• Cotizaciones
    lunes 13 de julio de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Los implacables

    N° 1972 - 07 al 13 de Junio de 2018

    Sucedió más o menos así: estábamos en clase traduciendo un poema de William Ernest Henley. Invictus, para ser precisa. Por algún motivo nos desviamos del texto y recalamos en una frase que venía de otro lado y que, trasladada al español, nos conducía a una duda: ¿cuál es la preposición que corresponde al verbo apresurar en su uso pronominal? ¿Se dice apresurarse a o apresurarse en? Nos miramos con expresión desconcertada. Hicimos una primera consulta a los diccionarios en línea, pero no obtuvimos una respuesta convincente.

    Es posible que, en silencio, cada uno añorara el buen consejo de un libro. A un libro de papel, me refiero. Pero nos encontrábamos lejos de la biblioteca e Internet parecía una opción práctica. Buscamos un poco más y hallamos algunas respuestas en páginas de lo más diversas. Sin embargo, no lograron satisfacernos, por cuanto no se trataba de aceptar aquello que sonara mejor a nuestros oídos o nos pareciera más cercano a lo correcto. Uno de los riesgos de Internet es ese: dar por bueno aquello que refuerza una creencia previa. En pocas palabras, quedarnos con lo que nos conviene y desechar lo que nos disgusta o no entendemos.

    Así que optamos por no asentarnos en esa comodidad tramposa. Parte de mi tarea consiste en compartir con los alumnos la fascinación que produce la enormidad de una lengua viva, en constante movimiento y, por tanto, inabarcable. Transmitirles un espíritu de duda razonable me parece vital en el proceso docente. No se trata de volverlos inseguros, sino prudentes. Los estudiantes de traducción suelen ser universitarios formadísimos en el uso de la lengua materna y su natural amor por ella los lleva a cultivarla con devoción de enamorados. No encuentran aburrido bucear en diccionarios porque entienden que la potencia creadora de las palabras está en la delicia de sus matices. De modo pues que no es necesario hacer esfuerzo alguno para que exploren por su cuenta. La tarea más importante del docente de traducción, según creo, es inculcarles una dosis de humildad académica ante una lengua que los supera y que solo domesticarán ?en forma parcial, claro? si profundizan en ella. El aprendizaje es, por tanto, permanente y para siempre.

    Quizá debimos haber acentuado la búsqueda, pero no quise distraer más tiempo de la clase y me pareció mejor aceptar la sugerencia de una alumna que propuso hacer una consulta a la Real Academia Española. Continuamos revisando las traducciones que habían hecho y el asunto quedó para una oportunidad venidera. Una semana más tarde, la alumna volvió con la respuesta. El Departamento de “Español al día” recomendaba que, si bien el verbo apresurarse con el significado de darse prisa se construye con la preposición a cuando sigue una oración, la Academia también ha documentado el uso de la preposición en. Se inclina por la primera y destaca una diferencia de interpretación que algunos hablantes establecen. Según estos, decir Se apresuró a preparar la ensalada significa que alguien lo hizo deprisa; en tanto, Se apresuró en preparar la ensalada significaría que lo hizo antes del tiempo debido.

    Uno de los riesgos de Internet es ese: dar por bueno aquello que refuerza una creencia previa. En pocas palabras, quedarnos con lo que nos conviene y desechar lo que nos disgusta o no entendemos.

    La respuesta nos encantó, no porque confirmara nuestra inclinación por una u otra preposición, sino porque, además de amable, daba muestras de esa humildad imprescindible al admitir la fuerza del uso y la importancia de los hablantes en el devenir de nuestra lengua. La propia Academia aceptaba que, si bien tenía su preferencia, debía advertir acerca de la diferencia de interpretación que algunos hablantes notaban. Con ese sencillo gesto se rendía ante la fuerza creadora de los usuarios, los verdaderos formadores de la lengua. Dimos el asunto por concluido y continuamos traduciendo.

    Como en casi toda experiencia docente, la ganancia fue doble. En este caso, no solo habíamos aprendido algo más sobre las endiabladas preposiciones, sino que habíamos consolidado nuestra certeza acerca de que, en materia de lengua, dudar un poquito está bien a veces. Lo más gracioso fue que a lo largo de esa semana durante la que nos mantuvimos a la espera de la respuesta, pregunté a varias personas de mi entorno si convenía decir apresurarse a o apresurarse en. Todas esas personas eran usuarias competentes del español, aunque ninguna de ellas se dedicaba a su estudio. Las respuestas oscilaron entre una preposición y otra. En todos los casos surgieron sin demora ni duda. Fueron implacables en su certeza. Se los comenté a mis alumnos y sonrieron. Fue una sonrisa de comprensión; no de engreimiento.

    No se trata de sobrevalorar la labor de los traductores. Está claro que el mundo no se detiene por una preposición de más o de menos. Tampoco se arreglan sus problemas. Esta anécdota es solo una muestra de cómo, en todos los órdenes de la vida, cuanto más sabemos, más conciencia hay de cuánto nos falta por saber. En esa búsqueda se aprende. Del mismo modo, el que no sabe y no admite que no sabe, ni se entera. No es raro que esa ignorancia arrogante de los implacables genere más ignorancia y estancamiento.