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    ¡Cómo estropear una fiesta!

    N° 2030 - 25 al 31 de Julio de 2019

    Hace ya unos cuantos meses nos habíamos ocupado del paulatino avance del fútbol femenino en el Uruguay y de las grandes dificultades y vicisitudes que las esforzadas cultoras de esa disciplina debieron atravesar para poder hacerse un lugar en un ambiente predominantemente masculino. Cosas de mujeres fue el título de esa columna, en la que se pretendió repasar —a raíz del sonado caso de una niña de apenas siete años, que jugaba en un equipo de baby fútbol de varones— el largo y muy dificultoso desarrollo de esa disciplina en un país tan futbolero como el nuestro.

    Reconocido oficialmente por la AUF, recién en 1996 (aunque en los hechos ya existía desde muchos años antes) el fútbol jugado por mujeres adquirió cierta notoriedad por el hecho de que, durante el mes de noviembre del año pasado, la FIFA organizó en nuestro país el Campeonato Mundial Femenino Sub-20. La curiosidad hizo que muchos aficionados se acercaran a presenciar algunos partidos, y aunque el representativo celeste no pudo acceder a las instancias decisivas, al menos el fútbol de mujeres logró ganar algún espacio —aunque no el que se merecía— en los diferentes medios de prensa del país. A esa suerte de tardío descubrimiento vino a sumarse en estos últimos días (aunque con una cobertura televisiva bastante más abundante) el interés por ver en acción a las mejores jugadoras del mundo, disputando en Francia la Copa Mundial Femenina de Fútbol, aunque de la categoría mayor. Un torneo ganado por la selección de EE.UU. por cuarta vez, en medio de críticas a la FIFA por el trato desigual frente al fútbol masculino y del muy comentado desaire de su estrella máxima, Megan Rapinoe, al presidente Donald Trump.

    No extrañó entonces que en esas tan propicias circunstancias, la disputa de la final del Campeonato Uruguayo Femenino despertara un interés desusado. Más aún cuando además existían determinados ingredientes que hacían de ese cotejo un hito histórico en esa rama del fútbol. El principal fue el hecho de que justamente llegaran a esa instancia decisiva representativos de los clásicos y eternos rivales de nuestro fútbol. Algo inédito en esta rama, pues mientras Nacional ha sido un fuerte y constante animador, desde aquellos difíciles inicios de la actividad (y el campeón de la primera edición de este torneo), Peñarol recién lo hizo en tiempos mucho más cercanos. También debe destacarse que este fue el primer partido abierto al público en general y con venta de entradas (hubo una concurrencia próxima a las 4.000 personas), cuando este tipo de cotejos suelen jugarse ante tribunas semivacías, que albergan comúnmente a familiares y amigos de las participantes.

    Este cúmulo de circunstancias revistió a este partido del sábado pasado de características muy singulares. Así, la tribuna José María Delgado contó con la presencia del actual titular de la AUF, Ignacio Alonso, y de los presidentes de Nacional y de Peñarol José Decurnex y Jorge Barrera, respectivamente, con la particularidad de que el último priorizó asistir a este partido frente al que, a la misma hora, el equipo principal jugaba ante Progreso en el Parque Capurro. Se advirtió también la presencia de varias figuras del sistema político.

    Ese ambiente tan propicio bajó también hasta la cancha, y las futbolistas de ambos equipos ofrecieron un espectáculo altamente disfrutable. Nacional tenía la ventaja de que un empate le daba el título, en tanto su oponente debía ganar si pretendía ser campeón. Las aurinegras abrieron la cuenta, sus rivales lograron el empate de penal y, cerca del final, un disparo muy lejano de Stéfany Suárez, que se coló en un ángulo del arco tricolor, le dio la victoria y el título a Peñarol, con el sabor adicional para las campeonas de festejar en el histórico reducto del dueño de casa. Cabe anotar que todas las participantes y el público asistente, aunque con opuestos estados de ánimo, contribuyeron a que este acontecimiento concluyera del mejor modo posible, de modo tal que pudiera quedar inscrito con letras de molde en el ansiado despegue del fútbol femenino hacia metas superiores.

    Sin embargo, y lamentablemente, esa memorable jornada se vio gravemente empañada porque un grupo de inadaptados —¡hombres todos ellos!— que no merecen convivir en una sociedad civilizada, protagonizaron un cúmulo de graves incidentes en las puertas y cercanías del Gran Parque Central. Se vieron favorecidos por la inepcia o falta de adecuada previsión por parte del Ministerio del Interior, que tiene la responsabilidad de ocuparse de la seguridad exterior en este tipo de eventos. Y ello a pesar de que desde el ámbito de quienes se ocupan de la seguridad interior de los escenarios, se les había advertido de la posible o probable producción de ese tipo de incidentes. En los alrededores del estadio, antes del partido, menudearon las agresiones entre barras bravas de ambos equipos, incluso con algunos heridos, amén de una serie de daños a vehículos estacionados en zonas adyacentes y a varias fincas cercanas, en alguno de estos casos con la clara intención de ingresar por la fuerza a su interior. Aunque hubo varios detenidos, solo una de las personas que fueron sometidas a la Justicia penal resultó formalizada, aunque no por haber intervenido en los incidentes sino por el porte de un arma de fuego robada. Según pudo saberse, uno de los detenidos —y luego liberado por la Justicia— se hizo presente esa misma noche en un partido de básquetbol del equipo de su preferencia. Cabe acotar que, a consecuencia de los desmanes ya mencionados, debieron ser suspendidos preventivamente los clásicos femeninos de las categorías sub-16 y sub-19, que debían jugarse el domingo de mañana.

    ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportando este preocupante estado de cosas? Las directivas de los dos equipos participantes prontamente se desmarcaron de los sucesos antes mentados y —en el caso de Nacional— excitando el celo de la Justicia y presentando la denuncia penal correspondiente. Por su parte, el Ministro del Interior pretendió tomar distancia de todo lo acontecido, afirmando que “hubo gente que planificó generar un problema” en el clásico femenino, como si no fuera suya la exclusiva responsabilidad de prevenir la eventual ocurrencia de esos hechos, montando un operativo adecuado a esos fines.

    La lamentable consecuencia de todo esto fue que, una vez más, la violencia instalada en la sociedad (no tan solo en el fútbol), tiró por la borda el esfuerzo de quienes —desde hace décadas— vienen bregando por el desarrollo del fútbol femenino en nuestro país, oscureciendo el brillo de una jornada histórica. Que ojalá igual pueda ser el mojón para que, de una buena vez, pueda acceder a un grado de profesionalismo medianamente aceptable, que recompense tantos años del más rancio amateurismo, puesto siempre al servicio del deporte más popular de nuestro país.

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