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Embajador de Francia: "Conocía Uruguay por su buena reputación, yo pedí venir acá"
Nombre: Jean-Paul Seytre • Edad: 52 • Ocupación: embajador de Francia • Señas particulares: colecciona globos terráqueos, su té preferido es el souchong japonés, se enamoró de Casapueblo, corre 10 km diarios por la playa
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Su trabajo como inspector de Asuntos Exteriores lo llevó a recorrer el mundo. ¿Qué le impactó en esos países? Sí, conocí muchos: Grecia, Líbano, Mauritania, Arabia Saudita, Namibia, Perú, Alemania, Bélgica. En general estaba poco tiempo pero, por ejemplo, en Camboya, me encantaron los templos de Angkor, fue una experiencia inolvidable, uno de los lugares más impresionantes que vi. La inspección en la red diplomática consiste en controlar gastos y compras para que el dinero público sea bien utilizado, pero además se trata de aconsejar a los colegas. Ahora me va a tocar a mí.
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Este es su primer destino como embajador. ¿Qué expectativas tiene? Conocía Uruguay por su buena reputación, yo pedí venir acá y aunque es un proceso complejo porque el presidente de la República te designa, no tienes ninguna garantía de ir a donde quieres. Este es un país pacífico con un legado francés importante y estoy muy feliz de estar acá.
¿Encontró similitudes con Francia? Sí, muchas, y creo que no es una coincidencia porque los franceses contribuyeron a formar la sociedad uruguaya. En su creación, este país fue influenciado por las ideas de la Revolución francesa y eso lo puedo sentir. La laicidad es un ejemplo; en muchos países no es posible y en otros países ni siquiera hay una palabra para nombrarla.
En Montevideo hay varias panaderías con productos franceses. ¿Cuál es el mejor croissant? Hay varios muy buenos, no podría elegir uno… no quisiera crearme enemigos en la comunidad francesa (ríe), pero puedo decir que si el croissant es como en Francia seguro es una buena pâtisserie.
¿Usted cocina? Aquí no tanto por falta de tiempo. Mi especialidad es un plato tradicional, la ratatouille, muy conocido gracias a una película de un pequeño ratón. Se hace a base de legumbres y aquí en la residencia tenemos todo para cocinar, huerto orgánico, gallinero, miel.
Su predecesor le dejó en herencia las abejas. ¿Las cuida? Sí, me gusta esa herencia. Fue su idea para sensibilizar sobre la apicultura urbana, la convivencia de los seres humanos con los animales y las abejas, el símbolo de la biodiversidad y, además, la miel es muy rica. Mi papá y mi mamá, que tengo la suerte de tenerlos, son del campo. Y ellos fueron la generación que hizo el cambio a la ciudad para trabajar en la industria, pero en su casa de campo siguen teniendo colmenas y recuerdo que de niño cosechábamos la miel.
¿De niño qué quería ser? Nací en una ciudad pequeña cerca de Saint-Étienne y vengo de una familia humilde. Nada me predestinaba a ser diplomático, pero como soy el último de los tres hermanos mis padres pudieron ayudarme con mis estudios. Fui a París a La Sorbona, estudié Relaciones Internacionales, me gustan mucho los idiomas y la geografía y, además, tuve la oportunidad de vivir una experiencia en Canadá que marcó mi vocación. Cuando hice el servicio militar trabajé en el Consulado de Francia en Quebec con el agregado cultural y eso me dio ganas de seguir en este ámbito.
¿A qué jugaba en su infancia? Era un niño bastante tranquilo, muy metido en los libros y ya tenía una pasión por los mapas y los atlas. Aprendía de memoria la superficie y la población de todos los países. Todavía me acuerdo de algunos. Ahora, viéndolo en perspectiva, me doy cuenta de que ya tenía un interés en el mundo exterior. En las paredes de mi oficina en mi apartamento en París tengo una colección de atlas de diferentes épocas y países, y también colecciono globos, pero me tengo que limitar porque en París los apartamentos son chicos. Pero no voy a dejar Uruguay sin un mapa antiguo como lo hice en Nápoles cuando fui cónsul general, volví con un mapa del reino de Nápoles.
Pero volvió con algo más que un mapa. Sí, sí, con mi gatito que se llama Mimmo. Lo encontré en la calle frente al consulado y lo adoptamos, nos acompañó a París y ahora está en Uruguay. Mimmo tiene pasaporte italiano, no es francés.
En Nápoles también habrá experimentado la pasión por el fútbol. ¿El deporte forma parte de sus prioridades como embajador? Sí, por supuesto. Nuestro plan de acción consiste principalmente en desarrollar intercambios con Uruguay en varios campos. En el político porque tenemos valores en común, eso lo reafirmamos con el conflicto en Ucrania, tenemos la misma posición de condena. En el aspecto económico hay muchas empresas francesas aquí, basta ver los coches o hacer las compras en el supermercado. También en la cooperación cultural, la educación y la ciencia, y en cuanto al deporte tenemos un diálogo intenso con el secretario nacional del Deporte (Sebastián) Bauzá y el subsecretario (Pablo) Ferrari en la preparación del Mundial de Rugby en Francia y los Juegos Olímpicos. También trabajamos en la igualdad de género, la protección del medio ambiente… es un plan de acción ambicioso… no somos tantos en la embajada pero estamos muy comprometidos.
¿Cómo conoció a su esposo Philippe? De un modo bastante clásico, por amigos en común en París. Este año celebramos 27 años de vida juntos, nos casamos en 2013 cuando fue posible. Y tengo que decirlo, eso fue otro motivo para venir a Uruguay, es importante para mí porque no quería ir a un país en donde tuviera que esconder a mi esposo o donde tuviera que ir solo. Uruguay adoptó el matrimonio homosexual más o menos en el mismo momento que Francia, en esto también coincidimos.
¿A qué se dedica él? Se ocupa de la casa, del gato y de mí. El rol de la pareja de un embajador no es fácil porque no es un trabajo, no está bien reconocido y hay esperas. Debe verificar que todo esté bien, debe estar presente pero no hacerse notar, debe hablar pero no demasiado… En este momento tengo suerte de tenerlo conmigo, tal vez en algún momento tendrá que reanudar su trabajo en Francia. Vamos a ver, ahora aprovechamos el presente.