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Una mujer se paró en las vías cerca de la base aérea Boiso Lanza, Eduardo Clavijo tocó la bocina y pisó el freno hasta que la mujer se apartó. Entonces soltó el freno y siguió la marcha. “¿No tenés otra cosa que hacer?”, alcanzó a gritar por la ventana antes de sentir el impacto. La mujer se había vuelto a tirar a las vías.
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Clavijo frenó y corrió hacia atrás. La mujer sólo hacía ruidos agitada. Al correrle el poncho que llevaba se dio cuenta de que estaba embarazada.
Era 24 de diciembre y, aunque en el hospital lograron al menos salvar a la niña, Clavijo no pudo parar de llorar durante días. Era la primera vez que mataba a alguien con el tren y debió recurrir a psicólogos para superar el trance. Pero con el tiempo esas anécdotas se fueron multiplicando.
“Yo tengo 21 muertos”, dice hoy y cuenta con naturalidad cómo se siente el impacto al atropellar a una persona, el sonido de los huesos rompiéndose.
“Con el correr de los años te acostumbrás. Porque además no podés hacer nada, no es culpa tuya. Entonces te acostumbrás y te enfriás”, explica.
Pero aclara que también tiene “de las otras”. Como conductor sacó gente viva de abajo de trenes, les dio primeros auxilios o hizo ligaduras para evitar pérdidas de sangre. Un día lo sorprendió en su casa de Las Piedras una pareja que fue a llevarle un regalo. Clavijo le había dado primeros auxilios a la mujer durante un ataque de epilepsia.
Hasta nacimientos tuvo arriba del tren, y los recuerda con claridad: “Uno en Colonia, otro allá llegando a Melo y el otro antes de llegar a Punta del Este”.
“Viste, son historias de vida —reflexiona—. Cuando uno se va de acá se las lleva”.