“Adaptación”.
Clavijo resume su trayectoria en la empresa como un “proceso de adaptación” hasta el retiro. “El rubio”, como lo llamaban cuando tenía más pelo y menos canas, trabajó casi 20 años recorriendo el país como conductor de coches motores. El horario de servicio era muy variado y podía llegar a pasar más de una semana sin pisar su casa. De hecho, el día que nació una de sus hijas sólo pudo verla 20 minutos antes de tener que tomar un servicio. Recién volvió a verla una semana después.
Para salvar la distancia tenía por costumbre escribir sus sentimientos durante los viajes en hojas de cuaderno que al volver le regalaba a su esposa.
Pese al sacrificio que implicaba el trabajo, llegar a las tres de la mañana a un pueblo, dormir cinco horas, comer y salir de nuevo era su vida, dice. Por eso sintió el golpe cuando cerraron los servicios de pasajeros. Clavijo trabajó primero en los hornos de fundición de Peñarol y en 1994 pasó a trabajar en la remesa Bella Vista.
“Nunca me acostumbré a la rutina. Nunca me acostumbré y no creo que me vaya a acostumbrar”, asegura añorando sus tiempos de conductor.
En 2012 recibió un nuevo golpe cuando el Directorio de AFE resolvió cerrar la remesa Bella Vista. Clavijo llevaba 18 años trabajando ahí y, molesto con la decisión, llegó a evaluar encadenarse a una escalera junto a un grupo de compañeros. Finalmente aceptó pasar a trabajar como jefe de la remesa Peñarol, donde encontró a “todo el mundo desmoralizado”.
“Vos no lo conociste, pero esto antes era un lujo. Mirá lo que es ahora, la mugre que hay, no hay gente. No hay gente. Está todo abandonado y... Vos vení a trabajar acá todos los días. Es deprimente entrar a esto. Mirá que es deprimente. Pah, te caés abajo”, dice mirando el patio central de la remesa.
“Yo tengo 60 años. Llega una edad que esto te hace mal, porque no podés creer que esto muera, que esto caiga”, agrega.
Clavijo no es el único en la remesa que decidió acogerse al plan de retiros anticipados. Dos funcionarios más siguieron sus pasos y otros lamentan no tener la edad para poder hacerlo.
“A mí todavía me quedan como 10 años”, comenta con pesar y mirada cansada Omar Baudino, que aparenta los 58 años necesarios y aún alguno más.
Transición.
En el marco de una reestructura del ferrocarril el gobierno está avanzando hacia la separación de la operativa de los trenes de la infraestructura. El plan es que AFE quede encargado de las vías y la operativa pase a ser potestad de una sociedad anónima estatal. Con ese objetivo crearon la empresa Servicios Logísticos Ferroviarios, que está en proceso de formación y es propiedad de AFE (51%) y la Corporación Nacional para el Desarrollo.
La Unión Ferroviaria, sindicato de los trabajadores de AFE, se opuso desde el inicio a que la operativa ferroviaria pasara a desarrollarse bajo el derecho privado. Sus integrantes anunciaron que no trabajarían para la nueva empresa. Como resultado de la resistencia se creó un plan de retiros anticipados para funcionarios que tengan desde 58 años.
Algo más de 300 funcionarios de los cerca de mil que componían la plantilla de AFE tienen derecho a acogerse al plan. Cerca de 270 ya lo hicieron en el correr de diciembre y otros lo irán haciendo en los próximos meses.
Aunque, como dijo a Búsqueda el vicepresidente de AFE, Álvaro Fierro, el plan de retiros “no” estaba diseñado “para vaciar el organismo sino para darle una salida satisfactoria” a los trabajadores, el ente sufrió una pérdida importante de empleados mientras la operadora aún está en proceso de formación.
Servicios Logísticos Ferroviarios sólo tiene cuatro funcionarios: un gerente general y tres jefes. En los próximos meses está previsto el ingreso de algunos mecánicos para cubrir vacantes en un taller de Florida que quedó “prácticamente sin personal”. De todos modos, todavía no está previsto “ningún llamado masivo” para el ingreso de funcionarios.
La sociedad anónima espera la respuesta de la Corporación Andina de Fomento a la solicitud de un préstamo de U$S 45 millones para poder consolidar su estructura e incorporar material rodante. Fierro dijo que no tiene novedades sobre los avances de la solicitud pero espera poder contar al menos “con una entrega de ese dinero” en el primer semestre del año.
Para sostener la operativa de AFE con 270 funcionarios menos, el Directorio pidió a las gerencias “un esfuerzo importante por redistribuir sus recursos”. Fierro aseguró que mantendrán todos los servicios con los que cumplían hasta ahora y así se lo hicieron saber a sus clientes. Del mismo modo, les dijeron que “no están en condiciones de asumir nuevos transportes”, contó Fierro.
La fórmula de transición que tienen en mente es que AFE conserve sus funciones operativas y sea contratada por Servicios Logísticos Ferroviarios mientras la nueva operadora no pueda asumir esas tareas. Además planean acordar con los trabajadores un “incentivo monetario” por la “sobrecarga de trabajo” que estén dispuestos a asumir.
“Miedo”.
“Los ferroviarios somos chatarreros, nos encantan los fierros”, cuenta animado Clavijo mientras separa las últimas pertenencias que le van quedando en la pieza para llevarlas hasta el auto. Dispersos en su casa tiene viejos telégrafos, teléfonos, chapas de estaciones, chapas de trenes, discos de cola, asientos, el water de un tren y hasta las botas del uniforme de AFE sirven de macetas para las plantas del jardín.
“En casa, a cada lugar que yo me muevo veo ferrocarril”, se enorgullece. Cuando se pone nostálgico, cuenta, se sienta a tomar mate en un banco que hizo con un durmiente de quebracho en el fondo de su casa en Las Piedras.
A los funcionarios que se retiraban este año AFE les regaló un cuadro de Joaquín Torres García con clavos de herrar caballos para colgar las llaves. “Está muy lindo, pero si me hubieran dado una tuerca cortada al medio me quedaba más contento. Porque yo no estoy en el turf, yo soy ferroviario”, se queja y recuerda que a su padre cuando se retiró le regalaron una bigornia, una herramienta que se utilizaba en la fundición.
Una llamada al celular lo interrumpe. Se sienta para hablar y las lágrimas le ganan los ojos: “¿Estás en la portería? Andá a lavarte las patas”, le dice a su esposa Graciela, que está del otro lado del teléfono.
“Está mi señora, mi hija y mis nietas acá. Uno es duro, se prepara, sabe lo que va a pasar. Hace días que estamos despidiendo compañeros. Pero esto no te lo esperás”, explica enseguida mientras camina hacia la puerta a saludar a su familia.
Son las 10 de la mañana. Sólo le queda media hora de trabajo y comienza a notarse. Mientras camina de regreso a la remesa a buscar su termo, recibe un par de abrazos de compañeros que lo despiden. A unos metros Gonzalo Machado, el compañero que quedará en su puesto, toca bocina desde una locomotora y le grita: “Quiero tener el honor de tocarte el pito cuando te vayas”.
Al llegar a la remesa sus compañeros le dicen que los que se retiran van salir por el edificio central. “Allá arriba están todas las oficinas. Está el gerente. Si nunca estuve en las oficinas, ¿voy a salir con ellos? Salgo por acá, si toda la vida estuve en tierra”, responde.
Se sube a la locomotora que bien despacio empieza a avanzar. Machado, que va manejando, no suelta la bocina. Clavijo golpea la locomotora en clave de candombe como poseído y cada tanto larga algún grito emocionado.
Como en sus tiempos de chofer, cuando al sentir la bocina del tren hasta en los pueblos más perdidos los andenes se llenaban de gente para saludar su llegada, un treintena de personas que venía caminando desde el edificio central recibe al tren justo cuando se detiene a pocos metros de la puerta de salida. “¡Vamo’ arriba!”, grita Clavijo con su puño elevado. Los demás aplauden, gritan, y hacen sonar la campana de la puerta, sumando aún más barullo.
Ya en la puerta se multiplican los abrazos, los chistes, las fotos, los llantos, que luego de unos minutos dan paso a las despedidas. Algunos se marchan con sus familias, otros lo hacen solos. Un hombre petiso y pelado forcejea con las lágrimas mientras le explica a una compañera que se retira en abril.
“Hay mucha gente que no se quiere ir de acá porque no tiene una vida afuera. Tienen miedo. Capaz que no saben ni quiénes son sus vecinos, pero sí saben que en el galpón de allá está fulano o mengano. Su vida es acá”, comenta Graciela antes de caminar a paso ligero hasta el auto donde la espera Clavijo para volver a Las Piedras.