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Woody Allen gusta más o menos, pero siempre moviliza. Convertido en ícono cultural es para muchos una referencia inevitable a la hora de manifestar sus opiniones cinéfilas. Estos seguidores citan parlamentos y escenas como si se tratara de versículos bíblicos. Algunos son tan puristas en sus exigencias que se sienten decepcionados al ver las últimas producciones que innovan demasiado la propuesta conceptual y estética, o que no alcanzan los niveles de calidad anteriores. Están quienes —ya por falta de empatía estética, ya por acusarlo de intelectualizaciones excesivas— lo rechazan con determinación resuelta. Desde hace unos años, la tribu detractora se ha visto ampliada por los que no logran separar lo público de lo privado y se niegan a aplaudir a un artista sobre el que pesan severas acusaciones de abusos reiterados en el seno de la familia. En cualquier caso, el fenómeno Allen no pasa inadvertido y cada título es una invitación a ver o no ver, adorar o disentir.
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Lo descubrí tarde. Quiero decir, cuando ya llevaba una veintena de películas hechas. No sé por qué se dieron así las cosas. Varios de mis amigos pertenecen a su grupo de fanáticos y en las reuniones nunca faltaba alguna alusión que recordara una escena ingeniosa en la que el humor servía para reflexionar acerca de cuestiones trascendentes de la vida. Durante años los vi sonreír al comentar con una complicidad divertida alguna genialidad de Woody Allen que los incluía en una especie de cofradía selecta y a mí, ignorante, me dejaba fuera. Un día alguien me mostró una escena de Todo lo que usted quería saber… y desde entonces me cuento, no entre los seguidores más fervorosos, pero sí entre los que aprecian el talento, la capacidad de observación aguda y la crítica hecha con inteligencia. Con curiosidad espero la nueva película y voy al cine convencida de que no veré nada descollante, pero segura de que siempre habrá algo bueno.
Más allá de sus clásicos, si tuviera que destacar algún título de su última época, mi gusto se decantaría por Match Point y Medianoche en París. Dos películas tan distintas que solo pueden hallar puntos de unión en la obsesiva recurrencia del director a asuntos vinculados al encadenamiento de los hechos, las ucronías, la incidencia de la suerte o el destino, las consecuencias de estar en determinado lugar en el momento equivocado o justo, en fin, esa telaraña de causalidades que nos rigen y ante las que el libre albedrío tiembla. Todos asuntos profundos que rozan la reflexión existencial y que, sin embargo, suavizan sus asperezas filosóficas y se ofrecen al espectador como una posibilidad cercana y amable de pensar en grande desde lo pequeño.
La semana pasada fui a ver Café Society con la misma disciplina, es decir, la del alumno que ha sido alguna vez deslumbrado por un profesor brillante y se ha vuelto asistente fiel a sus clases, más por costumbre que por esperanza de reeditar aquel deslumbramiento. Y sabiendo que, por flojo que sea el desempeño, el talento es demasiado como para que el desencanto sea pleno.
En efecto, no sentí que hubiera una superación con respecto a películas anteriores. Tampoco me sorprendí. Disfruté, sí, ante la magnífica reconstrucción de época, una delicia de vestuario, música y arquitectura que enmarca una trama sencilla de enredos amorosos y conflictos domésticos tan comunes y universales que bien podrían ser extrapolados hasta el presente desde esa década de los treinta. La naturaleza humana, después de todo, es la misma y Woody Allen es experto en mostrar sus grietas.
Desde la butaca y en las horas posteriores a la salida, no sentí que la película me hubiera afectado. Algo que, por definición, es imposible porque uno jamás es el mismo luego de una experiencia artística. A esta altura tendría que saberlo. Sin embargo, creí que nada había pasado y no presté atención a un detalle que solo veo ahora, mientras escribo. Necesité guardar silencio. Nada de palabras. Solo silencio. Debí haberme dado cuenta de que la ligera molestia que sentía no era hija del domingo por la noche, sino de que la película estaba calando, dibujando su camino hacia el interior de mis emociones y allí se instalaba, punzante, incómoda.
Ni las suaves trazas de humor, ni la encantadora puesta en escena, ni la resignación con la que los personajes aceptan su peripecia, habían conseguido limpiar un dejo de amargura. Ese gusto amargo era mi molestia. Evocador, como todos los estímulos sensoriales, me obligaba a transitar algunas de esas zonas que uno prefiere poner lejos del pensamiento.
Desde una mirada nostálgica, bordeando la melancolía, la película nos confronta con esa realidad terrible. Y es que nunca sabremos cómo hubieran sido las cosas si tan solo un mínimo detalle de nuestra vida se hubiera dado distinto. O peor, imaginar lo que pudo haber sido. Idealizar esa circunstancia imaginada y convencernos de que, fuera lo que fuera, hubiera superado nuestro presente. Es decir, nos hubiera hecho más felices. Una fantasía que cada tanto nos tortura disfrazada de certeza.