Un estilo de vida y una forma de concebir la arquitectura resumidos en una hora y 27 minutos. Todo empieza con una toma aérea del desierto de Nuevo México, en la localidad de Taos, que se detiene en una serie de cúpulas verdes, enormes y brillantes, rodeadas únicamente por naturaleza. Enseguida hay un zoom in a un hombre de pelo largo, canoso y barba tupida que martilla tierra en el interior de un neumático, que coloca latas vacías sobre un muro de barro, y que aplasta botellas de plástico y las une para generar bloques. La toma se corta con fundido a negro y reaparece él, en su casa, de bata, haciendo ejercicios en medio de una huerta. Después recorre cada una de las habitaciones de madera y cuenta cómo las creó, con materiales naturales y reciclados. El estadounidense Michael Reynolds es un referente en el mundo de la construcción autosustentable y vive de acuerdo a su prédica. Dice que sus mentores son Noé y los propios árboles; que la arquitectura no enfrenta los problemas reales del mundo —dícese calentamiento global—, y que no hay tiempo para dejarse estar. La secuencia pertenece al inicio del documental “Garbage Warrior” (“Guerrero de la basura”, 2007), del cineasta Oliver Hodge. El filme repasa los más de 40 años de trabajo de Reynolds y la fundación de Earthship Biotecture, que además de funcionar como empresa constructora trabaja como academia.
Cuatro años después de su publicación, un estudiante de Comunicación uruguayo se topó con la película en YouTube. Por curiosidad le dio play y antes de que terminara sintió el primer impulso de trasladar ese concepto constructivo a Uruguay. Fue así que Martín Espósito, que rondaba los 25 años, trató de contactar a Reynolds sin demasiado éxito y se dedicó a adaptar el método a una escuela local. Al poco tiempo Camilo Balverde se sumó al proyecto, después Joaquín de la Sovera, Lucía Cardozo, Victoria Gómez, Federico Palermo, Magdalena Seijo, Juan Pablo Méndez, Victoria García y Claudia Ramallo, y fundaron la ONG Tagma, mediante la cual empezaron las gestiones con organismos estatales y empresas privadas. “Nuestro planteamiento era sencillo: ‘Queremos donar una escuela pública, vamos a conseguir los fondos y a contratar a esta organización para que la diseñe, trabaje con un grupo de voluntarios y la construya’”, recordó Espósito en charla con galería. Tras obtener permisos y apoyos —entre ellos el financiamiento de Nevex—, lograron el sí de Earthship.
Vinieron de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Brasil, Argentina, Chile y Colombia, entre muchos otros países. La construcción del edificio de 270 m2, divididos en una huerta, dos baños y tres salones de clase con capacidad para hasta 100 niños, empezó a mediados de enero y duró siete semanas: dos de preparación del terreno, cuatro de obras y una de limpieza.
Un seguimiento por el proceso de edificación permite entender los pilares de la arquitectura autosuficiente, o “biotectura”, que propone Reynolds, además de conocer a quienes estuvieron detrás del surgimiento de la primera escuela sustentable de la región, que funcionará en el kilómetro 80 de la ruta Interbalnearia.
1. El terreno donde estará la escuela es un imán de miradas. Resulta inevitable detenerse ante esa estructura poco convencional que se asoma a orillas de una de las carreteras más transitadas del país. Algunos conductores bajan la marcha; otros frenan, estacionan y se mezclan con los vecinos que día a día observan la obra como si fuera un espectáculo guionado con más de 150 actores en escena.
Es 1º de febrero y el calendario marca la jornada inicial de trabajo después de dos semanas destinadas a limpiar el terreno y trasladar los materiales. Hay 60 estudiantes de casco y guantes construyendo las paredes laterales a base de tierra, pedregullo y llantas. El resto está descansando en campings cercanos o en clases teóricas con profesores de la academia Earthship, que tienen como sede la Liga de Fomento de Jaureguiberry. Entre los que realizan labores prácticas hay un hombre que debajo del casco lleva un sombrero de mimbre, usa lentes de sol oscuros, un pañuelo rojo en el cuello y un cinturón que sostiene un manojo de llaves, una cinta métrica y un facón. Es él, el maestro, el guerrero de la basura, Michael Reynolds. Trabaja a la par de los demás. Mide, martilla, ordena y responde consultas. Es escueto. Prefiere hablar durante las clases. “Todo un personaje”, comenta una de las obreras de 23 años que llegó desde Colombia por el interés que un año atrás le despertó el documental. Son muchos los que viajaron a Uruguay a partir de su visualización.
La construcción tiene banda sonora. Ahora suena AC/DC. El ritmo de trabajo, al rayo del sol, es intenso. Se escuchan comentarios en español, en inglés y en portugués. Hay al menos tres generaciones trabajando en simultáneo. También hay familias enteras cargando con barrotes de madera, y niños que, del otro lado del tejido o detrás de la duna de arena y neumáticos, ven cómo de a poco su escuela, la N° 294, va tomando forma.
2. El cambio estructural más impactante se percibe en la segunda semana. El esqueleto casi alcanza la altura proyectada y se empiezan a distinguir los espacios interiores: tres salones de clase, dos baños y la huerta que abarca casi todo el pasillo frontal. La construcción funciona como una máquina perfecta con piezas que se mueven siempre sincronizadas.
Martín Espósito observa desde afuera, tras un escritorio improvisado con llantas y troncos. Piensa en los últimos cuatro años de gestiones —con ANEP, el Consejo de Educación Primaria, los ministerios de Vivienda y Educación, las intendencias de San José y Canelones, integrantes de Earthship—, en las dos temporadas destinadas a trabajar con la comunidad de Jaureguiberry y en el contraste entre lo que su mente proyectaba al inicio y lo que está sucediendo ante sus ojos. Piensa en números: en los 80 estudiantes extranjeros y los 20 uruguayos involucrados en la construcción, más los voluntarios que están alrededor de la iniciativa como satélites a la espera de lo que se necesite. Recuerda, también, el período de captación de donaciones, el de reciclado de materiales y el de la planificación del presupuesto total.
Aprender de la escuela fue el motivo que llevó a Lorena Goyeni, una de los 500 habitantes de Jaureguiberry, a cambiar los planes para Aldana, su hija de seis años. A partir de este año ya no se traslada en moto, todas las mañanas, hasta la escuela N° 95 de Cuchilla Alta; ahora, con el proyecto de Tagma, volvió a sentirse local. Ingrid Bartaburu es madre de otras dos niñas que recién empezaron Primaria. Ya presenció varios de los recorridos guiados que se proponen los fines de semana —algunos alcanzaron los mil visitantes— y espera que “con la llegada de Reynolds y su propuesta innovadora, el pueblo empiece a mejorar toda su infraestructura”.
En mayo del año pasado, el arquitecto estadounidense dio una conferencia abierta en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, en la que explicó las bases de una “nueva profesión” a la que define como “biotectura” y desglosó los pilares del proyecto. Sus primeras clases en la Liga de Fomento se asemejan a aquella charla introductoria. El punto fuerte, dice, es que el edificio reduce el costo de materiales —algunos ladrillos son de cubiertas y otros de botellas de vidrio—, “brinda una salida utilitaria a la basura” y “la mitad de su área está dedicada a producir alimentos”. La estructura, anidada en la tierra, permite el funcionamiento de un sistema de calefacción y refrigeración mediante energía solar térmica, también utiliza energía eólica y recolecta y almacena aguas pluviales que distribuye por todo el edificio. De ahí su carácter de autosustentable.
3. Es 16 de febrero y parte del equipo avanza en detalles de la estructura interior —acomodar vidrios, rellenar pisos, remover tierra— mientras otra se dedica a colocar las instalaciones eléctricas, el sistema de ventilación y el de saneamiento. Fuera del predio de construcción, sobre la ruta, hay algunos autos y muchísimas bicicletas. Son las 12.15 y está por terminar el primer turno de trabajo. Los obreros bajan el ritmo, dejan sus herramientas en un contenedor a la sombra y se trasladan unas pocas cuadras hasta llegar al comedor del Yacht Club Jaureguiberry, sobre el arroyo Solís Grande. Ahí los esperan Lucía Cardozo y Juan Pablo Méndez con las mesas prontas. Detrás del mostrador hay un equipo internacional de cocina encabezado por el chef Gabriel Rivas, que divide labores entre la mañana, la tarde y la madrugada para preparar el desayuno y el almuerzo a más de 150 comensales, casi todos vegetarianos.
Hoy, como sucede al menos dos veces a la semana, Gabriel y Lucía empezaron la jornada a las cinco de la mañana en el Mercado Modelo. De ahí reciben la mayor parte de las donaciones —el resto lo obtienen de productores de la zona— para elaborar una cocina casera que fusiona propuestas criollas con platos de Medio Oriente. En la entrada del Yacht una pizarra anticipa el menú del día: cazuela de carne, chorizo, cerdo, arroz, boniato, calabaza y papa. Eso, o mujaddara, un plato árabe tomado del repertorio de Hussein (sirio de 23 años, radicado en Uruguay, que trabajó como traductor de los refugiados), que incluye ingredientes como lentejas, arroz, cebolla, ajo y siete pimientas, cocinados con un caldo natural de verduras.Es en medio del almuerzo que muchos de los estudiantes y voluntarios se conocen por primera vez. Es imposible contabilizar la cantidad de lenguas. Algunos, incluso, se comunican mediante gestos y señas.
4. Como en otros días el rock y el reggae, esta semana suena música popular brasileña. Se escucha Tribalistas y, de fondo, la máquina excavadora. Es la última semana de construcción y el equipo se dedica al revestimiento de las paredes con cemento, latas y botellas de vidrio.
En medio de un grupo de obreros está Gonzalo Gagliardi, presidente de la Comisión de Padres de la escuela N° 294. Colabora todos los días que puede, cuando termina de atender su panadería en Jaureguiberry. Después de una hora de cargar materiales se toma un descanso. Dice que es tímido, pero dar a conocer la historia de la escuela antes y después del surgimiento del proyecto de Tagma lo obliga a desplegar un monólogo de inconformismo y orgullo: “Esta escuela nació hace seis años a pulmón. Hubo tres generaciones que pelearon por su existencia, y recién en 2010 conseguimos la aprobación. Acá estaba bien latente la concepción de que nunca iba a haber una escuela. Entonces un día puse un cartelito en mi negocio y convoqué a los vecinos a juntarse en una parada de ómnibus. Cuando llegué me encontré con muchos padres que mandaban a sus hijos a centros educativos de los alrededores, casi todos a Solís. A partir de ahí viajamos mucho a Montevideo a reunirnos con Primaria. Recolectamos fondos y firmas. Una señora nos alquiló la casa donde funciona la escuela ahora, trasladamos los muebles a la mía como si fuera un depósito, construimos otra pieza, la pintamos, la vestimos y conseguimos una maestra. Fue por todo ese esfuerzo que cuando me enteré, a través de la organización Jaurecológico, que se iba a construir la escuela sustentable me anoté a la academia de Reynolds. Estoy becado. Mi hija ahora ya terminó primaria, pero voy a seguir trabajando en este proyecto todo lo que pueda. Jaureguiberry tiene que crecer y este es un motor para lograrlo”, dijo.
Cruzando la carretera, 700 metros calle adentro, está la sede actual de la que habla Gagliardi. Es una pequeña casa de balneario, con ladrillos a la vista, rodeada de árboles, solo identificable por el busto de Artigas y un cartel azul que la describe como escuela rural.
El fin y el principio. La construcción de la primera escuela sustentable de América Latina proyectada por Reynolds tuvo su punto final en los últimos días de febrero. Ahora, en la segunda semana de marzo, resta limpiar el terreno y amoblarla.
Es viernes y al horario de la salida, de cara a la mudanza hacia la nueva sede, una de las maestras del jardín improvisa una reunión en la puerta de la vieja escuela. Explica cómo va a ser el traslado, cuenta lo que ya está definido y lo que aún falta trabajar. Hay padres motivados con el cambio, otros que aún miran el proyecto con desconfianza, y niños que, antes de rumbear para sus casas, se desvían del camino y observan, algunos agarrados de la mano, el edificio verde que los espera del otro lado de la ruta.
LA ESCUELA EN CIFRAS
Nevex financió el 90 por ciento.
La construcción de la escuela sustentable tuvo un presupuesto de 300.000 dólares, que englobó gastos de materiales y traslados, además del contrato con el equipo de Earthship, liderado por el arquitecto Michael Reynolds.El 90% del proyecto fue financiado por Nevex, que además realizó un seguimiento de la obra mediante una serie de publicaciones y videos narrados a través de la mirada de niños.La gerenta de Marketing de Cuidado Personal y del Hogar de Unilever, Teresa Cometto, dijo a galería que el interés de la marca surgió por “la convicción del equipo de Tagma, el impacto en el medio ambiente desde la construcción, el uso de materiales reciclados y el hecho de que el edificio vive y enseña”.