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    La elección más allá del mandato

    La elección de no tener descendencia es, desde hace unos años, tema de análisis en libros, películas e investigaciones; mientras en varios países occidentales el índice de natalidad cae, cada vez hay menos temor a explicar el porqué de esta decisión o a entender que la no paternidad es una opción válida

    Hay una escena brutal. Como tantas otras de la serie “House of Cards”. Esta, sin embargo, es bestial y sutil. Sucede durante el penúltimo episodio de la cuarta temporada. Claire, la esposa del presidente de Estados Unidos, Frank Underwood, está sentada en una de las habitaciones de la Casa Blanca. Ella —su pelo impecable; su vestido claro, ajustado, poderoso; su mirada gélida, sus pómulos marcados— toma té. Lo hace con esa mezcla casi imposible de elegancia y sensualidad. Del otro lado, también sentada tomando té, se encuentra Hannah, esposa del candidato a la Presidencia por el Partido Republicano, Will Conway, el carismático contrincante de Underwood. Conway es, además, la representación del padre comprometido, casado con una mujer dulce y con una familia soñada. Por momentos, lo opuesto a los Underwood. Las mujeres, en un filoso duelo de palabras, tienen la siguiente conversación después de que el hijo de Hannah se va a servir jugo a la cocina:    

    —Es muy lindo —dice Claire sobre el niño rubio.

    —¿No te arrepentís de no haber tenido hijos? Ay, perdón. Es una pregunta muy personal —afirma Hannah.

    —¿Y vos alguna vez te arrepentís de haberlos tenido?

    Hannah baja la mirada, sumerge la nariz respingada y diminuta en la taza de té. Después, el silencio.

    La ficción siempre tiene una cuota interesante de realidad. La decisión consciente, meditada, dialogada, de no tener hijos, en el siglo XXI, dejó de ser una rareza. Aunque la pregunta, sobre todo a las mujeres, de por qué no tuvieron (no tienen) hijos es muy habitual.

    En 2015, Maribel Verdú —actriz, española, nacida en 1970— protagonizó, junto a Diego Peretti, la película “Sin hijos”, que narra la vida de una mujer que no quiere ser madre. Juan Vera, el productor, le dijo que habían escrito el guion pensando en ella. Verdú está harta de que le cuestionen por qué eligió no ser madre. En una entrevista con la revista “S Moda” de “El País” de Madrid, la actriz contó lo que le sucede con las constantes interpelaciones. “Sobre todo cuando me la formula una mujer, me avergüenzo de ello. Una nunca debería dar explicaciones sobre esto. ¿Por qué nadie le pregunta a Luis Tosar por qué no quiere tener hijos? El otro día, con 45 años que voy a tener, me lo volvió a preguntar una periodista ¿En serio? Solo me di la vuelta y la miré. Y con esa mirada no hizo falta que dijera nada más”, dijo Verdú.

    Desde hace unos años, el asunto está dando vueltas. En las conversaciones, en estudios académicos, en publicaciones periodísticas, en libros, en películas. Y, aunque el asunto viene con una cuota de debate acalorado, son muchas las parejas que se animan a declararlo sin tener miedo a que los tilden de individualistas, egoístas, frívolos. El texto editado por la escritora, columnista y periodista Meghan Daudan, “Selfish, Shallow and Self-absorbed. Sixteen Writers on the Decision not to Have Kids” (algo así como “Egoista, superficial, ombliguista. Dieciséis escritores sobre la decisión de no tener hijos”), es un ejemplo de ello.

    Publicado en 2015, este bestseller de “The New York Times” fue reseñado por las publicaciones más relevantes y generó infinidad de comentarios sobre la opción que hombres y mujeres han tomado respecto a la procreación. Todo indica que para muchos su lugar en este mundo poco tiene que ver con la descendencia y que su felicidad no está vinculada a la llegada de un hijo. Con toda la simpleza y complejidad que eso conlleva.

    El por qué. Siempre debe de haber una razón. Más o menos elaborada, pero siempre la hay. Hay cuestiones que tienen que ver con la independencia, con priorizar carreras laborales, con la certeza de que este mundo no es apto para criaturas inocentes. Hay (puede haber) falta de ganas, de instinto, de sacrificio. Hay mujeres (parece que siempre en estos casos la voz de la mujer es la trascendente) que escribieron textos descarnados al respecto dándole sus explicaciones al mundo que parece no conformarse con un simple: “porque no lo deseo”. A nadie se le ocurriría —como lo hizo Claire Underwood— preguntarle a una madre por qué decidió traer niños al mundo.

    A Marta Sanz —escritora española, nacida en 1967, Premio Herralde de novela 2015 por su texto “Farándula”—, en una entrevista con la revista “Jot Down”, le hicieron esta pregunta: “Hay un porcentaje bastante elevado entre las mujeres nacidas en los 70 y 80 que elegimos no ser madre. ¿Es un monstruo la mujer que no quiere procrear?”. Y Sanz respondió: “Yo creo que no. No creo que seamos seres tremendamente monstruosos. Lo cuento en ‘La lección de anatomía’: cuando yo elijo no ser madre, no lo hago por ningún motivo ideológico, ni grandilocuente, ni político, ni de teoría de género, ni de nada por el estilo. Decido no ser madre por miedo y no por un miedo que tenga que ver con lo psicológico o lo económico, con las posibilidades de darle a un hijo una educación, alimento, vestirlo. Se trata de un miedo físico, que arranca de los relatos sucesivos del parto de mi madre, con los que me instruye prácticamente desde que tengo uso de razón”.

    Por su parte, la periodista Leila Guerriero también hizo pública su decisión de no ser madre. En un texto (para muchos cruel) publicado en la revista colombiana “Soho”, la argentina escribió: “No quiero hijos. Nunca quise. Porque no —porque no—, pero también porque no quiero ejercer sobre un ser distinto de mí —independiente— lo que abomino en los tiranos: decidir en nombre de otro. Levantar el dedo, ejecutar sentencia: soy tu madre, lo hago por tu bien, sé lo que te conviene. ¿Cuánto coraje es necesario? ¿Cuánta sabiduría ¿Cuánta perversión? Un padre —todo padre— es un dictador. El peor de todos: uno al que nadie cuestiona. Alguien con permiso para ser carcelero de la carne tierna: el hijo, un ser al que hay que lavar y vestir, acostar y arropar, encerrar por las noches. Proteger, aun contra su voluntad, de los peligros del lobo. La infancia es muchas cosas pero es, sobre todo, un tiempo en el que no se pueden elegir los riesgos”.

    En 2011, la película basada en el libro homónimo “Tenemos que hablar de Kevin” llegó a los cines y logró que miles de mujeres (y probablemente también hombres) salieran con las tripas revueltas y horrorizados. El filme —incómodo, políticamente incorrecto— retrataba a una madre que crio a un niño con un nivel de frialdad e indiferencia impensable para el rol maternal al que nos ha acostumbrado el cine. Lionel Shriver —autora del libro que se publicó en 2005 y se convirtió en bestseller— fue una de las escritoras que participó en los ensayos de “Selfish, Shalow and Self-absorbed”. En su texto escribió sobre las preguntas de periodistas que tuvo que responder después de la publicación del libro. La acusaron de nihilista, de egoísta. Shriver declaró que sí, que lo era. Después se sintió culpable, claro.

    Finalmente llegó a la conclusión de que era tan simple como que no quería tener hijos. Punto. No había misterio.

    En la introducción del libro “Selfish, Shallow and Self-absorbed”, Daum, la responsable de recopilar los textos que lo componen, explica las razones por las cuales se embarcó en este proyecto. “Quería elevar la discusión de la retórica familia que, habitualmente, enfrenta a padres contra no padres y asume que los primeros son sacrificados y maduros y los últimos son adolescentes descuidados viviendo a lo grande sobre un salario. Quería demostrar que hay tantas maneras de ser un no padre como las hay de ser un padre”.

    La declaración de Daum responde a las acusaciones de muchos. También era una especie de revés a un artículo de tapa que la revista “Time” publicó en 2013 bajo el título: “The Childfree Life”. La imagen que acompañaba la portada era la de una pareja en una toma cenital tirada sobre la arena, en traje de baño, con expresión descansada. En conclusión: feliz. La periodista Lauren Sander escribió un texto que intentaba responder la siguiente pregunta: “El índice de natalidad en Estados Unidos llegó a su récord más bajo. ¿Qué pasa cuando tenerlo todo significa no tener hijos?”. Mientras que en 1976 una de cada diez mujeres de entre 40 y 44 años no tenía hijos, la cifra en 2010 subía sustancialmente: una de cada cinco no era madre. El artículo —que incluye los comentarios que alguna vez hicieron mujeres como Oprah Winfrey, Condoleezza Rice, Katherine Hepburn— no reflejaba el juicio de valor que sí mostraba la imagen de portada.        

    La libertad de elección. El mandato social sigue siendo pesadísimo, aunque lentamente aparezcan voces que se rebelen. Y esas voces, lo sabemos, son juzgadas con dedos índices levantados y dando cátedra de lo que se debe o no hacer con algo tan personal y propio como la reproducción. Para muchos el instinto maternal es algo que viene con la mujer, y por eso la que reniega de él es considerada un ser sin corazón, sensibilidad, casi una hereje.

    Cada mujer que haya tomado esta decisión tendrá su historia. Pero si hay algo que el sexo femenino en sus 30 debe responder (casi que sin excusas) cuando se encuentra con alguien que hace años que no ve es: “Y vos, ¿tenés hijos?”. Nadie pregunta si patentó un invento, escribió un libro, ganó un juicio a una multinacional, escaló el Aconcagua. Los fundamentalistas dirán, siempre, que nada se compara con un hijo. La descendencia, trascender, educar a alguien, enseñarle nuestra visión del mundo, eso es lo importante. Encontrar una pareja sólida, en edad de procrear, que optó por no tener hijos implica un juicio inmediato y lapidario: “Pobres, no deben poder quedar”. Son pocos los que pensarán que esa, tal vez, es su opción. Que con ellos dos alcanza y sobra para ser felices. Y, probablemente, no hay nada egoísta ni individualista ni nihilista en esa opción.     

    En Occidente —sobre todo en los países más desarrollados— las cifras son elocuentes y muestran un cambio en los escenarios demográficos. El inicio de este cambio, dicen los estudiosos del tema, está estrechamente vinculado a la llegada de la anticoncepción femenina. En países como Estados Unidos se habla de un descenso en la natalidad a partir de los años 70. Después de la pastilla anticonceptiva llegan algunas de las grandes conquistas femeninas: el ingreso al mercado laboral y los cargos de responsabilidad. La mujer empieza a priorizar su trabajo, sus posibles ascensos, hacer maestrías, doctorados, viajar, elegir a consciencia una pareja; y así la maternidad se dilata y la infertilidad crece. También hay otros factores como la falta de estabilidad laboral, situaciones familiares adversas (mala crianza) y hasta investigaciones que demuestran que las parejas sin hijos son más felices que las que tienen descendencia.

    En un artículo publicado por “El País” de Madrid bajo el título “Ser padres es solo una opción” se citan varios estudios. Uno de ellos fue desarrollado en 2015 por la Universidad de Londres e incluyó a 14.000 parejas de Australia y Alemania. La investigación concluyó que “las madres indicaron una fuerte subida de estrés tras el nacimiento de un hijo (tres veces más que el padre)”. Por otra parte, la encuesta “Enduring Love” (amor duradero), de la casa de estudios inglesa Open University, obtuvo como resultado que los que no tiene hijos declaran ser más felices como pareja y tienen más tiempo para invertir en su relación afectiva. Pero también hay, por supuesto, investigaciones que demuestran que la maternidad y la paternidad son inversiones a largo plazo.  

    En ese mismo artículo del diario español se aglomeran en un párrafo las cifras que demuestran cómo la natalidad ha caído y caerá en varios países desarrollados. En España se calcula que entre las mujeres nacidas en los 70, no tendrá hijos 25%, en Francia 20%, en Finlandia 29%, y en Alemania 33,6%.

    En Uruguay también los datos muestran un descenso. El informe “Las transformaciones de los hogares uruguayos vistas a través de los censos de 1996 y 2011” reveló que en 1963, del total de hogares del país casi 12% estaba constituido por parejas sin hijos. Esa cifra en 2011 fue de casi 17%. Pero el contraste es aún mayor cuando se observa cómo cambió en el tiempo la relación entre hogares con y sin hijos: mientras que en los 60 los hogares sin hijos eran un tercio de los con hijos (12 a 36%, respectivamente), en 2011 son más de la mitad (17 a 31%).   

    El tema, como todos que rozan el tabú, tiene infinidad de caras, mil opciones, cientos de respuestas. Pero existe y, por lo tanto, hay que entender y evitar los juicios rápidos cuando una pareja en edad de procrear dice que no tendrá hijos. No necesariamente a todos les tiene que importar trascender, dejar un legado, el apellido, los genes. Ya no es nuestro único destino en la vida. La felicidad se puede construir de diversas maneras. Con o sin hijos.

    DECIDIR

    “En contraste con nuestros antecesores, rara vez nos preguntamos si cumplimos con un propósito social mayor; es más común que nos preguntemos si somos felices. Le rehuimos al sacrificio individual y a las obligaciones. Pensamos muy poco en el asunto de la perpetuación del linaje, la cultura o la nación; tomamos por sentado nuestra herencia. Somos ahistóricos. Medimos el valor de nuestras vidas dentro del paréntesis de nuestros nacimientos y muertes, y no nos molesta especialmente lo que suceda cuando nos hayamos muerto”. Lionel Shriver, escritora estadounidense, en el libro “Selfish, Shallow and Self-absorbed”.    

    “De todos los argumentos que se dan para tener hijos, la idea de que dan significado a la vida es el que me genera más hostilidad. Yo me siento totalmente satisfecho con la idea de una vida completamente carente de sentido y falta de propósito”. Goeff Dyer, escritor británico, en el libro “Selfish, Shallow and Self-absorbed”.  

    “Tuve una crianza tan fabulosa que mis estándares de cómo una madre y un padre deben comportarse es altísima. No podría ser de esa manera y llevar adelante una carrera en cine”. Katherine Hepburn en una entrevista de la revista “People” en 1990.

    “Decidí a edad muy temprana que no iba a tener hijos, pero lo que también digo es que aunque uno no los tenga físicamente, uno siempre los tiene en la mente. La sociedad se encarga de recordarte todo el tiempo que has tomado una decisión anormal o adversa a los mandatos, que estás haciendo algo muy extraño. De alguna manera, el tema es insoslayable para cualquier mujer, aun cuando no tenga hijos y aun cuando esté muy feliz, como es mi caso, por no tenerlos”. Lina Meruane, autora chilena del libro “Contra los hijos”, en entrevista con la web mexicana “Sin embargo”.

    “Existe el corte cierto de la descendencia, las reuniones con los amigos de los veinte y pocos con un hijo y otro en camino; y vos ahí, sintiéndote el extraño, el hedonista, el tío viejo, el fracaso de la historia, el hombre entregado a sí, el que no dará nietos, la presunción del anciano amargo, casi la seguridad de no dar la vida por nadie. Y a veces también el orgullo: ese niño no nacido no vino a llenar ningún vacío, a salvar ninguna pareja, a remediar la soledad, a ser el proyecto no realizado. Y no, un libro no es un hijo. A un libro uno puede abandonarlo, quemarlo si quiere. A un hijo se le beben las lágrimas, se lo abraza en el infierno. Y eso, sobre todo: ¿uno más a este infierno?” Alfredo Pérez García —escritor uruguayo— en “La Diaria”.