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    Los nube negra

    N° 1995 - 15 al 21 de Noviembre de 2018

    Parecen una tontería. Cuando nos llegan, los reproducimos sin dedicarle ni un segundo de reflexión o les restamos importancia y los olvidamos. Sin embargo, dejan huella. Incluso en nuestra sensibilidad casi saturada ante la avalancha de las redes, hay espacio para que se nos cuele su pestilencia y nos vayamos impregnando de ella. Huelen mal; hacen daño. No solo a quienes son blanco de su agravio, sino a quienes los recibimos en nuestro teléfono, incluso si los subestimamos y creemos que nos hemos acostumbrado a ellos. Por considerarlos inocuos ?divertidos, algunas veces? les hemos franqueado el paso y les hemos regalado nuestro inestimable tiempo. Y así, un día, sin darnos cuenta, sentimos un malestar nuevo, una sensación desagradable mezcla de asco y aburrimiento, un desesperado deseo de respirar aire fresco. Estamos intoxicados por ellos. Se nos han colado en el ánimo y, aunque parezca que no pasa nada, hacen mella.

    Son los mensajes de odio y quien los envía es llamado en términos modernos hater, es decir, odiador, el que aborrece. Van desde burlas e ironías hasta la crítica más descarnada o la difamación, casi siempre sin pruebas. Buscan destruir, castigar, ejercer alguna forma de venganza o acaso de justicia, crear enemigos y adeptos. Se aplican a lo público y también a lo doméstico. Y a veces resultan atractivos por su ingenio. Si uno es de los que se deleitan con las miserias de los otros, tiene para entretenerse.

    Está, por ejemplo, el chistecito mordaz que incluye una foto en bikini de alguna funcionaria pública metida en carnes ?como si las gorditas no tuvieran derecho?, y están las reiteradas denuncias de todo tipo a algún sospechoso de corrupción o las referencias a la sexualidad de aquel o de este. Los haters son creativos para la maldad, pero les cuesta producir un mensaje positivo, de aliento. En casi todo encuentran razones para alimentar la suspicacia y se vuelven unos decepcionados perpetuos. No están solos, por supuesto. Es cómplice quien se hace eco de su prédica. Claro que esta complicidad no es gratuita. Participar en la divulgación de estos mensajes implica aceptar las reglas del juego. Y la primera regla dice que nadie está exento. Mañana puede llorar el que hoy se divierte a costa ajena.

     

    Hay gente que disfruta destruyendo. Otra que defiende sus convicciones políticas o sus creencias religiosas atacando a quienes no comulgan con ellas. Algunas veces tienen un sentido mesiánico, la tentación de salvar a los demás marcándoles el camino con su arenga. Las redes les proporcionan el lugar perfecto para propagar su verdad, sea cual sea.

     

    Es cierto que la palabra odio suena a nuestros oídos como la manifestación de una  furia extrema y luce exagerada en este contexto. El odio, según lo define la Real Academia, implica no solo sentir “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien”, sino desear el mal al objeto de ese sentimiento. Es posible que quien envía estos mensajes no sea consciente del daño que causa con ellos o no mida los efectos. En cualquier caso, con intención o sin ella, se destruye a la ligera. Y uno se pregunta por qué esa necesidad de herir desde que abren los ojos hasta que se acuestan.

    Hay gente que disfruta destruyendo. Otra que defiende sus convicciones políticas o sus creencias religiosas atacando a quienes no comulgan con ellas. Algunas veces tienen un sentido mesiánico, la tentación de salvar a los demás marcándoles el camino con su arenga. Las redes les proporcionan el lugar perfecto para propagar su verdad, sea cual sea. Así que no vacilan en enviar noche y día cuanto mensaje negativo reciben o crean, y no se preguntan si el receptor es afín a ellos. Me consta que algunos se sienten incómodos al recibir estos mensajes y, por delicadeza, evitan el embarazoso trámite de pedir al emisor que tenga la amabilidad de omitirlos en su próxima cadena.

    No se trata de negar la realidad ni de limitar la libertad de expresión. Que cada uno diga lo que quiera y se haga cargo de eso. El problema radica en la impunidad y en los excesos. Los haters cansan. Tienen vocación de siega y no de siembra. La costumbre ha disminuido la percepción de hastío y hacemos como que nos desentendemos. Al cabo de años de bombardeo, consideramos natural su presencia, una molestia menor que se pasa por alto sin mayores consecuencias.

    Sin embargo, si nos detenemos a pensar en lo que transmiten, quizá nos sorprendamos al descubrirnos anegados por una sensación molesta. Tanta carga de pesimismo hace que el celular duplique su peso. Despertarse con su mala onda, su intención de lastimar a otro ?aunque ese otro nos disguste y pensemos que merece algún tipo de sanción?, su cinismo, su humor no siempre certero, acaba por abrumarnos porque, de algún modo, también nos envuelven en su clima de desánimo que todo lo oscurece. Ese desánimo existencial es tremendo. Están peleados con la vida y buscan contagiar su tristeza. En el fondo dan un poco de pena.
    Sí, quizá sea demasiado llamarlos haters. Yo prefiero llamarlos los nube negra y los evito todo cuanto puedo.

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