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    Recordamos a Hermenegildo 'Menchi' Sábat, el reconocido dibujante uruguayo

    Entrevista de enero 2003, Punta del Este.

    El primer dibujo que publicó fue a los 12 años. ¿De qué trataba?

    Era para un periódico infantil llamado “Pulgarcito”. Dibujé a Gandhi

     

    ¿A esa edad ya le interesaba la política internacional?

    No lo sé, fue lo que me salió y lo que publicaron.

     

    Es familiar del poeta y maestro de Pablo Neruda, Carlos Sábat Ercasty, además de nieto de un caricaturista e hijo de un profesor de castellano. ¿Su amor por el dibujo y la literatura fue algo que le inculcaron en su casa?

    Me imagino que sí, pero creo que lo más importante no es la formación o la simpatía por las artes plásticas, sino la simpatía por la forma de vivir que lleva consigo el artista, una vida que no es para ganar dinero. Observar la vida que se vivía en mi casa me ha servido de grande para vivir en un mundo difícil, con un materialismo absurdo que te puede hacer creer que si tenés plata sos mejor. Yo tengo el alma en relación de dependencia, siempre fui empleado y las únicas cosas que aspiré a tener fueron libros y discos y eso es lo que tengo.

     

    Vivir cerca del maestro de Pablo Neruda y de un padre que recibió una carta del rey de España por su trabajo con las letras debe de haberle dado otras cosas además de valores…

    Sí, sin dudas. Sábat Ercasty era un personaje notable que no ha recibido el homenaje que merece. Era un poeta que llevó la vida de un poeta. Es difícil de explicar. Antes de morir, a los 94 años, recitaba de memoria todo el Romancero español, Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira y eso era lo que lo animaba a seguir viviendo.

     

    Usted es dibujante, pintor, escritor, poeta, toca el clarinete y es fotógrafo. Habiéndose consagrado en el dibujo ¿no le daba miedo incursionar en otras áreas?

    No, porque todo lo hice al mismo tiempo. Llegado cierto momento hay que elegir. Elegí dibujar y pintar, lo de la fotografía lo hago básicamente cuando viajo y el clarinete lo toco cuando estoy cansado. Además, he hecho tanta cosa en la vida porque soy un tipo viejo ya.

     

    Pero toca el clarinete desde los 21 años…

    Y no lo tuve antes porque no pude. El que salió de garantía cuando compré el primero fue Jorge Batlle, porque yo trabajaba en el diario “Acción”. Soy un clarinetista aficionado. Tengo uno en si bemol y uno en la, en el que puedo tocar Mozart. Eso sí, soy admirador profesional de los grandes clarinetistas.

     

    ¿Tiene una relación de amistad con Batlle?

    No, lo conocí cuando hice cosas en radio Ariel y después me llamó para ingresar a “Acción”. Faltaba poco para las elecciones y no quise entrar porque le dije que no iba a votar al padre. Después de que su padre ganó las elecciones me llamó y me quedé 26 meses. Después, lo he visto un par de veces pero no mantengo relación con él. Además soy de los que cree que uno tiene que hacer lo que hace, nada más. Defiendo los límites de la profesionalidad.

     

    Siempre se preocupa por marcar distancia con los políticos que son material de su trabajo. ¿Es un tema de ética profesional?

    Es un conflicto de personalidades. Los políticos tienen que existir, alguien tiene que hacer lo que hacen, pero yo no soy un tipo político y aunque tengo que pensar en las cosas que están alrededor mío cuando trabajo, hay cosas con las que no transijo. En el trabajo diario noto que la política es una calesita que pasa siempre por los mismos lados, es muy predecible. Cuando tenía veinte y pocos años decidí que mi vida no pasa por ahí. Nada más.

     

    Ha dicho que la caricatura no intenta destruir ni alabar, pero el hecho de que usted dibuje a un político le da cierta relevancia.

    No pienso en eso y en verdad no lo sé, pero el punto es éste: hay cosas que son viejas en cualquier país, aún en este que es tan joven, como la ambición del poder total, la corrupción, la capacidad de traición, la demagogia de los políticos, todas esas cosas no forman parte de la vida de los artistas.

     

    ¿Los políticos le piden sus caricaturas?

    De vez en cuando pasa, pero por mi propia forma de actuar, no me lo hacen directamente a mí, sino por intermedio de otras personas. Claro que hay pedidos y de vez en cuanto me preguntan cuándo cuesta una caricatura que hice y yo les explico que ese trabajo ya fue pagado porque lo hice para el diario. Me puedo equivocar en otras cosas, pero en ésa no me agarran.

     

    Ha retratado a los grandes artistas y fue nombrado personalidad emérita de la cultura argentina. ¿Es un insider de la vida cultural o tiene la misma actitud que con los políticos?

    No vivo mi apasionante vida. Me nombraron ciudadano emérito porque el Museo de Bellas Artes es un cementerio donde sólo pueden exponer los muertos. Entonces ésa fue la forma de viabilizar esa exposición. Uno no se va a creer entonces lo que no existe.

     

    ¿No le importan los premios?

    Las frecuencias de mi vida están basadas en el diario que sale todos los días, esas cosas ya pasaron. Tengo que pensar en lo que voy a ser, no en lo que he sido. No quiero parecer un troglodita, pero pensar mucho en esas cosas puede afectar tu forma de actuar.

     

    En Uruguay recibió el premio Figari a la trayectoria. ¿Le molestan los galardones con olor a despedida?

    Cuando a mí me otorgaron el premio ése de personalidad emérita me fijé en el diccionario y emérito quiere decir jubilado, entonces yo no sé si fue un homenaje o quiere decir algo así como “tomátelas”, pero no vivo en función de los premios, es algo que nunca busqué.

     

    Pese a que dice que practica la fotografía en forma casi aficionada, publicó un libro de ellas.

    En fotografía trabajé de manera semiprofesional pero no tengo tiempo para ella. Pude sacar un libro y pienso sacar otro.

     

    ¿Vino con su cámara a Punta del Este?

    Sí acá me vine con una Leica y otra más. Cuando viajo siempre me acompañan.

     

    Además se encarga del diseño de los libros. ¿Por qué siente esa necesidad?

    Porque me gusta. Trabajé en una imprenta que se llamaba AS, a ellos debo mi simpatía por el diseño. Además tengo la suerte —es realmente una suerte— de que mi hijo Alfredo es diseñador gráfico recibido de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y cuando tengo dudas le consulto. Saqué una revista llamada “Sección Áurea” y él la hacía.

     

    ¿Cómo cree que es para su hijo trabajar en un área similar a la suya?

    Es un individuo que ha hecho su vida profesional en forma totalmente independiente a mí. Tiene una personalidad muy marcada, lo que hace es muy admirable, lo digo como colega. Si ha tenido problemas, no sé. Me imagino que alguno debe tener, pero no se manifiesta, porque no me meto en su trabajo.

     

    Usted trabaja para “Clarín” y él para “La Nación”. ¿Es complicado?

    No, es algo muy feliz. Primero porque se puede ganar la vida, tiene trabajo. A “La Nación” entré sólo una vez porque alguien me llamó, y desde que Alfredo está ahí pasé una sola vez porque tenía que alcanzarme algo y lo esperé abajo.

     

    No es su caso, pero muchos caricaturistas firman con sobrenombre. ¿Por qué?

    La verdad es que no sé. Cada uno firma como quiere. En mi caso firmo Sábat y tengo sobrenombre porque es más fácil decir Menchi que Hermenegildo.

     

    El sobrenombre suena más informal. ¿Tiene que ver con que la caricatura es considerada un género menor con respecto a la pintura?

    No tiene nada que ver. A mí no me incumbe hacer diferencias a favor o en contra de uno u otro género. Elegí vivir haciendo caricaturas en un diario. Soy un tipo tímido que si tuviera que discutir el precio de cada uno de sus trabajos se moriría. Prefiero tener un sueldo y nada más, por eso digo que tengo el alma en relación de dependencia. Ahora eso sí, con el producto de lo que gano, me concedo el gusto de pintar lo que se me da la gana. A mí nadie me dice lo que tengo que pintar.

     

    ¿Haber hecho caricatura le juega en contra a la hora de pintar?

    A esta altura a mí no me preocupa tener que demostrar nada. Sé que lo que hago genera incomodidades, pero no pinto por eso, sino porque la pintura es una forma de expresión que me importa. No tengo agente ni galerista.

     

    Pero seguramente vende sus pinturas.

    Las pinturas no se venden, se compran (se ríe). Alguna vez me han comprado alguna.

     

    ¿Quién se incomoda con sus pinturas?

    Cuando expuse hace un año y medio en el Museo de Artes Visuales de Montevideo, cometí el error de ponerle nombres a los cuadros, cosa que nunca hago con mis dibujos. Se generaron incomodidades porque les puse de título a los cuadros: mina esto, o mina lo otro, flor de mina. Quizás fue un error. Primero había decidido no ponerle palabras a mis dibujos y porque no puse palabras pude expresarme en la dictadura y antes, cuando había una violencia increíble. Si les hubiera puesto me hubieran matado, hubiera desaparecido. Generalmente a los cuadros se les ponen nombres, contra los que yo reacciono con connotación literaria y filosófica. En cambio antes del siglo XX las denominaciones que se les ponían a los cuadros eran descriptivas. De todas formas creo que me equivoqué, pero a los cuadros es mejor ponerles nombres que números.

     

    Sin embargo se lleva bien con la palabra escrita, pues ha publicado muchos libros.

    En mi familia hubo escritores y profesores de literatura, así que escribir, para mí es un hecho natural. Ahora, que lo haga bien o no, es otro tema.

     

    Fue además periodista.

    Soy todavía.

     

    ¿No se considera más dibujante que periodista?

    En mi pasaporte pongo de profesión periodista. Fui secretario general del “El País” durante una fracción de segundo. En mayo del ’65 me llamó Carlos Eugenio Sheck. El diario era un caos. Yo conocía bien el taller así que me pidió que trabajara. Cuando me ofreció el cargo le puse dos condiciones: no quiero el título y usted no me llama por el interno. Era todo un atrevimiento. El diario comenzó a salir en hora e incluso aumentó su tirada. Pasaron seis o siete meses, me llamó y me dijo “sos el nuevo secretario general del diario”. Le dije que no y que además me iba. No lo podía creer.

     

    ¿Por qué no aceptó?

    Porque no sirvo para eso. Tuve en cuenta que podía llegar a haber una reducción de personal o algo así y yo no le puedo decir a nadie que lo echo.

     

    Cortázar escribió un libro sobre sus ilustraciones de Toulouse- Lautrec. ¿Qué descubrió del escritor luego de ese encuentro?

    Que era un hombre muy grandote y tenía un apartamento que podía tener un hombre como él: con los libros y los discos más excelsos. La historia fue así: Aurora Bernardi (su primera mujer y su albacea literaria), Susana Rinaldi y Enrique Estrázulas, me dijeron que él estaba interesado en las cosas que yo hacía. Así que le mandé una carta dirigida al autor de “El torito”, un cuento de él maravilloso sobre un boxeador que murió de tuberculosis. En 1978 fui a París y estuve con él. Fue muy cordial y al año me mandó un texto. Se portó muy bien porque cumplió.

     

    ¿Si tuviera que pedirle a alguien que ilustrara sus libros de textos, quién sería?

    No le pediría a nadie, no me gusta molestar a la gente.

     

    ¿Le gustaría ilustrar los textos de alguien?

    No, realmente soy muy tímido, no le pediría eso a nadie.

     

    ¿Su método de trabajo para escribir y dibujar es igual?

    Lo único que es permanente es la urgencia interior de hacer algo. Ahora estoy terminando un libro con dibujos, tengo otro en proceso y otro de fotografías.

     

    Dicen que trabaja en dos etapas. ¿Es cierto?

    En el trabajo profesional del diario no, porque hay que hacerlo para entregar, no hay opción de corrección. En la pintura o escritura, una mirada el día siguiente ayuda.

     

    Es fanático del jazz. ¿Trabaja con esa música de fondo?

    No necesariamente. A veces cuando estoy pintando sí. Afortunadamente tengo una buena discoteca. Tengo todo Mozart, Beethoven, entre otros. No se puede tener todo, ni todo el tiempo para hacer todo lo que uno quiere. He tenido la suerte de vivir muchos años y he aprovechado las opciones que busqué y que se me han presentado. He hecho más de 20 libros y gracias a ellos he podido conocer una ciudad tan grande como Buenos Aires, porque los talleres están por todos lados.

     

    Ha dicho en varias entrevistas que Buenos Aires es una ciudad “rarita”. ¿Qué quiere decir?

    Es un término bien porteño. Mi madre nació allí. Es una ciudad linda, la disfruto mucho, pero es una ciudad rara. A mí me explican muchas veces actitudes mías diciéndome que son consecuencia de que soy uruguayo, lo cual me alegra. Todo es discutible, pero cuando se nace acá, automáticamente sabés que arriba está Brasil y al costado Argentina y eso implica sin duda una cierta idiosincrasia.

     

    ¿Cómo es un día de trabajo en “Clarín” para usted?

    Voy temprano, trato de estar a la hora que hay que estar. Al mediodía hay una reunión de secretarios en la cual no participo. Después de la reunión me dicen qué temas van y confían en mí.

     

    ¿Tiene libertad para contradecir la línea editorial del diario?

    No lo sé, nunca supe cuál es la línea editorial del diario. El diario confía en mí como persona, más allá de como dibujante. Eso pasa en todos los órdenes de la vida. Si no confían en ti no te van a dar un trabajo. Claro que uno tiene que estar alerta y ser responsable de lo que hace.

     

    En “Clarín” trabajaron también Quino y Fontanarrosa, entre otros. ¿Qué relación tiene con ellos?

    Óptima. A Quino lo hice entrar yo en el diario. Me consultaron si yo lo conocía y dije que sí. Es un gran tipo al que queremos mucho.

     

    ¿Vive obsesionado con las noticias?

    No, para nada, ya bastante tengo con enterarme de una cantidad de cosas porque estoy en el diario. Cuando me voy, me subo al auto y prendo la música.

     

    Ha trabajado durante más de 50 años como dibujante en diarios. ¿Por qué sigue haciéndolo?

    Porque, no tengo miedo de decirlo, soy un tipo pobre.

     

    ¿Cómo es como docente?

    Me resistí durante mucho tiempo a ser docente por respeto, porque soy hijo y nieto de grandes docentes. Cuando la Guerra de las Malvinas me dije “si no me junto con individuos más o menos compatibles me voy del país”. Entonces fundé el Taller de Artes Visuales. El taller en San Telmo no nos pertenece, nosotros alquilamos, doy clases que se cobran, pero no percibo dinero, pues éste va para el alquiler y otros gastos. Te hago una apreciación que habla maravillas de este país. El Ateneo de Montevideo tenía un sótano que se lo concedieron a Torres García para que diera clases. Únicamente un país extraordinario como es Uruguay hace eso. Cumplir una función social es algo importante para mucha gente; para mí eso es la docencia. La gente lo que busca no es dibujar y pintar bien, sino que la respeten, pero uno no puede poner un cartel que diga “taller de respeto”.

     

    ¿Cómo la gente logra el respeto a través del dibujo y la pintura?

    Creo que tiene que haber un correlato entre lo que vivís y lo que hacés. Es imposible que alguien pueda vivir fingiendo y falseando las cosas y al mismo tiempo posar como artista. No puede ser. Hay valores éticos. Por eso reitero lo que dije al principio, lo mejor que recibí de mi familia son esos valores.