El año pasado, a esta altura del año, se publicaba un estudio que decía que hacerse el difícil en el terreno sentimental, mostrarse esquivo, no siempre disponible, volvía a esa persona más atractiva para el otro. “Si es difícil, es más divertido”. “Si no te dan bola, te empecinás más”.
Si funciona o no, he ahí la cuestión. Si bien el saber popular dice que sí, que la incertidumbre alimenta el interés, una investigación del Centro Interdisciplinario Herzliya, de Israel, y la Universidad de Rochester derriba estos supuestos basándose en una prueba realizada con mujeres y hombres de entre 19 y 31 años. En los participantes, la atracción crecía al saber que era recíproco. La incertidumbre, en pocas palabras, extinguía la llama. La reacción tiene su explicación, pero claro que no es universal. La táctica de hacerse el difícil sigue vigente, y es un juego que, para que funcione, el jugador debe conocer las reglas, dosificar las demostraciones con maestría y, seamos honestos, tener un talento nato.
El éxito de mostrarse escurridizo depende de lo que busque la otra parte. “Si no me interesa demasiado y se hace el difícil, chau”; “es diferente el nivel de dificultad que ponés cuando querés engancharte con alguien en serio, que cuando querés algo pasajero”, dijeron algunos a galería. Nadie está dispuesto a trabajar tanto o invertir tanto tiempo y pienso si lo que está buscando es sexo casual. “Ambos sexos prefirieron el prospecto de alta disponibilidad para sexo casual. Las mujeres prefirieron un prospecto de disponibilidad ‘media’ para una relación romántica comprometida, mientras que los hombres prefirieron compañeras de disponibilidad ‘baja’ para relaciones románticas comprometidas”, explican Jonason y Li. El que persista ante el interés intermitente del otro, entonces, va a ser el que busque una relación más a largo plazo, y lo hará también porque la imagen que el más esquivo de la ecuación proyecta es de que está solicitado, que tiene opciones, y si es así, se asume que tiene “cualidades supremas de pareja”. Esto aplica a hombres y mujeres por igual: llegado el momento, “los dos sexos quieren un compañero de alta calidad que esté dispuesto a comprometerse”, sostiene la investigación. Están también los que encuentran satisfacción además en el triunfo, en sentir que conquistaron a quien al principio parecía inalcanzable.
El encanto del interés mutuo. Y entonces aparece en escena el otro estudio, el más reciente, que dice que todo esto, que tiene tanto sentido, no es tan así. O no aplica siempre. Este último, el que llevaron a cabo el Interdisciplinary Center Herzliya de Israel y la Universidad de Rochester, y que publicó la revista académica Computers in Human Behavior, dice que “aquellos que sienten más certeza de que el interés por un posible compañero romántico es recíproco, pondrán más esfuerzo en ver a esa persona de nuevo”, y lo encontrarán más atractivo que si tuvieran menos certeza de su interés romántico en ellos.
Una de las explicaciones que ofrece Harry Reis, profesor de psicología de la Universidad de Rochester y coautor del estudio, es que las personas “tienden a protegerse de un rechazo doloroso distanciándose de compañeros que pudieran rechazarlos”. Según él: “las personas experimentan mayores niveles de deseo sexual cuando se sienten seguros del interés y aceptación de una posible pareja”.
“No tolero mucho el rechazo. Capaz que una falsa dificultad sí me engancha, pero no más que eso”, dijo a galería uno de los encuestados, y algo de eso queda demostrado en los resultados de este experimento, en el que participaron 51 mujeres y 50 hombres solteros y heterosexuales, de entre 19 y 31 años. Se les decía que tendrían un chat online con otro participante, que en realidad era un miembro del equipo de investigación, y se les pedía que se tomaran una foto y se la mandaran a ese otro participante. A su vez, ellos recibían una foto del otro, que era siempre la misma mujer para todos los hombres, y el mismo hombre para todas las mujeres. Después de eso abandonaban la habitación, y a algunos se les decía que había un nuevo mensaje del participante con el que habían estado chateando esperando por ellos, y a otros se les decía que no tenían ningún mensaje más. Después de eso, se les pedía que puntuaran cuán deseable era la persona con la que habían chateado. Los participantes que mejor puntuaron al posible candidato fueron aquellos a los que se les dijo que tenían un mensaje esperando por ellos, para los que el nivel de certeza de aceptación por el otro era mayor.
“La respuesta es clara —escriben los autores—: el deseo sexual crece cuando la incertidumbre es reducida”.
I’m too sexy. En caso de elegir, de todas maneras, jugar el juego y hacerse el difícil, ¿en qué consiste el juego? ¿Cómo se juega? ¿Cuáles son las reglas? Según explica Helen Fisher —una antropóloga estadounidense autora del libro Por qué amamos— en pocas palabras, se trata de “atraerlos al dormir con ellos, reír con ellos, hacer cosas con ellos, pero siempre de manera muy casual”.
Para aquel primer estudio, el equipo de Jonason y Li diseñó una encuesta en la que detallaron posibles comportamientos a los que suelen recurrir los que juegan el juego: moverse con seguridad, hablar con otras personas, posponer el sexo, propiciar contactos físicos accidentales, ser impredecibles, demorar en responder las llamadas o los mensajes, no hablar mucho de sí mismos, mantener distancia, parecer inalcanzable, no demostrar demasiado, rechazar algunas citas al principio, decir todas las cosas correctas pero no llamar, cancelar planes a último momento, tener escasa disponibilidad, actuar como si siempre se estuviera ocupado, mostrarse difícil de retener, mostrar un interés al principio que después se desvanece, buscar atención y después ignorarla. Las más utilizadas resultaron ser las últimas cinco.
“Agradezco haber sido soltera en la época en que no existía WhatsApp y no te podían clavar el visto y no responder”, dijo una mujer a galería. En la era de los mensajes de texto, la paranoia del que espera se multiplica, primero viendo la última hora de conexión del “difícil”, solo para torturarse pensando si es que estuvo conectado e ignoró el mensaje. Después, una vez que los dos tics celestes indican que ya lo vio, esperando la respuesta. No hay quién siga este proceso sin ansiedad, y pocos pueden evitarlo si la otra persona les interesa.Esa interpretación desesperada de señales retrata otro diálogo de Simplemente no te quiere, entre Gigi y Janine.
—Pidió más bebidas cuando vino la mesera. Se acordó de lo que estaba bebiendo. Inició el abrazo, dijo “gusto en conocerte”.
—¿Eso fue al final o al principio de la cita?
—Al final. ¿Por qué? ¿Eso importa?
—Sí. “Gusto en conocerte” al principio es normal. “Gusto en conocerte” al final, puede significar adiós.
—Quizás fue al principio.
—Está bien. Te va a llamar.
—O quizás fue al final. O quizás le dio gusto conocerme.
Estas tácticas para mostrarse distante no pueden utilizarse indiscriminadamente. Claro que ese error solo cometería un principiante. Quienes dominan el arte de hacerse el difícil, (además de tener, en casos extremos, algo de narcisistas y manipuladores) saben que se trata de mantener en el otro el equilibrio perfecto entre entusiasmo y frustración: mantener la distancia y conservar algo de misterio, que las puertas no queden abiertas de par en par, que el otro sienta que hay una parte a la que no puede acceder. Las demostraciones se ofrecen con cuentagotas, sabiendo que el que espera tendrá un rush de felicidad cuando lleguen, y que con esa dosis deberá subsistir hasta la próxima, que quién sabe cuánto tarde en llegar. Demostrar que se tiene la posibilidad de elegir, de que hay otras opciones disponibles, vuelve (o no) a la persona más deseable. Si hay interés, sabrá esperar, piensa (el que se hace) el difícil. Tampoco es solo cuestión de aplicar un par de reglas elegidas al azar; es necesario también conocer los atractivos propios, saber cómo llamar la atención en los momentos indicados, y no llevar el juego demasiado lejos, porque todo el mundo tiene un límite.
Este tipo de incertidumbre, casi que por definición, no se puede mantener indefinidamente. “Cierta cantidad de misterio puede ser atractivo al principio de una relación, porque a la gente le gusta mucho el misterio, pero por un tiempo; después cualquiera se harta”, dijo Fisher. En un momento se vuelve cansador intentar interpretar las señales, cuando son tan vagas y espaciadas en el tiempo. Según la antropóloga, “jugar a hacerse el difícil puede funcionar solo al principio de una relación. Pero dado el hecho de que tendemos a enamorarnos de las personas que sabemos que están interesadas en nosotros, es algo peligroso de hacer a largo plazo”.
“¿La mejor estrategia? La persistencia. Que el otro se sienta querido, interesante”, dijo un chico a galería. Para muchos funciona así: de un lado, demostrar el interés sin pensar demasiado; del otro, recibir esa atención que habla de que se es especial para alguien, y responder (cuando es mutuo, claro) con naturalidad. En pocas palabras, que fluya.