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    Nosotras, las depiladas

    Pierna. Media pierna. Tres cuartas piernas. Muslos. Entrepierna. Glúteos. Medio glúteo. Tira de cola. Tira de ano. Línea de bikini. Pelvis completa. Media pelvis. Abdomen. Cintura. Axilas. Rostro. Bozo. Cejas. Mentón. Patillas. Brazo. Medio brazo. Pezón. Abdomen. Cintura. Pies. Empeine. ¿Falta algo?¿Hay alguna parte de nuestra femenina humanidad que no esté detallada en ese papel, despiadado, que se encuentra estampado en la pared de muchos de los tantos centros de depilación que hay en Montevideo? No. Parece que no. Está todo ahí. La anatomía de la mujer desglosada como en la pizarra de una carnicería. Con su respectivo precio al lado, claro.   

    Lo leo con estupor, una y otra vez, cuando voy a pagar por las partes que me depilaron, después de haber padecido esa media hora de tirones en la que mi piel queda —por unos pocos días— libre de pelos. Mi piel demasiado clara, híper sensible, que tanto cuido de exponerla al sol, cada 20, 30, 40 días queda dolida, quemada, enrojecida. Eso sí, sin pelos.

    Antes, la rutina. Llegar. Tocar timbre. Abrazar sin mucho remedio el olor dulce y profundo de la cera. Responder a la pregunta evidente (“¿para depilar?”). Recorrer el espacio y contar cuántas mujeres hay. Preguntar: ¿quién es la última?”. Calcular el tiempo de espera. Ensayar la cara de nada. Chequear Whatsapp, Facebook, Twitter, Instagram. Mirar el revistero. Dar con una revista de hace unos meses. Devorar con culpa los pormenores de la separación entre Benjamín Vicuña y Pampita. Empatizar con ella, odiarlo a él. Escuchar de fondo a Enrique Iglesias cantando en Radio Disney. Descubrirme espantada tarareando las siguientes líneas: “Yo quiero estar contigo, vivir contigo, bailar contigo, tener contigo, una noche loca”.  Encontrar a Victoria Rodríguez y a Eunice Castro sonrientes colgadas en las paredes.

    Esperar que el tiempo pase mirando las bombitas de bajo consumo con esa luz blanca poco benevolente. Pensar: “soy una vaca esperando entrar al matadero”. Y escuchar, al fin: “¿quién sigue?”. Caminar, ahora sí, al matadero. El matadero —alguna vez fue blanco e inmaculado, ya no— es un cubículo con una camilla forrada en papel film, un ventilador, una mesa con una pinza de cejas y una crema hidratante poco atractiva, y en una de las paredes, de nuevo, Eunice exhibiendo todos sus dientes, feliz y depilada. Y yo, muy poco feliz, con las piernas colgando de la camilla y mi cuerpo expuesto, pienso siempre lo mismo: “poco, el dolor dura poco”. Antes la depiladora en cuestión pone play y pregunta: “¿qué te vas a hacer?”. Yo —cara de nada, voz de nada— repito mi lista de memoria; como si el acto tan masoquista de arrancar buena parte de los pelos de mi cuerpo fuera de lo más natural.

    Pareciera, sí, que todo este asunto de la depilación es cotidiano. Y las mujeres uruguayas, ya no es cuestión de las más jóvenes, cada vez se depilan más. Solo así se puede explicar esa lista despiadada. Nos depilamos lo que se ve y también lo que ven unos pocos. La depilación total de pelvis es, dicen las responsables de varios de los centros estéticos de Montevideo, muy habitual. Habitual y descarnada, hay que decirlo. El asunto es tan común que, en algunos de las casas de depilación, está incluida en el combo pierna entera + bikini por la módica suma de 470 pesos. Si la mujer así lo desea, se irá a su casa sin un solo pelo, como cuando era niña. Y parece que son muchas las que así lo desean. Sin embargo, en países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España y varios más, desde hace unos años se escuchan varias voces —algunas muy potentes, muy célebres— que están en contra de este hábito. A fines del último diciembre, en plena temporada alta de lucha contra los pelos, la escritora argentina Virginia Cosin escribió en el suplemento “Las 12” del diario “Página 12” estas palabras: “Quemaría todo lo que quema en el cuerpo y arranca desde la raíz. Una tortura legitimada por las revistas femeninas, las modelos, casi todas mis amigas, incluso las feministas. El concepto de que si es moda pelarse entera, abrirse de gambas, sacarse todo lo que no es piel, si es moda regresar al estadio lampiño de la infancia más remota, suavecita cual bebota, entonces no incomoda”.

    Mientras muchas mujeres se rebelan o, al menos, se dan el lujo de reflexionar sobre este asunto, es cada vez más común escuchar la defensa, el justificativo de las que eligen depilarse todas. “Es más higiénico”, “Quedás más prolija”, “Estoy más cómoda”. Eso dicen. Eso es lo que creen.

    Dos décadas de tirones. Tendría 13, 14, 15. No lo recuerdo con tanta claridad. Vino mi madre y dijo: “Vamos a lo de Perlita”. Perlita era su depiladora. La mujer que había depilado a mi madre desde la adolescencia. La misma que me depilaría a mí. Y allá fuimos. Yo, imagino, con los nervios que vienen con toda primera vez. Perla vivía en una casona enorme de la calle Rodó, te abría la puerta con varios cerrojos con un pucho en la mano, te decía: “Pasá por acá. Sacate la ropa. Yo ya vengo”. Y volvía a los cinco minutos con un tarro rebosante de un líquido que era una mezcla asesina de glucosa y cera. No recuerdo el dolor, ni la vergüenza, ni el calor, ni el tirón, ni qué hablamos con mi madre en el camino de regreso, ni cómo me sentí sin pelos, sin los pocos pelos que tenía. La memoria bloquea y la mía tiene una maestría en bloqueos. Sí me acuerdo de que mi madre dictaminó lo que me tenía que sacar: axilas y media pierna. Todo lo demás vino con el tiempo. La pierna entera, entrepierna, el bozo, la limpieza de las cejas.

    Dejé de ir a lo de Perla y empecé a frecuentar estos santuarios de lo lampiño. Conozco unos cuantos. En muchos de ellos hay que reservar una hora y son tan, pero tan exitosos, que conseguir un turno en los meses de temporada alta de depilación es imposible. Entonces hay que recurrir a la paciencia y recorrer los centros que funcionan con orden de llegada. Esos centros, un viernes de diciembre, pueden tener en cualquiera de sus sucursales una hora y media de espera. Con esta diferencia y algunas otras en su método de trabajo, hay un culto evidente al depilado total. No es una cuestión de mayor recaudación, porque en la mayoría de los casos la diferencia de precio es mínima. Hay una convicción de que no tener pelos es más estético, más higiénico, más práctico.  

    Analía Sánchez, de Depilarte (abierto en Pocitos desde hace siete años), dice que una vez que la mujer se depila toda la zona genital no vuelve atrás. “La mayoría de las mujeres que vienen acá se hacen la depilación total”, cuenta. Bárbara Haim, de Bendita Vanidad (abierto en Pocitos desde junio de 2015), asegura que depilarse la pelvis completa y también la zona interior de los glúteos (la famosa tira de cola) es una tendencia. “Las uruguayas se depilan cada vez más. Nuestras clientas vuelven cada 20 días o un mes”, dice Haim.

    Mujeres esclavas del siglo XXI. Eso somos. Y los hombres se han acostumbrado a vernos sin un pelo. Tengo amigas —en sus 30, claro, las de 20 suelen depilarse todas— que se han quedado petrificadas con frases como “Nunca vi tanto pelo junto” o preguntas como “¿No te depilás?”. Sé de parejas que les han pedido a sus esposas que se depilen todas. He escuchado a varios hombres hacer declaraciones sobre su gusto por las mujeres lampiñas y catalogar a las que no lo hacen como “hippies” o “rústicas”. También está la cátedra —integrada por ambos sexos— de los que hablan de un mayor placer sexual cuando no hay vellos de por medio. Están los hombres que dicen que no les gusta, que les remite a la niñez, que les genera una sensación incómoda, que piensan de inmediato en la pedofilia. El tema es motivo de charla y discusión desde hace varios años entre grupos de amigos y todos tenemos una opinión formada al respecto. Las voces del mundo. Antes de que el asunto de la depilación total fuera un verdadero asunto, en 1999, Julia Roberts llegó a Londres para la presentación de su película “Un lugar llamado Notting Hill”. La actriz —hermosa, vestida de rojo, peinada, maquillada— se detuvo a dar una entrevista y levantó el brazo para saludar a los fanáticos y en ese segundo fue la sorpresa del mundo entero. Julia Roberts no se había depilado las axilas. El resto fue uno de esos escándalos inolvidables. Con el siglo XXI ya encaminado, varias celebridades han aparecido en acontecimientos públicos —siempre vestidas impecables— con las axilas sin depilar. Britney Spears, Beyoncé, Drew Barrymore, Juliette Lewis fueron algunas de ellas. Statement le dicen. Se sumaron —a través de sus cuentas de Instagram— Madonna y Miley Cyrus, entre otras. Lady Gaga apareció en 2013 en la tapa de la revista “Candy” con su pelvis sin depilar. Cameron Diaz y Gwyneth Paltrow fueron más allá y hablaron del asunto.

    En su libro de autoayuda “The Body Book”, publicado en 2013, Diaz escribió lo siguiente: “He escuchado que hay una gran moda por estos días en los que las mujeres jóvenes se están haciendo la depilación definitiva. Personalmente creo que la depilación permanente que se hace con láser es una idea muy loca”. Desde ese entonces, la actriz ha defendido con mucho entusiasmo la sensualidad del vello púbico. En una entrevista con “The New York Times” sobre este tema Diaz declaró: “Simplemente les ruego a las mujeres que consideren no hacerse algo permanente allí abajo. Depílense todas, dejen que el pelo crezca salvaje y tupido, aféitenselo como un corazón, una línea o una torta de cumpleaños. Recórtenlo, pónganlo lindo, tíñanlo como si fuera un huevo de Pascua, solo tengan en cuenta que las tendencias y las preferencias cambian y hay que tener la posibilidad de tener opciones en el futuro”. Paltrow, en plena gira de “Iron Man 3”, también en el mismo año, se refirió en varias oportunidades a que su pelvis tiene un look natural que se parece bastante al de las mujeres en la década de los 70.

    El valor de cada una de estas expresiones radica en que las mujeres llevamos años, tal vez, décadas observando cuerpos impolutos, pieles tersas, poros inexistentes, pelos que fueron erradicados de la anatomía de la mujer. Y de tanto verlo lo hemos querido imitar. Porque esto de la depilación total lo vemos en la publicidad y también en películas o series.

    En uno de los capítulos de la famosa “Sex and the City”, Carrie Bradshaw y sus amigas viajan a Los Ángeles. La protagonista va a depilarse y pide turno con una de las depiladoras de las estrellas que decide dejarla sin un solo pelo en su pelvis. “Brazilian wax”, le dice Samantha cuando Carrie les hace el cuento de lo que le sucedió. Con Bradshaw cientos de miles de mujeres en el mundo le pusieron nombre a ese estilo de depilación. El asunto fue recurrente en las varias temporadas de la serie de HBO y después volvió a aparecer en la película de la tira cuando Samantha le pregunta a Miranda si no se depilaba, cuando están tomando sol en México. “¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste? ¿En 1998?”, le pregunta. La serie “Girls”—muchas veces catalogada como la “Sex and the City” de las mujeres de 20, aunque, probablemente, mucho más realista— mostró a una de sus actrices secundarias sin depilar en una de las pasadas temporadas. Gaby Hoffmann, la actriz que interpretó ese papel en la creación de Lena Dunham y que apareció también desnuda en la película “Crystal Fairy and The Magical Cactus”, dijo tiempo más tarde en una entrevista al diario británico “The Observer”: “Crecí con mujeres con la pelvis tupida.

    Nunca se me ocurrió sacármelo”. Y remató diciendo: “Las personas están obsesionadas con que las actrices somos lampiñas, muñecas Barbie sin grasa”.

    En una nota de “The New York Times”, de enero de 2014, el diario estadounidense da cuenta de que la tendencia del brazilian wax está desapareciendo de los centros de depilados más concurridos de Nueva York. De hecho, la versión estadounidense de la revista “Vogue” acaba de publicar en su edición de febrero un artículo que se titula: “El arbusto tupido es el nuevo brazilian: razones para dejar de depilarse para siempre”. Habrá que esperar si la globalización hace lo suyo y la nueva moda llega hasta el Sur.