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Un día como hoy, hace treinta años en París, el presidente François Mitterand inauguraba el Museo d’Orsay. Desde entonces, el soberbio edificio es sitio de peregrinación para los amantes del arte que ingresan a sus salas al encuentro de una de las colecciones más famosas del mundo —en particular, el legado de los impresionistas— y salen extasiados por la belleza de un museo que conjuga con perfecta armonía el esplendor de las Bellas Artes y la elegancia arquitectónica. Tanto que cabe preguntarse si el edificio, con sus estructuras metálicas y su fondo acristalado donde se inserta el imponente reloj, es en sí una obra de arte. Y lo es.
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Al despuntar el siglo XX, en ocasión de la Exposición Universal, se proyectó la construcción de una nueva estación ferroviaria y un hotel junto al Sena y enfrentados en la orilla opuesta con el Jardín de las Tullerías y el lujoso Louvre. Durante cuatro décadas el lugar abrazó la pujanza de una ciudad que se erigía orgullosa como el corazón cultural de Occidente. Pero los avatares históricos que desembocarían en la II Guerra Mundial y algunos inconvenientes operativos —los andenes inadecuados para los avances tecnológicos que la progresiva electrificación conllevaba, entre ellos— hicieron que la estación cayera demasiado pronto en desuso.
A partir de entonces el edificio cumplió diversas funciones. Fue centro de distribución de los paquetes enviados a los prisioneros de guerra y albergó a parte de esos prisioneros durante la liberación. A principios de los sesenta, Orson Welles encontró un paralelismo perfecto entre el laberinto ruinoso que la antigua estación ofrecía y el clima opresivo necesario para rodar El proceso, su película basada en el texto homónimo de Franz Kafka. Y algunas compañías teatrales se alojaron en las salas fascinadas, tal vez, por esa inefable mística nacida de una decadencia sofisticada y exquisita. A pesar de estos usos esporádicos, el abandono fue expandiéndose como una hiedra nefasta. Pronto comenzó a sobrevolar la amenaza de la demolición.
La declaración de Monumento Histórico en 1978 acalló las voces que pedían la caída y poco después comenzaron las obras que culminarían con la inauguración el 1° de diciembre de 1986 y la apertura al público una semana más tarde. Desde ese momento y a base de calidad, el museo fue instalándose en ese exclusivísimo olimpo que ocupan los lugares más visitados por locales y turistas. Imposible ir a París y no detenerse en Orsay. No solo porque estar ante El Angelus de Millet, la Olympia de Manet o La pequeña bailarina de Degas conmueve hasta las lágrimas, sino porque las dimensiones del lugar le confieren una escala humana que permite recorrerlo sin el agobio que producen otros museos demasiado inmensos.
En estos días hay aire de fiesta. Las celebraciones incluyen una muestra de Frédéric Bazille y otra titulada Segundo Imperio Espectacular que propone un recorrido pictórico por esa época de turbulencia política bajo cuya superficie de aparente frivolidad y opulencia se desarrolló uno de los períodos más fructíferos para las artes. Una serie de conciertos y espectáculos acompaña los festejos entre los que destaca la “evocación musical” de Las flores del mal, el poemario censurado de Charles Baudelaire que significó su consagración como enorme poeta.
El próximo fin de semana el ingreso al museo será gratuito y se espera que la ya importante afluencia de público aumente en considerables proporciones. Se trata de acercar el arte a las personas, de volverlo accesible, de sensibilizar acerca de su importancia como factor de humanización y promoción social y de que todos se sientan con derecho a su disfrute. En este marco festivo habrá un espectáculo de danza a cargo del coreógrafo José Montalvo que inundará la nave central y las salas con música, cantantes y bailarines. El sábado por la noche habrá un baile de disfraces y, durante el día, será posible recorrer el museo junto a guías expertos que abrirán los ojos del alma para apreciar no solo el delicioso acervo, sino también las numerosas obras enviadas por otros museos para unirse a la conmemoración del aniversario. Y, por supuesto, habrá talleres y recorridos especiales para atraer a los niños, uno de los desafíos más delicados que debería tener todo museo.
No exagero si digo que la France entera estará de fiesta. Y es porque late en su gente un orgullo de ser, una cuestión de identidad, de pertenencia, una tradición que los une en ese sentimiento común que implica ser francés y que va más allá de ideologías, religiones, crisis o bonanzas económicas. Es el espíritu nacido de saberse orgullosos herederos de una cultura que ha dado al mundo las herramientas nobles de civilización para combatir la barbarie. No se trata de incentivar la peligrosa desmesura del chovinismo, sino de la mejor versión del nacionalismo que, sin necesidad de alentar ideas falsas de superioridad, se enorgullece de su historia y se proyecta al futuro.
Estoy cada vez más convencida de que es en la cultura donde encontraremos la reserva moral y el aliento para consolidarnos como comunidades insertas en una globalidad que, aunque suene a paradoja, parece arrasar con las diferencias a la vez que las incentiva. Es en la cultura donde está el germen del humanismo, el antídoto ante el embrutecimiento que propone el consumismo y el afán de poder exacerbado.
Por eso, no quiero terminar esta columna sin un recuerdo para la Estación Central General Artigas, esa reina dormida por demasiado tiempo. Inaugurada apenas tres años antes que la de Orsay, guarda con esta tantas similitudes en nobleza arquitectónica, en magnificencia y en belleza que no parece loco alentar la esperanza de verla algún día transformada en centro cultural o en museo. Que así sea y que sea pronto, porque un sueño tan prolongado empieza a parecerse a la muerte.