N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTenía veintipocos años y esperaba a mi segunda hija. La fecha de parto coincidía con los exámenes de un profesorado de inglés que había iniciado unos meses antes. Se daba la circunstancia particular de que algunas de mis profesoras también estaban embarazadas o regresaban de su licencia maternal. No había mucha diferencia de edad entre ellas y yo, aunque el hecho de que ellas fueran docentes y yo su alumna hacía que las viera mayores. Hoy, cuando me las cruzo por ahí, me da gracia pensar en eso.
Una de estas profesoras nos enseñaba a enseñar Historia. La asignatura me encantaba, pero siempre la había sentido distante, ajena. Como suele suceder, no es solo el contenido lo que enamora, sino también el entusiasmo del docente, y es posible que eso hubiera fallado hasta entonces. Ella me hizo vivir la gran Historia de otra manera. No se trataba de memorizar una sucesión de hechos épicos. Quería que levantáramos la capa de espectacularidad y buscáramos por debajo de su brillante superficie. Allí estaba ese cúmulo infinito de pequeñas situaciones que conformaban la vida cotidiana de las personas. Al fin de cuentas, cada gesta monumental estaba protagonizada por hombres, mujeres y niños con sus peripecias individuales de hambre, enfermedad, alegría, tristeza, ambiciones y miedos.
Lamento que esta profesora me llegara tan tarde porque sé que, de haberla conocido antes, mis horas liceales hubieran sido mejor aprovechadas y más entretenidas. Hay días en que quisiera volver atrás y recursar algunas asignaturas cuya importancia o belleza no entendí en su momento, ya porque mi inmadurez adolescente no me permitía valorarlas, ya porque algunos profesores no supieron o no pudieron contagiar ni un poquito de pasión por ellas.
El caso es que esta profesora me hizo ver la Historia con una mirada nueva y cambió mi aproximación a todo lo que fuera alguna forma del relato. Algo de lo que soy se lo debo a ella. Después de todo, escribir es contar historias. Ya sea que intentemos ser imparciales al narrar los hechos o que los transformemos con las herramientas que la ficción nos ofrece, siempre habrá una subjetividad ineludible que dará color a nuestro relato. Entre un historiador y un novelista hay menos distancia de la que parece.
Una tarde, la profesora nos pidió una tarea. Debíamos entrevistar a alguien que tuviera la edad suficiente para haber vivido una época anterior a la nuestra. Su idea, supongo, era ponernos en contacto con la historia reciente a través de una fuente conocida que pudiera contarnos acerca de su infancia, sus costumbres, un pasado que ya no era, pero que, de algún modo, repercutía en el nuestro.
No recuerdo ahora por qué lo hice. Eran días agotadores para mí. Tenía una familia que atender ?incluida una hijita de dos años que, ante la inminente llegada de su hermana, reclamaba más presencia?, un trabajo que cuidar y mis estudios por la noche. Aterrizaba en la cama extenuada y durante el día apenas encontraba un instante libre. Quizá fue por eso. O quizá por mi natural timidez y mi pánico a incordiar con preguntas molestas. O quizá por simple pereza. Todo eso pudo haber sido, pero prefiero creer que una posibilidad creativa despuntó en mí como un alba tenue y me aferré a ella.
Decidí omitir el trámite de la entrevista e inventé a un personaje. Se llamaba Raquel, era hija de inmigrantes y había tenido una vida plena de esfuerzos. Estaba por cumplir ochenta y su pasado venía a ella con más lucidez que algunas instancias próximas a su presente. Desde sus ojos cansados no valía la pena encasillar los momentos de la vida en clasificaciones insuficientes. Cada instancia traía sus alegrías y sus penas. Antes que mejor o peor, ella prefería decir que en sus tiempos todo era diferente.
Disfruté como loca mientras escribía la historia de Raquel en mi vieja máquina eléctrica. La entregué a la profesora con un poco de reticencia y aguardé con la misma incertidumbre con la que aguardan los niños en la escuela. Tenía, además, un poco de culpa. Es cierto que el producto era honesto, pero no había sido honesto el procedimiento. A los efectos de lo que ella intentaba enseñarnos, no cumplí con la pauta propuesta. Cuando me devolvió el trabajo coronado por una nota excelente y se demoró unos segundos felicitándome, sentí vergüenza. Después recogió todos los trabajos y recién entonces caí en la cuenta de que no había guardado una copia del texto.
Olvidé el asunto, pero no la alegría intensa que la creación me produjo. Fue tan hermoso dar vida a un personaje, insuflarle esa especie de aliento divino y moldearlo a partir de retazos de realidad e imaginación entremezclados en una fusión inextricable donde lo real y lo inventado se confundían. Fue tan arriesgado proponer a mi profesora un pacto ficcional según el cual debía creer todo lo que yo le contara. Fue tan mágico comprobar que el pacto funcionaba porque, aunque el texto no era real, sí era verosímil. Fue tanta la adrenalina que me generó el miedo a ser descubierta y tan abrumadora la sensación de triunfo… Poco después publiqué mi primera novela.
Esta mañana recibí un sobre blanco. Me gusta pensar que cada día puede traer un mínimo hecho que lo cambie todo. Un timbre que suena, doblar una esquina, ese sobre que llega. Lo rasgué con la feliz ansiedad de los esperanzados perpetuos. Adentro, seis páginas escritas en máquina eléctrica y al final, una calificación en tinta verde. Veinticinco años más tarde la historia de Raquel regresaba gracias a aquella profesora que la preservó y tuvo la delicadeza de devolvérmela. Espero que, si lee esto, comprenda mis razones, sepa cuánto influyó en mí su estímulo y sonría con indulgencia.