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    Sobredosis

    N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018

    No sé si les pasa a ustedes, pero yo noto cómo de un tiempo a esta parte estoy desarrollando algunos alarmantes rasgos psicópatas. En mi caso, se manifiestan con odio furibundo a ciertos personajes que infestan la actualidad. No soporto a los masterchefs en todas sus profusas reencarnaciones: cocineros regañones con cara de ajo, aspirantes que lloran porque se les ha cortado la mayonesa, o niños prodigio que con cinco años dominan el arte de hacer tortillas de-sestructuradas. También me producen una urticaria irrefrenable los grandes hermanos y los supervivientes de islas desiertas ya sean vips o no vips. Eso, por no hablar de los nuevos triunfitos y, en especial, Amaia y Fred. Es materialmente imposible ver la tele o sintonizar la radio sin que salga esta pareja mirándose a los ojos, luciendo vestuario o incluso haciendo comentarios políticos como si importara un huito lo que opinen ellos sobre el paro o el independentismo catalán. Y ya que hablamos de política, tampoco soporto a los protagonistas de la cada vez más rabiosa actualidad que —voluntariamente y otras veces muy a su pesar— monopolizan todos los informativos, todas las tertulias periodísticas e incluso todas nuestras conversaciones privadas hasta convertirnos en discos rayados. Se dice siempre que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo lo que estamos viviendo, con leves variantes, se ha vivido ya antes, pero creo que nunca hasta ahora habíamos experimentado esta atroz sobredosis de personajes tan omnipresentes como irrelevantes. Personas que acaparan la actualidad han existido siempre. Desde Napoleón a Rodolfo Valentino pasando por los tristes “fenómenos” del circo Barnum; cada uno en su categoría, todos han hecho correr ríos de tinta y en su tiempo no podían salir a la calle sin congregar multitudes. El dato nuevo, sin embargo, es que los personajes que están en el candelero son cada vez más faltos de interés y también más efímeros.

    De un tiempo a esta parte estoy siguiendo con más fervor que nunca la receta del viejo Flaubert. Seguro que la conocen: me refiero a esa que dice que cuando la realidad se vuelve insoportable solo cabe sumergirse en la orgía perpetua de la literatura.

    Están, por ejemplo, los inanes personajes del mundo del corazón que se ven obligados a convertir su vida en un reality o, mejor aún, en un circo de cinco pistas para que hablen de ellos. Datos tan interesantes como que fulano ha ido al dentista o mengana se ha cambiado  el flequillo pueden convertirse en trending topic. Y cuando estas nimiedades suyas dejan de interesar al respetable, el personaje en cuestión es capaz de cualquier cosa para que sigan hablando de él. Desde divorciarse hasta comer cucarachas en directo, lo que haga falta, con tal de no convertirse en lo peor que se puede ser hoy: un Ya fue. ¿Y qué es un Ya fue? Un alma en pena, un ente sin entidad, uno de esos zombies mediáticos que antes llenaban páginas y páginas con sus andanzas pero que ahora solo producen bostezos. Y como el monstruo de la actualidad es tan voraz como insaciable, necesita alimentarse a cada rato de nuevos protagonistas  porque, con esto de la sobredosis, el sufrido público acaba aborreciéndolos, de modo que hay que sacarse de la manga tertulianos cada vez más faltones y vociferantes, maestros de la cocina cada vez más antipáticos y/o sádicos así como todo tipo de personajillos con vidas completamente planas  dispuestos a narrarnos sus avatares minuto a minuto en este inacabable Show de Truman. Pero bueno, como soy de buen conformar, me contento con que  pasado al fin  el Festival de Eurovisión no tenga que ver más a Amaia y a Fred bailando (eternamente) por primera vez. Aunque bien pensado, debería estarles agradecida a Amaia, a Fred y a todo el resto de individuos mediáticos que tanto nos infestan. De un tiempo a esta parte estoy siguiendo con más fervor que nunca la receta del viejo Flaubert. Seguro que la conocen: me refiero a esa que dice que cuando la realidad se vuelve insoportable solo cabe sumergirse en la orgía perpetua de la literatura. Así que aquí me tienen. He sustituido a Amaia y a Fred por Hernández y Fernández,  que son igual de banales, pero bastante más divertidos. A los cocineros sádicos los he cambiado por Heidi y, en especial, por la señorita Ro-ttenmeier, que  es algo así como su clon y, en cuanto a las andanzas de los personajes del cuore, no sé si revisitar a la insustancial de Madame Bovary o releer por tercera vez La feria de las vanidades. Me chifla Becky Sharp, es mi arribista preferida.

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