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    Una fábrica de banal a sublime

    La almazara de Finca José Ignacio de O’33, proyectada por el arquitecto Marcelo Daglio, recibió el prestigioso premio del Festival Mundial de Arquitectura, en una categoría en la que compitió con proyectos de Australia, China y Francia, entre otros

    “Ilustra lo que la arquitectura puede hacer para levantar la banal y tan común forma y lenguaje fabril a un ejemplo sublime”. Así catalogó el súper jurado del prestigioso World Architecture Festival (WAF) —realizado en noviembre en Singapur— la almazara boutique que el arquitecto Marcelo Daglio proyectó en Finca José Ignacio de O'33, propiedad de Natalia Welker y su marido Marcelo Conserva.

    La Fábrica de Oliva, como el arquitecto llamó a su proyecto, fue construida e inaugurada en 2013 con una capacidad para procesar aceitunas en sus diferentes variedades y producir hasta 60.000 litros por año de aceite de oliva extra virgen, usado en los principales restaurantes de Montevideo y la costa este.

    Rodeada por 52 hectáreas de olivares sobre la ruta 9, en la entrada a José Ignacio, esta almazara tiene la virtud de introducir arte y proporciones áureas a una fábrica. Daglio (responsable de Estancia Vik, restaurante La Susana en José Ignacio y la casa de Juan Carlos López Mena en ruta 12) tomó tres pilares fundamentales para desarrollar este proyecto: el lugar, los materiales y la tecnología, y la producción, y el resultado mereció el premio del WAF en la categoría “Producción, energía y reciclaje”, en la que competía con proyectos de Francia, Nueva Zelanda, Hong Kong, Turquía e India.

    El lugar. A 10 minutos de José Ignacio, el entorno ejerció su influencia en una actividad industrial que debía vincularse con el hecho turístico. “En el verano viene gente de todas partes del mundo. Es muy importante integrar el lugar al circuito turístico de la zona, en recorridos, eventos, guías”, señaló Daglio a galería. “Uno de los puntos fundamentales también es mostrarle a quien viene a visitar la fábrica todo el proceso, desde el árbol y la plantación hasta el embotellamiento del aceite, pasando por todas las etapas”, aclara.

    Los materiales y la tecnología. Para la puesta en marcha de esta fábrica se recurrió a tecnologías de punta, así como a energías renovables.

    Además, los materiales tenían que cumplir dos condiciones. La primera era que una vez hecha la obra el costo de mantenimiento debía ser casi cero, y por eso usaron materiales como el aluminio, el hormigón, los vidrios arenados o esfumados. “Estamos en una zona muy agresiva, los vientos desde el océano y el salitre están pegando constantemente”, aclaró el arquitecto. “Podés tener un costo de montaje un poco mayor, pero lo amortizás inmediatamente en el mantenimiento si es bajo”, explicó.

    Otro de los requisitos consistía en que la construcción debía ser rápida. Era necesario que la obra se terminara antes de que empezara la recolección de la aceituna (de abril a junio) y se diera inicio al proceso de producción. Esto determinó que hubiera muchos elementos prefabricados.  

    “Tuvimos que hacer un estudio muy exhaustivo de todas las etapas de la fabricación del aceite. Nos llevó bastante tiempo entender bien el funcionamiento, porque lo que se estaba buscando era la calidad en la ejecución y en la funcionalidad, para obtener y acompañar un producto final premium”, contó Daglio.

    Una cáscara de hormigón. Desde el punto de vista arquitectónico, el proyecto se divide en tres partes. Una es el área de fábrica, donde se desarrollan las tres etapas del proceso: la recepción de la aceituna, la nave de elaboración y la bodega (donde se almacena el aceite hasta que se embotella y se vende). Este sector de producción fue creado como “una cáscara de hormigón”, según Daglio. Pero en su interior ese gris se encuentra con una estructura diáfana que remite a la bruma que se produce al momento de moler, batir y centrifugar la aceituna para extraer su aceite. “Me conmovió mucho esa bruma que se genera en la sala. De alguna manera quise recomponer eso a través de la arquitectura”, contó.Inspirado en este fenómeno decidió usar ladrillos de vidrio de colores para generar distintas sensaciones. “Creo que el alma del proyecto en la fábrica está ahí, en el hecho de incorporarle una atmósfera y un clima nuevo al proceso industrial. Por ejemplo, en las distintas estaciones del año o durante el transcurso del día, el sol se va moviendo y la luz va entrando por los distintos puntos que dejé marcados”, explicó. Los más de 200 ladrillos de vidrio violeta y verde —que emulan los colores de las aceitunas— se colocaron según la proporción áurea. Este número algebraico irracional se encuentra en figuras geométricas pero también en las nervaduras de ciertas hojas, en el caparazón de un caracol, en flores como el girasol y en el cuerpo humano. Alguno creen que tiene una importancia mística, y en la historia es un recurso utilizado en el diseño de obras de arte y arquitectura.

    En la fábrica, los destellos de luces violetas y verdes rebotan sobre las cubas de acero inoxidable donde se almacena el aceite, creando un espacio poco común para una planta de producción. Luego, la circulación interior mantiene el mismo concepto, con un corredor que pretende no serlo, disimulado con paredes y puertas de vidrio arenado.

    En diálogo con este primer volumen de hormigón se dispone el sector de apoyo y la zona para el público, ambos con un tratamiento arquitectónico distinto, integrados en un gran contenedor, al cual se le pueden ir sumando nuevos espacios.

    Para desarrollar el interior del área para el público, “la idea es trasladar al visitante a una situación distinta a la fabril, donde empiece a sorprenderse ya sea por los materiales o por el espacio y la atmósfera”, aseguró Daglio. Por ejemplo, en la sala de degustación, revestida enteramente de roble inglés, “el espacio tiende a irse hacia el cielo. Hay una especie de cava de luz (en el techo), como un punto infinito. Es un lugar de culto al aceite de oliva”.

    Daglio recurrió a la raíz del olivo para fabricar la mesa cuadrada que gobierna la sala y el aparador ubicado a un costado. “Utilizar este material era de suma importancia, pues estamos generando algo que da identidad al lugar”, aclaró. Para ambos muebles, Daglio usó esa madera y acero, un contraste particular pero con resultados atractivos.

    Algo similar sucede en la sala de ventas, u oleoteca. “Son espacios donde no hay derroche de área, pero sí hay un juego de intenciones y de sensaciones”. Allí también utilizó el recurso lumínico mediante una especie de claraboya con luces tenues que cambian de color. Para diseñar los estantes donde se exponen las botellas el arquitecto se inspiró en el packaging desarrollado por la marca, que consisten en cajas de madera finger joint.  

    La circulación entre todos los sectores es un gran conector abierto que sirvió también para crear el área de recepción del público, y que “genera infinitas perspectivas”, dijo el arquitecto, por sus impactantes vistas hacia al campo y las plantaciones. En la entrada, la frase sobre un vidrio “Nacemos en el alma de nuestra tierra” está acompañada de la escultura “Olivo centenario”, del Pablo Atchugarry, que está fabricada en madera de olivo traída de Apulia, Italia.

    La presencia del arte se repite en todo el terreno. De hecho, Natalia Welker y su marido Marcelo Conserva, propietarios de O'33, eligieron a Daglio para construir la fábrica porque son coleccionistas de arte y sabían de la sensibilidad por la plástica de este arquitecto. Encima de una pequeña loma de pasto cercana a la fábrica colocaron una obra en acero corten de Ricardo Pascale. En línea recta hacia el otro extremo de la fábrica hay una escultura también de acero corten combinado con inoxidable de Enrique Broglia. Y tanto los mojones de piedra esculpidos que indican la entrada a la finca como los que identifican en el terreno las variedades de oliva son obra de Giorgio Carlevaro.

    El premio. Esta inclinación por el arte es lo que llevó a Daglio a obtener el premio del WAF. A ese concurso llegó por invitación, porque los organizadores del festival vieron sus obras en una web inglesa de arquitectura donde Daglio expone su trabajo. La almazara participó en una categoría nueva: Producción, energía y reciclaje.

    Es la primera vez que este arquitecto se presenta a un concurso, pues participar en estos certámenes lleva tiempo para preparar fotos, hacer la descripción conceptual, los planos, plantas, y otros materiales que deben cumplir requisitos estrictos. Con la ayuda de su hijo Santiago —que está por recibirse de arquitecto— y otro profesional del estudio, Daglio se presentó en mayo, y dos meses después les comunicaron que habían precalificado. El siguiente paso fue defender el proyecto frente a un jurado en noviembre en Singapur, adonde viajó acompañado de su hijo. “Me tomé unos días de paseo, aproveché a conocer lugares. Tuve que preparar el discurso en inglés, y competí con diez proyectos precalificados de otros países. Es una categoría bastante diversa, porque había una planta de tratamiento de reciclaje de basura, un proyecto de reciclaje de la gobernación de Hong Kong, otro muy interesante de Nueva Zelanda de una zona degradada por productos químicos que la habían recuperado como un parque”, contó.

    La devolución del jurado fue excelente y sintética. “La almazara que presentamos es un ejemplo sublime de cómo con la arquitectura se puede salir de la banalidad de las fábricas pudiendo incorporarle arte y diseño a un hecho fabril”. Una vez en el concurso, Daglio se enteró de que al ganar en su rubro disputaría un premio mayor con los ganadores de las otras 14 categorías del WAF. Al día siguiente, Daglio repitió su discurso en una conferencia frente a un súper jurado en el que estaban Peter Cook y Sou Fujimoto, entre otros tres arquitectos de los más reconocidos en el mundo. En esta instancia ganó un proyecto de viviendas del holandés Rem Koolhaas y su estudio Oma. En el concurso participaban también proyectos de Norman Foster, Zaha Hadid, Bjarke Ingels y Rafael Viñoly. Lo máximo en arquitectura mundial.