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    La segunda piel del teatro recuperada

    Compuesto por más de 12.000 prendas, el vestuario de la Comedia Nacional se encuentra en proceso de relevamiento y acondicionamiento después de estar dos décadas guardado en condiciones poco ideales para su conservación

    Hay que imaginar un espacio de 189 metros cuadrados. Pensar que allí podría entrar la vida de cinco personas distribuida en tres dormitorios, un living comedor, un estar, una cocina, dos baños, tal vez un balcón y una terraza-lavadero. Todo muy espacioso, todo con sus muebles correspondientes. Y, después, retirar esa vida de familia y colocar en el mismo espacio decenas de percheros, atiborrados de prendas, logrando que la habitación se convierta en un ropero inmenso. Un armario tan incalculable que casi no se ve lo que hay después y en el que hay que ir de costado y corriendo percheros y telas para transitar.

    Esto es el segundo piso del Teatro Solís; un salón desconocido para los habituales espectadores; allí, generalmente, se realizan ensayos de espectáculos que necesitan un metraje importante para que los artistas estén cómodos. En esos 189 metros cuadrados ya no hay más espacio. O sí. Hay lugar para que las cinco personas que ahí trabajan tengan algunas mesas donde disponer sus materiales: tapabocas, alcohol en gel, desinfectante en spray, varios pulverizadores con alcohol y agua, marcadores de colores, un pomo de crema Just para las manos, un cepillo de ropa, una pinza, una aspiradora de mano, una carpeta que dice “Proyecto vestuario”, perchas de madera y al final una, dos, tres prendas dispuestas de manera muy cuidadosa.

    Alrededor de esas mesas, escondidos entre las miles de prendas, yendo y viniendo por los pasillos del teatro, se puede descubrir a Claudia Coppetti, Marcelo Sergio de los Santos, Gerardo Egea, Isabel Mañosa y María Laura Zorrilla. Ellos fueron los responsables de presentar al Departamento de Cultura de la Intendencia de Montevideo el proyecto de acondicionamiento de vestuario de la Comedia Nacional a fines de 2015. Y ahora, un año más tarde, son quienes lo llevan adelante. Fueron ellos los que, junto a algunos brazos más que colaboraron, estuvieron durante semanas metidos en las tres casas ubicadas en la calle Bartolomé Mitre, entre el Juzgado y el club Hebraica, rescatando del polvo, las polillas, los ácaros, la humedad y temperaturas poco ideales buena parte del vestuario de la Comedia. Varias décadas de creaciones inolvidables guardadas en habitaciones que durante casi 10 años, por ejemplo, no fueron ventiladas. El traslado del vestuario era, evidentemente, urgente.

    La excelente noticia, después del rescate de esas más de 12.000 piezas que forman parte del acervo patrimonial de la compañía estatal de teatro, es que hubo que desechar un porcentaje ínfimo. Lo cuentan los integrantes del proyecto con miradas orgullosas, rodeados de polleras, trajes, vestidos, capas, túnicas que llevan en sus texturas recuerdos de la piel de los actores más aplaudidos que ha tenido Uruguay. Lo cuentan señalando maravillados la obra de varios de los brillantes diseñadores y vestuaristas que les han dado forma a las miles de obras que la Comedia Nacional ha representado a lo largo de sus 70 años de historia. Y, así, entre entusiasmados y triunfantes, dicen que esta es la primera etapa de su proyecto. Que todavía falta el inventario que permitirá, eso esperan, saber cuándo, cómo y por quién fue utilizado ese vestuario. Después, el traslado a la sala de pintura, ubicada en el piso más alto del Teatro Solís y con un espacio de 6.000 metros cuadrados. Más adelante llegará la base de datos y la aplicación que permita gestionar y administrar todo lo que hay allí. El fin de la historia está pautado para los últimos meses de 2018. Mientras, hay mucho trabajo intenso por delante.

    El principio. Hay una unión que tiene que ver con el amor. El cariño explicable, a veces, y, otras, inexplicable por el diseño de vestuario. Allí está el inicio de este proyecto. Ese es el punto en el que coinciden Coppetti, De los Santos, Egea, Mañosa y Zorrilla. Pero también está el trabajo y los lugares en los que han coincidido. Los que más se repiten son la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) —donde, de hecho, se generó un depósito con todas las prendas que se utilizan en las puestas en escena de los alumnos— y en los distintos equipos técnicos del Teatro Solís.

    La directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo (IMM), Mariana Percovich, aparece como una de las responsables de que todo este movimiento, al fin, se haya llevado adelante. En sus años como directora de la EMAD apoyó el proyecto que Coppetti, como docente del área de vestuario, quería hacer en el depósito de prendas. “Cuando Jorge Navratil (director de la División Promoción Cultural) me cuenta del proyecto que estaban llevando adelante con la Comedia, la EMAD, el Solís y veo que se sigue en el camino de la conservación y la memoria viva de las artes escénicas, me pareció clave que se concretara. En mi actividad teatral he tenido contacto con piezas de vestuario históricas mal conservadas que hoy ya no deben existir o he perdido cantidad de vestuarios de decenas de obras por no tener ni espacios de conservación o depósitos especializados”, dice Percovich. Para la dramaturga, directora y docente el grado de pérdida al tener que desechar una pieza de vestuario es el mismo que cuando una obra de teatro no se registra. Por ende, se pierde “la memoria de la propia existencia del arte teatral que es efímero”.

    El director de la Comedia Nacional, Mario Ferreira, lo vive con el mismo entusiasmo. “La historia del teatro también se cuenta a través del trabajo de los diseñadores. Poder conservar prendas que han sido utilizadas hace décadas tiene un valor simbólico indudable. La mayor parte de ellas son diseños de artistas enormes que prestigiaron con su talento tantas puestas en escena. Cuando descubrimos que una prenda fue utilizada por un actor o actriz que está en el recuerdo de todos, no podemos más que emocionarnos y nos lleva de inmediato a imaginar las circunstancias del momento en que ese vestuario vio la luz”, dice Ferreira a pocos meses de que se cumplan 70 años del aniversario de la Comedia Nacional.

    La emoción. En ese salón en L del segundo piso del Teatro Solís hay olor a casa de abuela, a baúl con ropa de otra época, a tejidos que desconocemos. Hay una sensación que oscila entre la maravilla constante y la certeza de que allí está todo el peso de la historia teatral uruguaya. Todas las épocas, todas las civilizaciones, todos los autores (nacionales e internacionales, clásicos y contemporáneos); los pedacitos del espíritu de Enrique Guarnero, Alberto Candeau, China Zorrilla; la impronta de los años de Margarita Xirgu; el talento de creadores como Domingo Caballero, Néstor Arzadum, Guma Zorrilla, Carlos Pirelli, Hugo Millán, Osvaldo Reyno, Nelson Mancebo, Soledad Capurro, Paula Villalba con su infinidad de universos creados para hacer que los actores sean también personajes de “Macbeth” o “Las mil y una noches”. Por eso toda la instancia de entrar a las tres casas y empezar a trasladar los trajes estuvo cargada de suspiros. No importan los tapabocas, las botas de goma, la exposición a polvo en todas las partes de su cuerpo que no estaban tapadas, las manos todas ajadas, los ataques de alergia.

    “Uno de los primeros descubrimientos fue el vestuario que usó Alberto Candeau para Macbeth. Era una túnica color mostaza hecha de pañolenci, con apliques de la misma tela, todo hecho a mano. Una belleza. Encontrarlo fue una emoción. Hay una manga que está impecable y la otra, desecha. Y ahí tenés que tomar una decisión y te das cuenta del valor que tiene, por el actor, por la técnica de la realización. Hasta que decís: ‘esto es un tesoro’”, cuenta Claudia Copetti. “Prendas tesoro” se llamarán los grandes hallazgos de este periplo. “Es la manera como las llaman en el Teatro San Martín de Buenos Aires y a nosotros nos gusta mucho”, dice Copetti.

    Para Marcelo de los Santos, esos son algunos de sus mejores momentos del rescate. “Descubrimos que había una cantidad enorme de vestuario de época. Yo ya no sé qué elegir. Hay una variedad de mangas de siglo XVI y XVII que son increíbles. Después está todo lo que se produjo en la época de Margarita Xirgu y que nosotros conocemos por el trabajo del Ciddae (Centro de Investigación, Documentación y Difusión de Artes Escénicas), entonces cuando das con ellas, las podés ver y tocar: es maravilloso”. Para María Laura Zorrilla —familiar de las hermanas China y Guma Zorrilla, pues su abuelo era primo hermano— es inevitable decir que una de las instancias más emotivas del proceso fue encontrarse con un vestido de China. “Es diminuto. Debía de ser una adolescente cuando lo usó”, dice Zorrilla.

    Isabel Mañosa explica que con todas estas piezas tesoro el objetivo es lograr obtener la información más detallada posible. Saber cuándo fueron usadas, en qué obra, quién las diseñó, quién las usó. Lograr que haya un registro, un inventario y una recuperación de estas prendas hace que se revalorice el trabajo de los diseñadores de vestuario. De los que murieron y de los que viven. Y que, también, se piense en que las piezas más recientes, las que tienen pocos años de creación, permanezcan sanas para que se disfruten en las próximas décadas. A su vez, la base de datos va a conservar lo que hasta ahora estaba en las memorias de las mujeres que llevaban adelante el equipo de vestuario de la Comedia. Hay nombres históricos como el de Yolanda, Iris y ahora el de Mariela Villasante. Mariela es el disco duro de todo lo que estaba en esas tres casas, la que sabía dónde había que ir a buscar si se necesitaba una camisa blanca, una bombacha de campo, un blazer negro. En buena medida es la que guardó algunas joyitas que corrían riesgo de extinción.

    Ahora, con el avance del proyecto de recuperación del vestuario, el peligro está lejos y las ideas que aparecen a su alrededor son varias. La primera, ya aprobada, es la de hacer un coloquio sobre vestuario en el marco de los festejos de los 70 años de la Comedia Nacional. Que se forme un centro de referencia de vestuario, una de las más ambiciosas. Y, después, todas las investigaciones que aparezcan cuando la casa esté 100% en orden. Pero, por sobre todo, está el valor. “Cuando presentamos el proyecto a fines de 2015 nos encontramos con que podíamos pasar a valorizar esas prendas más allá de lo estético e histórico hasta llegar a convertirlas en un patrimonio que está en el medio entre lo tangible y lo intangible”, dice De los Santos. No es poco.