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    Ojos inesperados

    Nobleza obliga

    Tres de la tarde. Martes en Montevideo. Estacioné mi auto a una cuadra del Auditorio Nacional del Sodre, adonde me dirigía para comprar unas entradas. Una lluvia finita agrisaba las calles y calaba en el ánimo, pero no lo suficiente como para quebrar mi rebeldía ante el paraguas. No me gusta. Me molesta. Lo evito cuanto puedo. Decidí apurar el paso, aprovechar el resguardo de algunos balcones y no abrirlo. Lo llevé conmigo, de todos modos. También la cartera. Casi vacía, aunque parezca ridículo. Cada día, antes de salir, evalúo qué llevar y qué dejar en casa. No siempre con éxito. Más de una vez me he quedado pasmada, muerta de vergüenza, ante la cara de incredulidad de una cajera en el supermercado cuando, después de haber embolsado toda mi compra, me oye decirle que no tengo ni dinero ni tarjeta. O cuando debo pedir prestada una lapicera en facultad. O corro el riesgo de que me multen por no llevar la libreta de conducir. En fin, más de una vez salgo sin lo que necesito y llevo lo que no voy a usar.

    Al salir del Auditorio la llovizna se había transformado en aguacero y no hubo más remedio que ceder a la incomodidad del condenado paragüitas. La cartera era pequeña, de asa corta, lo que me impedía colgarla del hombro. Doblé el brazo izquierdo, la mano hacia arriba, apenas abierta, y la acomodé en el hueco del codo. Fue un movimiento que no requirió de reflexión previa.  

    Al llegar al auto, me sorprendió un vozarrón que, burlón y divertido, se me descolgó con un comentario inesperado: “Muy elegante. Así se lleva en Europa”. Estamos tan paranoicos, tan desconfiados, tan unos contra los otros, que mi primera reacción fue de alerta. Pero luego lo vi y ya no hubo necesidad de prevenciones ni miedos. Me tomé el tiempo para mirarlo. El tiempo que él me dio mientras acortaba la distancia de diez o doce pasos hasta aproximarse. Sonreía. Con sus pocos dientes sonreía. Y estaba empapado, libre de la tiranía del paraguas.

    Imposible adivinarle la edad. Podía ser un señor de cincuenta, pero también un muchacho de veintinueve. Esos rostros rasgados por arrugas prematuras, rostros de bocas contraídas en inefables muecas, mirada vacía, flacura de siempre, esos rostros son como biografías escritas en la piel. Allí está toda la peripecia vital a la vista, sin distracciones banales para lo superficial. Aun así, creí distinguir una cierta coquetería.

    Estoy casi segura de que tenía los ojos delineados, o con marcas antiguas, vestigio de un maquillaje retirado a medias. Estaba desabrigado, apenas cubierto por una campera liviana. No reparé en el calzado, pero sí recuerdo un pañuelo fino alrededor del cuello. El detalle me resultó encantador, porque no parecía una protección ante el frío, sino un toquecito de estilo del que no sé si él estaría consciente. Hay personas que se despegan del resto gracias a minucias como esta: un peinado raro, una forma particular de calzarse el sombrero, un aro o una plumita en la oreja, un pañuelo fino —fino, sucio y desteñido— alrededor del cuello.

    Le pregunté a qué se refería y me dijo que en Europa la cartera se lleva así, eso dijo. Que lo había visto en alguna película. Soñaba con ir a París y una vez había estado cerca de cumplir su sueño. “Pero no me aseguraban el billete de regreso”, comentó. “No iba a irme si después no podía volver”. No dijo más. Para qué. Mejor era esconderse en el misterio. Dejar mi imaginación colgada de una historia de proxenetas o acaso imaginarle un pasado más venturoso en el que aún había espacio para concretar los sueños. Ya no. Ahora cuidaba autos a una cuadra del Auditorio y su aspiración se había reducido a juntar el montoncito de monedas de cada día. París, la Luna o Tacuarembó daban lo mismo. Todo estaba demasiado lejos.

    Al final de nuestro breve encuentro, luego de ayudarme con las maniobras y recibir el pago con sencilla displicencia, me dijo —de nuevo con tono burlón— que me acordara de él la próxima vez que fuera a Europa. Así nos despedimos. Hubiera querido decirle que ojalá algún día viajara a París, pero me contuve porque la sinceridad de mi deseo podía confundirse con una burla y temí ofenderlo.

    No tengo memoria de cuándo empecé a llevar así la cartera. Es un gesto natural y hasta esa tarde no me había percatado de eso. No sería raro que también yo lo hubiera visto en alguna película. Lo excepcional no estaba en el hecho, sino en la sensibilidad estética del muchacho viejo y en la galanura de su comentario. Fue más que un piropo. Fue un agasajo de extraordinaria fineza. Fueron unos ojos con los que hasta ese momento nadie me había mirado y en cuyo reflejo me sentí halagada con respeto.

    A veces nos vestimos y acicalamos para gente que no vale la pena. Porque está tan llena de sí que no tiene espacio para vernos. Porque en lugar de admiración, le despertamos envidia. Porque siente que somos competencia. Porque no nos quiere y punto. Y porque no va a querernos por nuestra forma de llevar la cartera.

    Con sorpresa descubrimos que ese a cuyo lado pasamos con indiferencia o de quien no esperamos más que una reacción previsible desde nuestros prejuicios, ese y no otro nos salva la tarde.