. A Izcali están llegando ya los hijos de adictos. Curbelo se refirió a la importancia de trabajar este tema incluso con las madres embarazadas.

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