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    Pongámoslo así

    Editorial

    Parece un episodio viejísimo pero sucedió hace solo una semana: a miles de celulares de toda la ciudad llegó vía WhatsApp —después se multiplicó en Facebook e informativos de TV— el video de la detención ciudadana de una mujer que, se decía allí, había intentado secuestrar a una niña que hacía compras con su madre y hermana en un comercio de Arenal Grande. Se decía allí que la mujer había pinchado a la niña con una jeringa para dormirla y llevársela. La madre se percató y empezó a gritar y en su ayuda se decía que habían acudido las personas que estaban en el comercio y la vereda, que redujeron a la señora a la espera de la llegada de la Policía.

    En el video se veía a la mujer, tirada en la vereda y a un hombre de fuerte complexión, sosteniéndole la cara contra el piso para inmovilizarla, mientras un grupo de personas la insultaba. En forma alternativa, la cámara —presumiblemente de un celular— mostraba la jeringa en un muro. Luego se veía a la mujer dentro del patrullero, esposada, mientras por los orificios de la ventanilla cubierta del auto policial se intentaba mostrar su cara. Los insultos de todo tipo seguían siendo el fondo sonoro de las imágenes. Finalmente se le vio el rostro: era casi una anciana, con una mirada entre sorprendida y aterrada. No se trataba de una mujer agraciada, en realidad, pero no fue por eso que me recordó al jorobado de Notre Dame, y, como él, me generó una tristeza inexplicable (igual me acordé del amigo Ibsen y de tantos que, como él, han expuesto artísticamente los tremendos peligros de una circunstancial superioridad social enardecida).

    Lo que sí era evidente es que una organización de tráfico de niños nunca iba a elegir a esa señora como la ejecutiva de una acción tan compleja como la de secuestrar a una niña en la que quizás sea la zona más concurrida de la ciudad horas antes del Día de Reyes. Ni se trataba de un físico atlético, ni de alguien que estuviera demasiado despierto, ni había vehículo alguno en las cercanías, ni los instrumentos utilizados parecían los más idóneos. Pero no importa, se me puede acusar de decirlo con el diario del lunes.

    El problema, quizás, sea justamente ese: que ahora el diario no lo espera nadie.

    Cuando el diario llegó, esto es, cuando la Policía hizo su trabajo y un juez y sus peritos hicieron su trabajo, y cuando los periodistas hicieron su trabajo, pocas horas después, se supo que la señora, que nunca pinchó a la niña, había amenazado con hacerlo si la madre no le daba dinero; se supo que la supuesta supersecuestradora era, en realidad, una persona con trastornos mentales que no había tomado su medicación porque no acudió a atenderse al centro de salud al que solía ir. Que cambió varias veces su declaración y que la jeringa tenía una droga básica (se supone que diazepam o similar). De todas maneras, se informó, fue declarada imputable —se sabe que un trastorno mental no vuelve necesariamente inimputable a una persona y se la procesó con prisión por rapiña especialmente agravada.

    Más allá de lo que se opine sobre la decisión de la Justicia, sus especialistas siempre tienen fundamentos, a veces teñidos con prejuicios o por la propia cultura social que nos condiciona a todos; a veces, también, por las propias condiciones en las que trabaja el sistema de justicia. No me pareció ese el peor drama que quedaba expuesto.

    Lo particular del caso es lo que apareció de las personas, lo que suele aparecer de las personas en este país y en estos tiempos en circunstancias así.

    La ira, la necesidad de expresar la enorme bronca que tienen contra la Policía y contra quienes pueden encarnar a los delincuentes, en un caso por la sensación de desprotección imperante; en otro, por impotencia ante lo que se siente impune.

    No creo que la airada reacción de la gente fuera por solidaridad con la niña o con su madre: la gente se enojaba por ella misma, por los robos que pudo haber sufrido esa misma gente o alguien cercano, por lo que ve cada día en la televisión, incluso por pura impotencia frente a otras angustias. No creo que nuestras reacciones violentas siempre se expliquen por lo que se tiene puntualmente delante: uno acumula la ira por lo que no pudo lograr, por lo que perdió, por lo que le sacaron, incluso por lo inevitable que considera injusto, como la enfermedad o la muerte de un ser querido. También hasta por costumbre, porque hay dinámicas familiares que cada vez más incluyen los insultos como forma de relacionarse. Y ante estas circunstancias que lo habilitan, dan rienda suelta a esa irracionalidad.

    El problema es que ese desborde parece tener, cada vez más, un permiso social y un auxilio tecnológico que lo reproduce, y ante la propia multiplicación parece legitimarse.

    Leía estos días —no hay dudas de que a veces ciertas lecturas a uno lo buscan— en un diario español un artículo escrito por una neuropsiquiatra que explicaba cómo las emociones, más allá de operar complejos sistemas cerebrales para expresarse, puestas en determinado contexto social, terminan por ser contagiosas. Decía la doctora que, en algunos casos, esto es para bien, porque a partir de ellas se puede generar la empatía, la solidaridad, incluso la reacción ante una injusticia.

    Sin embargo, digo yo, especialista en nada, da la impresión de que ciertos estados del alma colectivos también nos llevan a un envilecimiento hacia el prójimo que puntualmente consideramos enemigo del pueblo sin pensar que mañana, como esa desgraciada mujer, le puede tocar a nuestra madre, a nuestro hermano, a nuestro hijo con problemas mentales o de adicción.

    Esto no significa que no se pueda hacer un arresto ciudadano, ni que se coordinen acciones para cuidar la seguridad de un barrio o de una cuadra, ni que se proteja a los niños propios y ajenos. Lo que me asusta es la tendencia a que la mecha se encienda por cualquier cosa, sin pensar que puede haber otro relato del asunto, otras circunstancias que no puso en el video viral el que lo largó a una red o los que, enardecidos, insultaban y hasta agredían físicamente a una persona, por más que haya cometido un delito.

    Lo he visto hacer con un niño que tiene mala conducta en la escuela, al que otros niños, pero principalmente otros padres, y algunas veces incluso las maestras, terminan por declarar enemigo del pueblo. Lo he visto hacer con personas que tienen algún trastorno mental o simplemente porque es alguien con apariencia de tal o de pobre, simplemente (o de más pobre que sus eventuales verdugos), mientras en apariencia se solidarizan con sus víctimas, con comillas o no.

    En estas situaciones tristes todos son víctimas, todos tienen una debilidad que se espera que su comunidad ayude a proteger, más allá de adoptar actitudes de firmeza cuando se viola la ley o se vulneran los derechos del otro.

    El problema es la ira, la ultrarreacción, la liberación de broncas que son propias y de traumas que son propios. Ahí es donde es necesario discernir, ahí es donde el papel de los agentes oficiales y de los periodistas es tan necesario para mostrar todas las caras de la realidad y no solo la de un individuo manijeado que hoy tiene la maravillosa posibilidad de expresarse por Internet.

    Allí, también, es donde se puede establecer cuál es el nivel cultural (no solo educativo curricular) y moral de la comunidad que se observa.

    GALERIA
    2017-02-12T00:00:00