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    Un café con gusto eterno

    MIRADOR / DESPEDIDA

    Cuando Regina Rebmann fundó el café Bacacay en 1995, en la proa de las calles Bacacay y Buenos Aires, nunca imaginó la repercusión que tendría. Al estar ubicado frente al teatro Solís, llegaban todo tipo de artistas, y comenzó a formarse una comunidad de amigos que se mantuvo durante los 23 años de vida del café.

    Regina llegó a Montevideo en 1985 a través de un viaje como mochilera y se enamoró de la ciudad. Unos años después, volvió para quedarse y comprar el edificio que data del año 1844, donde vive actualmente y donde también funcionaba hasta hace unos días el Café Bacacay.

    Proveniente de la ciudad alemana de Stuttgart, Regina no pudo revalidar su título de nurse y por eso recuerda que acabó “en lo que hace siempre el inmigrante: detrás del mostrador”. Pero deseaba algo propio.
    “No soporto las cosas mal hechas” confesó esta emprendedora, que le da importancia a la higiene, al orden y a la limpieza del lugar, para brindar confianza. Además, expresó que todo este tiempo hizo lo posible para que se mantuviera constante y no fuera solo un lugar de moda. En el Bacacay la cocina está a la vista, no se esconde nada y hasta las albóndigas son confiables.

    Poco a poco el lugar se adueñó del corazón de las personas que frecuentaban la Ciudad Vieja, gracias al interés de Regina por crear un nuevo estilo gastronómico y estético. Actores como Levón y Estela Medina y cantantes como Jaime Roos y Laura Canoura hicieron del Bacacay parte de su historia.

    A lo largo de estos 23 años, este lugar cambió el movimiento y el perfil de la Ciudad Vieja y permaneció incluso los años en que el Teatro Solís estuvo cerrado. Pero, así como tuvo un inicio, tuvo un final. El sábado 16 de junio fue la última noche del Bacacay. El local estaba repleto de gente, con amigos y clientes de toda la vida, y Regina estaba más presente que nunca, con una sonrisa que compartía con todo aquel que se le acercara emocionado.

    Ricardo Peña y Bertha Goldschmidt son una pareja de clientes fieles que esa noche disfrutaron de un plato típico: medallones de lomo. Para Ricardo, el Bacacay es un lugar “hecho en serio”, que cuenta con una impronta cultural poco común. Según Bertha, Regina tuvo una visión y supo mantener a sus clientes con una atención excelente; por eso llevaban a amigos del exterior a comer allí.

    La directora y docente de teatro Marianella Morena confesó estar de duelo, puesto que el Bacacay es “el corazón del teatro nacional”: con él, “se va un pedazo de nuestra cultura y el pulso vivo de la Ciudad Vieja”, dijo.

    Por su parte, el fotógrafo Óscar Bonilla recordó con nostalgia la fiesta en la calle que se celebró por los diez años del café. Él cree que algunos lugares son bendecidos, pues existen aquellos con infraestructuras impresionantes pero vacíos por dentro y hay otros que “no dicen mucho” y se llenan. Según él, eso tiene que ver con el ambiente que se genera, el intercambio con la gente y la calidad de atención de su dueña. También recordó los 24 de diciembre al mediodía como instancias sagradas e inolvidables. “Más que lamentar, hay que pensar lo que hemos disfrutado”, concluyó.

    Entre las principales anécdotas gastronómicas está la de la Picada Fernando. Se dice que la razón de ser de esta picada, que contiene jamón crudo, queso camembert, aceitunas y tostadas, partió de un cliente que la pidió infinidad de veces, hasta que se la bautizó con su nombre. En cuanto a los tragos, la anécdota más popular es la que explica el Albahacacay, un daiquiri alternativo de color verde realizado con albahaca que proliferó un verano en el que la menta se había terminado.
    La noche continuó entre risas y lágrimas, aplausos y abrazos con música de fondo. Regina se jubila para viajar por el mundo. En agosto visitará a su madre por su cumpleaños en Alemania. El Bacacay cierra un ciclo, como lo cerró su antecesor El Vasquito. El mobiliario creado especialmente para el Bacacay por el arquitecto Lucas Ríos será vendido, pero se esperan nuevos proyectos gastronómicos en ese espacio.

    “Después de 23 años, hay que terminar arriba”, concluyó Regina, feliz.

     

     

     

    Regina Rebmann, propietaria del café Bacacay

    ¿Cómo terminó el fin de semana?
    Me quedé sin voz de tanto hablar, estuvimos hasta la madrugada. El viernes hasta las cuatro y el sábado hasta que se terminó la comida y la bebida.

    ¿A qué se va a dedicar ahora?
    Voy a seguir viviendo acá. Esta es mi casa, mi base, pero ahora que tengo tiempo me voy a dedicar a hacer lo que quiero, todo lo que tengo postergado. Tengo muchos proyectos, algún trabajo como voluntaria para ser útil, lectura postergada y varios viajes.

    ¿A dónde viajará primero?
    A Alemania. Me espera mi mamá por su cumpleaños y está deseosa de verme.  Además, voy a ir a Europa del Este y después haré varios viajes en América. Tengo viajes pactados con amigos. Lo lindo es que tenemos la misma edad, y como todos se van jubilando, tenemos tiempo libre. Viajaré con amigos del mundo y de mi vida antes de Uruguay, compañeros de clase de Alemania y gente que conocí acá que no son uruguayos ni alemanes.

    ¿Qué representa la esquina de Bacacay y Buenos Aires?
    Esta esquina me dio acceso a un mundo impresionante. Cultural, cosmopolita y con comida bastante casera y rica. Ese fue el objetivo del Café Bacacay desde siempre, y por suerte lo logramos.

    Como centro cultural y gastronómico habrá vivido miles de anécdotas…
    Sí, hay una rara, en el buen sentido, con la que todavía nos reímos todos. Una vez trabajó una moza muy divina. Estaba regando las plantas de la terraza de afuera y de pronto la miro y ella, con la regadera, me saluda con la manito y yo, que estaba adentro, la saludo. Y cuando volví a mirar para afuera no estaba. Nunca más la vi, increíble, me saludó mientras regaba y se fue para siempre sin decir nada. Todavía tenemos la foto y cuando la vemos nos reímos. Esas cosas pasaron con el equipo, pero hay innumerables cuentos. En otra ocasión, con el ventorral que hay acá, se le cae una sombrilla en la cabeza a un cliente, se le caen los lentes y por poco no le saca el ojo. Otra vez se nos cayó una caja de champagne. Acá pasó de todo, pero las anécdotas con los famosos no las voy a contar, quedan acá.

    ¿Es consciente de que se terminó un lugar emblemático de Montevideo?
    Emblemático es una palabra bastante fuerte. Cuando llegué estaba todo para inventar. No me refiero a terminar con los viejos boliches, pero aggiornarlos, trasformarlos de alguna manera. ¡No podemos quedarnos en el principio del siglo XX forever! Nosotros respetamos la esquina histórica, los materiales como el mármol y hasta ofrecimos whisky nacional, pero no llegamos a la caña. Sabiendo que el cambio es difícil para la gente, conservamos muchas cosas y las mezclamos con otras, y en esa transición, al final la gente lo aceptó.

    ¿Qué cosas?
    Un buen ejemplo es cuando empezamos a ofrecer la copa de champagne. Cuando abrí me decían que acá eso no iba a caminar, que acá todos tomaban whisky. Y lentamente fuimos cambiando el eje. Antes no existía que una mujer se sentara en la barra a tomar una copa de champagne. Allá es una cosa común, y con el tiempo la gente se animó. Uno propone los cambios y luego la gente los adopta o no, y entonces uno intenta algo distinto. El Bacacay es una mezcla de lo viejo y lo nuevo. No hay que matar nada, eso es lo importante.

    ¿Y cómo se siente ahora?
    Tiene una parte triste y una parte muy buena. Hace años que quería  jubilarme y este fin de semana fue el último, fue impresionante.

    ¿Qué va extrañar?
    (Ríe.) Creo que, pensándolo bien, lo que más voy a extrañar es el intercambio de la gente a diario, todo el tiempo hablando, la charla de boliche que al final a uno le aburre pero se entera de todo sin haber leído el diario. Esas charlas las voy a extrañar. Y las caras felices de la gente al terminar el plato, cuando pasan el último pedacito de pan, que me miraban y decían: “¡Qué rico!”. Esas satisfacciones son muy gratificantes.