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    Un nuevo lugar en el mundo

    En Montoya, a tres cuadras del mar, la posada Ordet mezcla el estilo inglés con detalles de almacén de campo

    Suena jazz, y las velas aromáticas perfuman el ambiente, cálido y acogedor. La posada Ordet, en Montoya, es el sueño alcanzado de una pareja de treintañeros que cuando se conocieron supieron que anhelaban lo mismo. Ella se la imaginaba.

    Pero él la tenía dibujada en un papel. Viajeros incansables, María Noel Fossati —“None”, como la conocen— y Alfonso Larrea volcaron los conocimientos adquiridos en cada destino para realizar su proyecto con el estilo y en el formato que ellos querían. Cuarenta días en Asia, en 14 hoteles; otro tiempo en Nueva York con el objetivo de conocer un hotel, el Ace, atraídos por su espíritu; escapadas por la región, como Casa Chic en Carmelo, o el preferido de ella, La Alondra en Corrientes. Y el sueño iba tomando forma.

    “Nos encanta viajar”, cuenta None, diseñadora de interiores y nueva empresaria hotelera. “Y ahora sentimos que estamos todo el tiempo de viaje, porque constantemente viene gente de afuera”. Su nuevo proyecto no solo es un negocio sino que aporta al estilo de vida que más les gusta y suma una historia nueva que llega a ellos. Como la de la pareja de argentinos que el 31 de diciembre consiguió una habitación a las 7 de la tarde, porque justo se había caído una reserva. Llevaban cuatro horas de conocerse. Los presentaron en una reunión en Buenos Aires, y decidieron tomarse un avión a Punta del Este, vestidos como para ir a una fiesta.

    Tomaron algo en las mesas del patio con gente de todo el mundo, vinieron unos amigos de él y se fueron a una fiesta. Parecían estar viviendo una historia de amor en la posada recién estrenada. A la mañana siguiente, ella bajó muy nerviosa y les pidió que le consiguieran un avión. “Me tengo que volver ya a Buenos Aires”. “¿Se vuelven juntos?”. “No. Cargale todo a la tarjeta de él. Me tengo que ir”. Y se fue. Él pretendía quedarse más noches, pero la posada estaba llena hasta el 15 de enero.

    En los pies de los viajeros. Sin experiencia en el rubro pero mucha como huéspedes en diversos países, “None” y Alfonso son tan exigentes como viajeros como lo son de anfitriones.

    Hace un año encontraron esta casa a la venta, en una zona entre pinos, a tres cuadras de la playa, y a otras pocas del centro de La Barra. Hicieron varias reformas para llegar al chalet inglés en el que se convirtió, albergando una posada de cuatro habitaciones, cada una con su baño de estilo antiguo con detalles en blanco y negro, y algunas también con vestidor.

    Cuando llegó el momento de la decoración, el interior ya estaba diseñado al detalle. “La veíamos”, confiesa None. Lejos del concepto de posada playera, de colores claros y ambientes abiertos, eligieron un estilo inglés con mezcla de almacén de campo. La elección de cada objeto fue pensada, desde los herrajes hasta las luminarias. Todo ameritaba una charla entre ambos para tomar la decisión correcta. Y las tertulias dieron sus frutos. El resultado es una colección de ambientes acogedores, que invitan a quedarse.

    Muchas cosas fueron hechas a medida, como la biblioteca, que es la gran vedette de la posada, factor importante para el intercambio cultural, y la alacena negra que cubre una pared del comedor, sitio donde suelen encontrarse los huéspedes para conversar, incluso a veces con “None” y Alfonso. Otras piezas claves del equipamiento surgieron en remates, o pertenecían a los dueños. La clave era equilibrar entre los colores plenos (blanco negro, gris y verde petróleo) y la madera. Las paredes cubiertas con replanado y el techo de cemento armado con placas decoradas terminaron de darle esa calidez que buscaban.

    Así fue que el 15 de diciembre de 2016 el sueño se echó a rodar. Ella sigue con su trabajo de diseñadora de interiores, mientras Alfonso se encarga día y noche de la posada. El equipo se completa con Ana, comprometida con su rol de mucama, pues sabe la importancia de su tarea para que el huésped regrese, y Patricia Fosatti, prima de “None”, encargada de las reservas on line a través de Booking y Airbnb. También está Charly, amigo de Alfonso, cocinero. El buen recibimiento de su cocina entre los huéspedes dio origen al otro proyecto: armar en la posada un pequeño restaurante, informal, con muchas velas y pocos platos. La piscina también está en la lista de los planes a mediano plazo, así como la ampliación de la posada para tener más habitaciones.

    Las cosas están saliendo bien, y eso probablemente tenga que ver con que ellos están siempre ahí para recibir, aconsejar y conversar con los huéspedes. De hecho, uno de ellos, empresario del rubro, les ofreció hacer una franquicia para llevar Ordet a Argentina. Sin embargo, sus horizontes están en Carmelo primero y luego en Mercedes, puntos de paso para los argentinos en su camino al Este.

    Una vez, un reconocido arquitecto le dijo a “None”: “hay espacios que son ‘no lugares’, como los aeropuertos o los shoppings. Podés estar en Miami, París o Singapur y es lo mismo”. “Hagamos un lugar”, pensaron “None” y Alfonso. “Un lugar al que venís y sea Ordet, y que una vez que lo identificás no haya otro igual en el mundo”, comentó “None”.

    Ordet estará abierta todo el año, excepto de junio a agosto, meses que “None” y Alfonso dedicarán a la actividad que más les gusta, viajar. Este año irán a los países nórdicos, de donde viene el nombre de la posada. Cuando pensaban en cómo llamarla, Alfonso, aficionado al cine, recordó una película del cineasta danés Carl Theodor Dreyer, de 1955, llamada “Ordet”, que significa en español “La Palabra”. Y así el sueño se hizo palabra, y la palabra, realidad.

     

    GALERIA
    2017-02-16T00:00:00