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    Uso de nuevas tecnologías es un “desafío” para el psicoanálisis; a la interna hay “debate”, “miedo” y necesidad de “renovarse”

    Millonarios norteamericanos que en la mayoría de los casos no trabajaban. Tenían tiempo, dinero e interés intelectual. Así era la clientela del padre del psicoanálisis Sigmund Freud, que recomendaba asistir a terapia cuatro veces por semana a principios del siglo XX. Hoy todo ha cambiado; esa frecuencia y la carga económica que supone generan rechazo y los psicoanalistas se ven enfrentados a adaptarse.

    El psicoanálisis es un método de investigación de procesos mentales, una disciplina científica y es también una práctica terapéutica. Enfrenta el desafío de adaptarse al mundo actual mientras dentro de la comunidad se debate el uso de Skype y de mail con opiniones divergentes. Hay temas “bomba” por resolver.

    Sobre estos asuntos Búsqueda conversó con el italiano Stefano Bolognini, presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API), que viajó a Uruguay para participar del IX Congreso de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU) “El cuerpo, encrucijadas”, realizado en Montevideo los primeros días de agosto.

    A continuación un resumen de la entrevista.

    —El psicoanálisis tiene su base en los trabajos de Sigmund Freud. ¿Es vigente o necesita una actualización?

    —Mi imagen preferida de la realidad del psicoanálisis hoy es la de un árbol en el que el tronco es Freud. Lo que dijo Freud más o menos es todavía aceptado por todos los analistas: los descubrimientos fundamentales, el inconsciente, la transferencia, el significado del sueño, la relación analítica como tratamiento continuado. Hoy son válidos como lo fueron al comienzo del psicoanálisis.

    Como todos los árboles, hay ramas que son todos los autores, las escuelas de pensamiento, los desarrollos del psicoanálisis que lo enriquecieron muchísimo. También tomaron vías diferentes de desarrollo y por eso a veces son un problema. En el siglo pasado surgieron muchas ramas y cada una decía ¡yo soy el continuador del tronco! ¡Los otros son falsos hijos y no están a la altura! En una familia en la que hay muchos hijos, la ambición de todos los hermanos es ser el hijo preferido. El narcisismo del hijo privilegiado y verdadero va bajando. Los analistas de todo el mundo comprenden ahora que hay una realidad compleja, múltiple. Muchos autores describieron cosas verdaderas que no son “el psicoanálisis”, son ramas. Aprenden a cohabitar, a coexistir como en una familia. Tenemos que permitir a Freud que se convierta en un abuelo. Si pensamos que él lo ha dicho todo, es como decir que solo él tiene capacidad generadora. No es así. El abuelo es un hombre que generó y acepta que sus hijos son capaces de generar también.

    —De todos modos, hay miedo a las desviaciones.

    —Sí, hay un miedo. Hubo desviaciones que no respetaban el sentido profundo del psicoanálisis. Esta amenaza de la división ha sido tal vez evocada para atacar a otros hermanos. Distinguir entre las reales desviaciones sustanciales y la rivalidad es tal vez difícil.

    —¿Qué puntos quedaron desactualizados en el psicoanálisis? ¿Cuáles le preocupan?

    —Ahh… (suspira). Yo hablo desde una posición compleja. Soy un analista como los otros, pero tengo que representar también a una asociación que es la comunidad oficial de los analistas (la API). Esto no me escinde de describirlo. El debate sobre las nuevas tecnologías (como usar Skype y mail en terapia) es un desafío. Para renovarse, el psicoanálisis tiene que enfrentar estos cambios. Si no, estaríamos haciendo como el avestruz, que cuando ve algo que le da miedo, en vez de enfrentarlo o escapar, pone la cabeza bajo la tierra, se esconde.

    El psicoanálisis no tiene que hacer esto. Las nuevas tecnologías podrían crear divisiones cuando son utilizadas para evitar un encuentro integrado, para manipular. Por otro lado, en el mundo de hoy para los que viajan y trabajan en muchos lugares, esta puede ser la única manera de que una persona pueda organizarse para tener una relación analítica. Las desviaciones pueden existir, pero también las oportunidades. Es una tarea del analista de hoy el comprender cuándo la una o la otra. Mi mente no puede todavía ahora contener y organizar todo esto. Estamos flotando en un mar en este momento, no podemos beberlo todo.

    —El mail y el Skype en terapia se está usando.

    —Es un hecho.

    —Dentro de la asociación que preside hay gente a favor y en contra de su uso. ¿Cómo se vive a la interna?

    —A la interna de la comunidad se vive de manera conflictiva. Hay personas que toleran la complejidad y el no saber en este momento y trabajan para comprender el saber en el futuro. Hay personas que se defienden de los cambios reaccionando inmediatamente con rechazo, y otras se defienden abrazando inmediatamente todo de manera hipocrítica. Yo no trabajo a gusto vía Skype. Es banal pero… tener una cara (la del paciente) siempre en mi cara, una cara que me controla continuamente, me crea un problema.

    —¿Lo intimida?

    —Es un esfuerzo. Hay una razón por la cual Freud creó un setting (escenario) en el cual el paciente no mira al analista. Estar muchas horas con un otro que te controle en la cara es muy cansador. Es más relajante para los dos no mirarse a la cara continuamente. La pantalla presenta una cara amplificada, simplificada y amplificada. La persona es toda cara para el otro. Me siento cansado de que esto se convierta en una condición estable. Por otra parte, está la oportunidad de mantener el contacto e intercambiar nuevas impresiones. Es mejor que nada si un paciente vive en Ushuaia y es la única manera para trabajar, pero si vive en la misma ciudad entonces hay algo que reflexionar. Hice una supervisión telefónica en mi vida con una colega que vive en Teherán y se trabajó muy bien.

    —Ve la tecnología y las comunicaciones como beneficiosas.

    —Sí, absolutamente.

    —Ha dicho que el uso de Skype es un tema político. ¿Por qué?

    —El training para convertirse en analista es algo oficial que tiene reglas y procedimientos consensuales entre los analistas, o entre la mayoría de ellos. Decir que un analista es un miembro de la API requiere un acuerdo entre los miembros de la sociedad para admitirlo y confirmar su calificación. Es político porque hay un potencial mercado de análisis que podría permitir a muchos analistas de todo el mundo trabajar con futuros analistas que quieran un análisis desde lugares muy lejos.

    El problema es arreglar todo esto. El riesgo es que se organicen trainings de manera no aceptada como válida y que estos training sean difundidos en cualquier lugar. Hay reglas de la API para trainings en lugares en donde no haya analistas, son diferentes que las reglas para lugares en donde los hay. La API no está de acuerdo con usar Skype para formación de nuevos analistas sin un año de análisis personal previo para lugares en donde no hay analistas, como Siberia. El problema político es el de no crear un mercado libre que sea falsificatorio, en donde se vende algo que no se corresponde con lo que consideramos un verdadero análisis de training.

    —Durante la sesión inaugural del congreso 2015 de la API en Boston dijo que hay que sacarle a la comunidad psicoanalítica el carácter aristocrático, que hay demanda a la interna para que se desarme ese círculo de poder, esa torre de marfil. ¿Qué está ocurriendo al respecto?

    —Es un círculo de poder que si está al servicio de mantener la calidad es bueno. Pero si el poder está al servicio del mantenimiento de ese poder, entonces no es bueno, es un problema de autocontrol de la API.

    —Ese núcleo de poder, ¿se instaló dentro de la organización?

    —Sí, no es simplemente de poder. Hay un narcisismo, la convicción de ser mejores, de ser los que han comprendido todo. Es todo una ilusión. En la API fueron conscientes del riesgo y se hizo un buen trabajo. Ahora el poder es ubicuitario. No tenemos que abdicar a renunciar al poder de controlar la calidad, es un mandato a mantener. Si declaramos que el doctor tal es un analista, hay que controlar si es así. Es positivo que haya poder. Si el poder es para decir “yo soy más fuerte que tú”, es un poder pervertido. Está cambiando muchísimo y mejorando. Ahora los analistas son conscientes de los peligros del narcisismo del analista y de la institución.

    —El psicoanálisis recomienda cuatro sesiones semanales…

    —(Bolognini interrumpe) Este tema es una bomba, es una discusión.

    —¿Es impracticable ?

    —Sí, hoy es diferente. Cuando Freud se inició en su consultorio, entre sus pacientes había nobles, millonarios americanos, gente de la alta burguesía, personas que en la mayoría de los casos no trabajaban. Tenían tiempo, dinero e interés intelectual. Hoy todos trabajan, también los ricos, son muy pocos los que no. Hay una enorme diferencia, la dificultad y el rechazo de muchas personas, más que en el pasado, a aceptar un objeto (otro).

    —¿Una desconfianza a depender de otra persona?

    —Exactamente. Hay una organización más narcisista de personalidad. No quiero tener una dependencia de otro. Cuando era un joven analista desconocido, muchas personas que buscaban un analista aceptaban venir conmigo cuatro veces por semana sin discusión. Ahora presido la API y para convencer a un potencial paciente de venir cuatro veces es una lucha. Me dicen ¿por qué?, ¿obtendría qué? No se habla de dinero, hay ricos que no tienen ganas de tener una dependencia así, es muchísimo.

    —¿Se habla de un mínimo? ¿Cómo se está resolviendo?

    —Se habla de construir el paciente analítico. ¿Qué significa? Hay un ejemplo en el cuento de “El Principito” de Saint-Exupéry. El zorro le dice al Principito: “Mira, para relacionarte conmigo tienes que tolerar y esperar a que cada día yo me acerque un pasito”. Lo mismo ocurre con los pacientes. Si yo digo “tienes que venir cuatro veces a la semana”, hay personas que dicen “no, no acepto, bye bye”. Puede ser producido con un acercamiento progresivo, va a cambiar su mundo interior y su potencial relacional. Hoy es una negociación experiencial, no de la razón. Se redujo el tiempo de la madre con el bebé, que se organiza a una dependencia menor de su madre. El analista recibe una herencia relacional de este tipo. Tiene que adaptarse a la dificultad del otro de aceptar una cercanía, un vínculo tan fuerte. Las defensas narcísicas tienen un sentido, las comprendo.

    —Además hay un tema económico, puede ser costoso. ¿Es una traba?

    —Es fundamental. En países como Suiza, Alemania y Austria el Estado paga por el análisis. El sur de Europa y Latinoamérica no y en Norteamérica pocos seguros pagan. Es un problema que los analistas enfrentan de manera razonable, intentando buscar una mediación correcta entre lo que el paciente puede pagar y lo que el analista tiene que ganar para sobrevivir. Por eso en Los Ángeles muchos analistas pusieron sus consultorios cerca o alrededor de los estudios cinematográficos. Hay una distribución topográfica estratégica también en Manhattan.

    —Es elitista, ahí están los que pueden pagar.

    —Sí, en estos países es así. Pero hay analistas en cualquier país y lugar. El precio de la sesión tiene que ser realista con el entorno. En el pasado se habló que a un analista le podría corresponder pedir hasta un tercio de lo que el paciente gana. Es muchísimo. Era por un mes y cuatro veces a la semana. Fue en los años 1950, cuando iba la burguesía. Ahora todo cambió.