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Más de una vez me encontré frente a una mesa, un esquinero y una biblioteca de mi casa preguntándome dónde más habrá estado él o ella, de qué lo habrán vuelto a hacer, quiénes habrán llorado o celebrado apoyándosele. En otros casos, cruzo la mirada con un florero, un mantel o un sillón y me rio, porque sé.
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“Nunca compraría un mueble en un remate”, dijo hace pocos días en la redacción una de las talentosas profesionales que trabajan en esta revista, y explicó sus motivos: “En la casa de subastas y antigüedades donde trabajé antes, había un piano que se tocaba solo, y había ruidos… pasaban cosas. Los objetos antiguos tienen una energía que no sé si quiero llevar a mi casa”.
No estoy segura de creer en esas cosas, seguramente quien lo dijo tampoco, aunque prefiere evitar la situación, por las dudas. Por otro lado, si son testigos de ciertas cosas que pasan hoy en las casas, también podría ser posible que los fantasmas que las acompañen se espanten ellos, más que quienes puedan verlos, como en aquel maravilloso cuento de Wilde, en el que el pobre sir Simon de Canterville termina rendido ante la familia norteamericana y pragmática, llena de hijos traviesos, y se entrega por fin a la eternidad luego de 300 años de andar apareciéndosele a la gente.
En mi casa ha ganado el gusto por una estética que convoca a los muebles con historia y es más la curiosidad sobre su pasado —quizás por deformación profesional— que la inquietud ante una supuesta vida fantasmal. Pero, por otro lado, me pregunto si necesariamente esas otras vidas que permanecen en una alfombra o un mantel antiguo implican espantos o, al menos, incomodidades para sus usuarios presentes. Quizás también lleven alegría consigo, o un poco de sabiduría. No digo que la vayan a transmitir, pero conocer su historia les podría dar un cierto valor, e incluso regalar un placer adicional a los propietarios actuales.
Decía al principio que muchas veces mirando un objeto me rio, porque si viene de mi familia, habré recordado que estaba en el paisaje cuando compartimos determinados momentos o, como las copas de cristal que fueron regalo de casamiento de mis abuelos, en 1938, para entonces —y para hoy, por qué no— de un modernísimo art déco de forma cónica y tallados geométricos en distintos tamaños para usar según el brebaje que contengan, hoy siento que brindo con ellos.
Se me ocurrió que las personas que llevan objetos a un remate deberían adjuntarle una especie de cartita contando dónde estaba, quién se sentaba allí a leer, o qué fiestas se celebraron sobre esa mesa o a quién le han propuesto matrimonio junto a cierta lámpara. Sí, suena un poco naïf, pero creo que las memorias, que siempre las habrá, nos enseñan cosas a todos: nos ponen la vida en perspectiva, nos ayudan a valorarlas, a cuidarlas y a pensar que con cada cosa que hacemos estamos legando a los que vienen, sobre todo a los que nos ven vivir, que es así, más que con ninguna otra herramienta, como enseñamos.
En esta sexta edición especial de galería Interiorismo se incluye la casa de un artista que convirtió ese espacio en una obra más y, a pesar de haber cuidado cada centímetro cuadrado de estética de una casa antigua, solo apostó por el reciclado donde resultaba imprescindible y dejó que esa casa contara su historia, siguiéndole la conversación pero nunca callándola. Por otro lado, está la estancia de los Stirling, fundada en 1868, que se presenta a quienes la habitan y visiten con la descarnada sinceridad de ese siglo y medio solo aggiornado por las exigencias del mantenimiento, sin máscaras.
Y además las páginas están llenas de objetos vintage que por estos días entre los jóvenes diseñadores y aledaños culturales modernos se han puesto a mezclar lo solemne con lo pop, tratando de ponerle humor a lo primero con colores estridentes y trascendencia al otro con contextos ambientales de seriedad.
Pero también hay mucho más al correr de estas 184 páginas que ya son esperadas como un clásico de la revista.