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Aunque parezca mentira, Picasso llegó a Uruguay y con él aterrizó la inmensa complejidad creativa de su obra. No basta con felicitarnos por el gran acontecimiento y repetir una y otra vez que Picasso está en Uruguay; hay que honrar al artista. Y hasta ahora no se ha inventado otra forma de hacerlo que intentando comprender su obra, la que en este caso no resulta ser nada sencilla. Picasso es un artista complejo y profundamente intelectual, cambiante, provocador, experimentador; su búsqueda no fue la de la “clásica” belleza y por eso su obra no puede limitarse al mero acto pasivo de la contemplación.
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Por el contrario, Picasso nos obliga a hacer uso de nuestro intelecto, a seguirlo como si fuera un flautista endiablado a través de sus infinitos juegos formales y sus diálogos consigo mismo, con sus contemporáneos y con los grandes pintores que admiró. Picasso nos impone un acto que, no por exento de dificultad, deja de ser una emocionante aventura de consecuencias imprevistas.
Confío en que estos consejos, a pesar de su concisión numérica y su humildad de contenido, puedan llegar a ser una buena manera de enriquecer la visita a esta histórica exposición, para hacer de la experiencia de ver a Picasso un momento mágico, íntimo e irrepetible. Ese que solo se puede generar cuando nos enfrentamos a la obra de quien fue algo más que un pintor; porque Picasso fue un artista, el artista por excelencia, fue la encarnación del acto supremo de crear.
No se deje intimidar, sea un revolucionario más. La palabra “Picasso” encierra algo de sacramental, algo de dios revelado en la tierra y eso hace que en ocasiones se imponga cierto desa-sosiego si uno no alcanza a conectar o comprender lo que está viendo.
No desespere, recuerde que Picasso hizo volar por los aires todas las reglas de lo que hasta el momento entendíamos por arte y en consecuencia todo en él será diferente. Picasso fragmentó la superficie en un caleidoscopio de planos, simplificó las formas y los volúmenes para que se relacionaran de manera autónoma, creó objetos que se ven con múltiples puntos de vista simultáneamente y así narices, bocas y orejas se ven de frente y de perfil al mismo tiempo. Piense que toda revolución supone la subversión de un orden conocido y en consecuencia lo que antes era, deja de ser. Picasso rompió las viejas reglas para decirnos que ya no hay reglas y no nos queda otra alternativa que aceptar su revolución y sumarnos a ella.
Cambia, todo cambia. Por lo general, todos los pintores tienen un “estilo” que los identifica y eso nos da seguridad a la mirada y también a nuestra sensibilidad. Con Picasso sucede lo contrario; a veces uno siente que está viendo pinturas de artistas diferentes y esa es una sensación perturbadora. En realidad, esto es porque a lo largo de su extensa vida Picasso fue como una especie de esponja capaz de absorber las más diversas y múltiples influencias, transformándose una y otra vez en un proceso de metamorfosis de estímulos pocas veces visto. Fue un devorador de imágenes de apetito insaciable y así hizo del cambio su única constante. Si aceptamos que el cambio también puede ser una regla, su obra se nos revelará en todo su multifacético esplendor.
Amo y señor de la originalidad. Una de las cosas más difíciles no ya para un pintor sino en todos los órdenes de la vida, es intentar ser original, innovador, diferente al otro. De más está decir que Picasso es el amo y señor de estos dominios, porque el cambio en Picasso no es un mero viraje de interés sino el resultado de un complejo proceso mental de ruptura consigo mismo. Se trató de una búsqueda inagotable, algo así como una necesidad existencial que lo impulsó a explorar, a investigar, a experimentar, a lanzarse sin red munido de su aguda reflexión a constantes retos y desafíos. Es una idea desasosegante y su obra la pone de manifiesto, mas es igual de maravilloso dejarse llevar por los asombrosos riesgos que estuvo dispuesto a tomar en cada novedosa transformación y sobre todo descubrir cómo en cada una de ellas siempre consiguió ser distinto a sí mismo sin nunca dejar de ser Picasso.
El arte está en todo y nada es imposible. Y si es difícil comprender su caudal de originalidad, más difícil es pensar que fue capaz de tener la ductilidad y el talento para ser al mismo tiempo pintor, escultor, dibujante, grabador, ilustrador, ceramista, escenógrafo y vestuarista y serlo, además, a través de un torrente imparable de obra que comprende casi 50.000 piezas. Estamos ante una empresa de dimensiones ciclópeas y la sola mención hace que nos dejemos llevar por la sensación de que nada le era imposible. No le falta razón a la idea, pero lo que importa es entender que veía “arte” en un trozo de madera, en una hoja de papel, en un hierro o en un cartón y esto es porque Picasso fue un artista en el más cabal sentido de la palabra. El valor de su empresa no está únicamente en la descollante destreza técnica de los medios —esas habilidades se aprenden—, sino en su inagotable capacidad para crear, para “hacer” arte, para transformar la materia a través de una idea.
Ser libre o no ser. Aún falta lo mejor. Pues porque todo lo dicho anteriormente queda reducido a una anécdota si no decimos que todo lo que creó Picasso a lo largo de sus casi 80 años de carrera artística, lo hizo dominado por el más pleno y desprejuiciado sentido de la libertad. Sí, sé que no es fácil ser espectador de un ejercicio de libertad creativa de tal nivel de desenfado y desborde. Por eso, tómese su tiempo; el arte es un diálogo, una conversación silenciosa y exigente entre usted, la obra y el artista. Requiere paciencia para que la mirada conecte y concentración para que los susurros le den vida a la experiencia. El resto lo hace la sensibilidad y le aseguro que en el Museo Nacional le espera una bellísima y agitada conversación con Picasso.
Asuntos prácticos
- Obviamente, usted va a ir al museo por Picasso. Sin embargo, resérvese un poquito de tiempo para disfrutar de la exposición Figari: nostalgias africanas. Está en la planta baja y es un joyita imperdible. De yapa, tiene obra de coleccionistas privados, por lo que si no las ve en esta oportunidad, luego le será imposible.
- Cuando comience a subir hacia la sala donde está Picasso, va a tener que recorrer toda la galería superior del primer piso. Al hacerlo, no deje de admirar la obra de Rafael Barradas, que le permitirá introducirse en la fuerza creativa de la vanguardia de principios del siglo XX. También está la obra noucentista y constructiva de Joaquín Torres García. Pocas obras de ambos, pero las suficientes para degustar un delicioso entremés que a manera de prólogo ayuda a disponer “el ojo” para lo que va a ver en la sala mayor.
- Cuando vaya a entrar a la sala de la exposición, no gire hacia la derecha para comenzar su vista como hacemos todos (vaya uno a saber por qué). No lo haga, porque ese es el final. Debe dirigirse hacia la izquierda, o sea a la izquierda del panel que tiene la inscripción Picasso en Uruguay.
- La curaduría de Emmanuel Guigon, director del Museo Picasso Barcelona, es un verdadero tour de force. No solo porque magistralmente contó en 45 obras gran parte de las etapas creativas de Picasso, sino porque los siempre aburridos y generalmente ilegibles textos de sala son en esta oportunidad accesibles y tremendamente útiles. Cada vez que cambie de sección, deténgase y lea antes de ver la obra, le será de mucha ayuda.
- Y finalmente, no por banal menos importante. Si es friolento, llévese un saquito. La sala está climatizada en temperatura y humedad para la mejor protección de las obras. Picasso es el invitado de honor y nosotros sus dignos anfitriones.