La discusión dio origen a dos corrientes: una que sostiene que debe preservarse el mensaje original porque es la palabra de Dios, y otra que considera que ese mensaje debe traducirse al lenguaje actual de cada momento histórico. “Es una pugna permanente. En el lenguaje vulgar se habla de conservadores y progresistas, pero en realidad es mucho más complejo”, dijo Da Costa.
Las mujeres son más religiosas que los hombres, lo comprobó un sondeo mundial realizado por el Pew Research Center en 2016. El sociólogo también se refiere a esta “mayor predisposición que tienen las mujeres a lo espiritual”, que se acentúa en Uruguay, donde está instalado el prejuicio de que “la religión es de ignorantes y los hombres no pueden permitirse” ser creyentes. Y sin embargo, aunque se sabe que “el grueso de la feligresía de la Iglesia católica es femenina”, los puestos de poder en esta religión en particular están en manos de hombres.
Temas de conversación. Hay algo inquietante y potente en ver a un grupo de mujeres reunidas, pensando, debatiendo, intercambiando ideas para un futuro distinto. Más aún cuando lo hacen a escondidas, cuando hay tanto en juego. En Ellas hablan, el libro de Miriam Toews que Sarah Polley llevó al cine y ya puede verse en Uruguay, las mujeres debaten sobre el poder, el perdón y la fe, el trauma y la sanación, la culpabilidad y la autodeterminación. Conforme pasan las horas, la tensión entre ellas aumenta: los hombres están por volver y les queda poco tiempo. “El set del granero se sintió como un espacio sagrado en el que se desarrollaron cosas que yo nunca habría imaginado”, contó Polley. Dede Gardner, productora del filme, dijo a su vez que la idea del debate le pareció un ejercicio extraordinario: “Pensé que si podíamos conseguirlo en una película, no se parecería a nada en lo que yo he participado, ni a nada que haya visto”. Si el cine es un reflejo de las sociedades y las identidades, dice mucho el que no estemos habituados a ver este tipo de escenas y de ficciones.
Sarah Polley, directora y guionista de Ellas hablan, da indicaciones a Rooney Mara, la actriz que interpreta a una de las menonitas en la película. Foto: Michael Gibson Durante seis años, hasta febrero de 2022, Carola Tron ofició de moderadora de la Mesa Valdense, un órgano administrativo elegido por una asamblea en la que cada iglesia está representada. Fue la primera mujer en ocupar un cargo que, aclara, no es jerárquico sino de coordinación. “Esta diferenciación de los términos ayuda a comprender la identidad de la institución”, dice. Por la propia naturaleza de la Iglesia evangélica valdense del Río de la Plata (presente en Argentina y Uruguay), una “iglesia protestante minoritaria y perseguida”, consideran un deber el solidarizarse siempre con las minorías “para que puedan ser respetadas e incluidas en la sociedad”.
Los inicios de la Iglesia valdense se remontan al año 1174 en Italia, cuando un movimiento reformador de la Iglesia católica integrado por laicos buscaba un acercamiento a los textos bíblicos para estudiarlos, interpretarlos y predicar libremente fuera de los límites de la institución religiosa de la época. Por esa mirada progresista sus entusiastas debieron refugiarse en una zona montañosa al norte de Italia, donde permanecieron hasta 1848, cuando recibieron la libertad civil que les permitió salir. Seguramente sea ese mismo espíritu reformista por el que la Iglesia valdense fue, explica Tron, una de las pioneras en la ordenación de mujeres al ministerio pastoral: la primera mujer pastora se consagró en el año 1966.
“Aquellas pioneras fueron quienes empezaron a trazar ese camino por el que hoy muchas de nosotras podemos transitar de una forma un poco más allanada”, asegura la pastora. Pero el camino no estuvo del todo falto de obstáculos. “En la experiencia personal no ha sido una tarea fácil, porque el contexto cultural en donde vivimos no siempre está preparado para aceptar a una mujer en un rol de liderazgo de este tipo. Pero no tiene tanto que ver con la identidad e institución valdense sino con la matriz cultural más amplia”, reflexiona. “En mi experiencia, ha sido siempre una constante el volver a recordar el rol de la coordinación, de la socialización, de la información, de la toma de decisiones por consenso. Creo que esta forma de gobernanza es algo que las mujeres estamos más dispuestas a hacer que los varones y quizás se deba a que, históricamente, la cultura nos ha asignado el rol de cuidar, educar, de tejer, de remendar”.
Quedarse. Sin la aparición de elementos externos a ese ecosistema particular, es casi imposible situar en el tiempo a las comunidades más ortodoxas. Por decisión propia y aferrándose a ciertos preceptos religiosos, suelen vivir alejados de las perversiones modernas, de una sociedad potencialmente capaz de contaminarlos. Ellas hablan transcurre en 2010, pero de no ser por una camioneta que viene a censarlos y circula por las callecitas de tierra de la colonia, la historia podría situarse sin errores históricos a principios del siglo XX. O antes. “Es la lógica de los grupos que deciden apartarse del mundo, y que viven así en virtud de que ese mundo está contaminado por el mal, el demonio, el dinero, etcétera. Y, para poder vivir lejos de esa contaminación, se recluyen en comunidades alejadas. Algo similar les pasa a los judíos ortodoxos. Para poder vivir el mensaje original libre de las impurezas que trae la época actual, hay que recluirse y reproducir un conjunto de normas que supuestamente llevan a esa vivencia original”, explica Da Costa. “Eso genera una postura de que el mundo y todo lo que sea distinto de lo que la comunidad entiende y traduce del mensaje original —que normalmente está referido al momento fundacional y no al contexto histórico de ese momento—, es malo. Se cristalizan posiciones en las que les cuesta mucho más dialogar con el mundo moderno, entender la igualdad de la mujer”.
Como suspendidas en el tiempo, sin acceder siquiera a la educación, estas mujeres viven aisladas y supeditadas al lugar que les den los hombres en la comunidad. Foto: Michael Gibson Dos niñas corren hacia la camioneta, que vocifera a través de un alto parlante su motivo para estar ahí: relevar a sus habitantes. El conductor se detiene y les saca conversación, les pregunta si tienen novio. El afuera no es menos amenazante que su propia comunidad, pero las seduce la novedad y son demasiado jóvenes para no demostrarlo. Mientras tanto, sus madres y hermanas mayores siguen discutiendo su permanencia en la colonia. Saben que no quieren ni pueden tolerar más violencia. En el fondo la decisión está tomada desde el principio. Pero no es unánime. El miedo es un sentimiento poderoso, y siempre logra amedrentar a algunos. El miedo y la obediencia. Caracortada Janz (Francés McDormand) es parte de la minoría que elige quedarse en la colonia. Al ver las limitaciones de estas mujeres, incluso de las más intrépidas, dispuestas a dejar todo e irse en sus carros de caballos sin conocer siquiera la región aledaña, sin brújula —ni hablemos de GPS—ni saber a dónde ir, es comprensible.
Según Gardner, la productora, el filme no pretende ser una acusación contra ninguna comunidad en particular: “Pretende ser un alegato contra el aislacionismo. Pretende ser una inquisición del poder absoluto”.
Un mundo roto (u obsoleto). En la investigación Religión vivida en América Latina —en la que participaron la UCU, la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Universidad Católica de Córdoba y el Boston College, y financió la John Templeton Foundation—, realizada entre 2016 y 2019, se entrevistó a personas de distintas religiones para saber qué era para ellas vivir la fe cada día. “Llegamos a la conclusión de que cada uno es el sumo sacerdote de su propia vida”, explica Da Costa, director del estudio, junto con Gustavo Morello, de Boston College. “Nadie toma el paquete de verdades que le ofrecen cerrado, nadie acepta todo. Cada grupo va construyendo su forma de aproximarse a la lectura del momento fundacional de la fe y a lo que es importante para ellos”.
Esto es en la práctica. Sin embargo, el mensaje oficial sigue siendo el mismo, porque los procesos de cambio en cualquier grupo religioso con larga tradición acumulada son lentos. “Recién en 1960 la Iglesia católica dejó de dar misas en latín para darlas en el idioma original de la gente. Hace 60 años. No es nada en términos históricos. Y todavía el Vaticano está lidiando con gente que la quiere seguir dando en latín. Son grupos minúsculos, pero están. Entonces, cuando la institución pasa a ser tan burda en estas cosas, la práctica cotidiana en los niveles micro empieza a ser de acompañar los cambios sin levantar la voz, sin que nadie se entere”, dice Da Costa.
En referencia al judaísmo, el sociólogo alude a la serie Shtizel (Netflilx), que retrata a judíos ortodoxos en un barrio de Jerusalem: su vida en relación con sus mujeres y con los deseos de otros, y con los de sus hijos, que también quieren ser rabinos pero se encuentran con un desafío distinto; elementos que ponen sobre la mesa una necesidad de cambio “que es permanente en lo religioso”. Sin embargo, el judaísmo sí admite mujeres rabinas en sus colectivos más abiertos.
Las mujeres discuten en Ellas hablan, en palabras de su directora, formas de “rehacer un mundo roto”, en el que ya no encajan. Dentro de su comunidad las normas no se revisan ni se contextualizan.
Cuando Carola Tron estudió en la facultad de Teología, en la década del 90, las miradas e interpretaciones desde el género, como las teologías feministas, no estaban muy presentes todavía en los contenidos curriculares. “Sí estaba muy presente la teología de la liberación, que vendría a ser algo así como la madre de otras corrientes teológicas desde un enfoque de las minorías, buscando dar voz a quienes no la tenían. Por lo menos ese es el proceso que se dio en nuestra región de Latinoamérica”, explica. La pastora y teóloga está convencida de que “el amor de Dios no puede nunca ser justificador de opresión, de sufrimiento, de dolor, de pobreza, de guerra, de violencia. ¿Cómo podemos explicar entonces que desde la misma Biblia, como palabra inspirada por Dios, se pueda llegar a interpretaciones tan opuestas?”. La teología feminista juega aquí un rol fundamental de acompañar los procesos de mujeres y varones para repensar los roles asignados en la sociedad. “La Biblia es la fuente que nos inspira para ello, en una clave de interpretación particular, con las herramientas desde esta mirada de género”, sostiene.
Representadas. Hay, no obstante, religiones que ya otorgan a la mujer lugares de poder, o que siempre lo hicieron. El umbandismo es el primer ejemplo que viene a la memoria. “Umbanda es resistencia cultural afroamericana y una realidad inclusiva incontestable. Ejemplo de resiliencia, pues proviene de una cultura privada de sus derechos humanos fundamentales, víctima de genocidio durante las colonias esclavistas, que legó al mundo su herencia comunitaria de igualdad y cuidado a la naturaleza a pesar de todo”, dice la mae Susana Andrade, procuradora y exdiputada por el Frente Amplio, afroumbandista, sobre esta religión, fundada en Brasil a principios del siglo XX. “Umbanda llega para albergar a los ignorados por las religiones de elites, busca igualar y nivelar la injusticia social dando un lugar digno a los despojados por la oligarquía colonialista, y entre esa población, siempre las más castigadas han sido las mujeres. Por eso su lugar de privilegio en el culto”.
Partiendo de que todos los preconceptos sociales son irracionales, “mantener en alto la bandera de umbanda es un hecho cultural contrahegemónico en sí mismo —sostiene Andrade—, necesario en una sociedad democrática que busque la equidad social como elemento esencial para el desarrollo y disfrute de derechos igualitarios y en libertad”.
En otras religiones, el camino de la inclusión implica revisiones a conciencia y la voluntad de hacer cambios. La Iglesia evangélica valdense, de la que es pastora Tron, también ha avanzado en dar a la mujer espacios de liderazgo. Antes, Ilda Vence, pastora de la Iglesia evangélica metodista, había empezado a marcar el camino al convertirse a fines de los 50 en la primera pastora en Uruguay.
En 2020 Suecia anunció que estaba viviendo un momento histórico en el que en sus iglesias había más mujeres pastoras que hombres: 50,1% versus 49,9%. Al mismo tiempo, surgió un movimiento por el sacerdocio femenino en el que unas 200 católicas devotas de todo el mundo, según un artículo de la BBC de diciembre, empezaron a postularse y tomar parte en ritos no autorizados para convertirse en presbíteras. “La Iglesia enseña mediante sus acciones que está bien excluir a las mujeres. Las mujeres aprenden esto, los niños y niñas aprenden esto, los hombres lo aprenden… y luego todos van al mundo y viven de acuerdo a esta regla”, dice en ese artículo una de las aspirantes a sacerdotisa, Anne Tropeano, de Nuevo México. A tal punto va contra la institución de la Iglesia católica el sacerdocio femenino, que es considerado un crimen y se castiga con la excomunión.
Por el momento, lo que se ven son algunos movimientos internos en el Vaticano, como el que tuvo lugar en julio de 2022, cuando el Papa Francisco nombró por primera vez a tres mujeres como miembros de la congregación que selecciona a los obispos; algo que ninguna de ellas, por el momento, podrá ser.
De todas maneras, según Da Costa, cambios más profundos van a producirse. “El tema es cuánto tiempo pasa, y en un mundo que cambia a una velocidad supersónica estos cambios la dejan (a la Iglesia católica) a veces sin ser un interlocutor válido en las sociedades”.
Teniendo en cuenta que gran parte de sus fieles son mujeres, ¿qué pasa ahora, que ellas empiezan a cuestionar su representación en la sociedad y luchar por su lugar, con la fe, si no se ven reflejadas en su propia religión? La respuesta parece ser la misma: no hacen nada, se quedan y luchan, o se van.